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El 3 de enero de 1907 el arqueólogo Edward Rusell Ayrton descubrió lo que vino a conocerse como tumba KV55 del Valle de los Reyes. Se trataba de un ataúd de madera recubierto de láminas de oro que albergaba una momia que presentaba una suntuosa máscara de oro parcialmente arrancada. También habían arrancado el nombre del occiso de las tiras de oro del ataúd. Tal vez los ladrones de tumbas habían pasado por aquí antes, pensó Edward sin sospechar que los ladrones volverían poco después. La tumba se desenterró al completo, el propio Edward pensó que podría tratarse nada menos que de Akenatón, el padre de Tutankamón, y que se trataba de un descubrimiento de alcance mundial. Así que ni corto ni perezoso envió los objetos descubiertos al lugar más idóneo para estas lides: el museo arqueológico de El Cairo, el centro mundial de los objetos relacionados con la egiptología. Un primer análisis arrojó que se trataba de una mujer pero un posterior trabajo de Elliot Smith, un experto en esto de las momias, rectificó la conclusión: parece hombre.

Se empezó a especular entonces con que se tratara de Amenofis IV, o Akenatón, lo que convertiría el descubrimiento en sensacional. Sin embargo en el museo los expertos capaces no sobraban, más bien todo lo contrario, y el ataúd, con todos sus misterios, terminó en los almacenes, esperando turno. Parece que en 1915 aún había constancia de su paradero pero en 1931 alguien descubrió que parte del sarcófago había desaparecido. ¡El padre de Tutankamón había perdido su sueño eterno y encima nadie sabía dónde estaba parte de su tumba! Hay que avanzar unas décadas, hasta el futuro, y más concretamente hasta la de los años setenta, cuando el preciado tesoro vuelve a aparecer. Pero en Suiza. Alguien la ofrecía a algún comprador avispado. Y antes de que nadie moviera ficha, el museo egipcio de Munich las recuperó para darles el mimo que se merecían. Sólo que la parte inferior del sarcófago, de madera presumiblemente, había desaparecido y sólo quedaban unas hermosas tiras de otro con jeroglíficos y motivos reales grabados. Y pensando en cómo recuperar la irrecuperable los expertos del museo alemán llegaron a una conclusión: un cuerpo de plexigás al que irían unidos los motivos auríferos.

La momia del interior, tal vez como consecuencia de los pillajes sufridos a lo largo de los siglos y de la humedad, estaba en los huesos, sin apenas carne que desvelara el origen del muerto. Los alemanes sólo guardaban una parte del tesoro y no pudieron concretar su nombre pero cuando devolvieron el tesoro a su lugar original los egipcios lo recibieron con todo lujo de boato: vuelve a Egipto el sarcófago de Akenatón, dijeron sin recordar decir que nadie lo sabe a ciencia cierta. Y así nos recibe hoy en día, en la planta baja del museo arqueológico de El Cairo. Bienvenidos a la momia de Akenatón…

Pero me llaman más la atención los desconchones de la pared. El edificio parece tan antiguo como el propio Akenatón. En ese rincón en eterna penumbra reposan la continuación de su sueño eterno un grupo de momias y piezas de las antiguas dinastías precintadas en cajas: destino Japón, dice una de ellas. Para poder disfrutar de la grandeza de las grandes estatuas hay que sortearlas. ¿Qué habrá dentro? Unos turistas japoneses dudan entre esquivarlas o subirse a ellas.

Pienso entonces que tal vez no sea demasiado difícil robar algún material de incalculable valor histórico. El robo de la momia del supuesto Akenatón, sea verdad o no, es uno de las más conocidos pero no el único. En 2011 los cacos aprovecharon la primavera árabe de la plaza Tahrir para robar ocho piezas de incalculable valor, entre ellas una estatua cubierta de oro del mismísimo rey Tutankamón. Durante estas décadas ha pasado de todo, hasta restauradores pillados in fraganti robando piezas… El ministerio de Antigüedades incluso ha realizado varias exposiciones dedicadas a los objetos robados y posteriormente recuperados, la mayoría de yacimientos pero también de sus propios almacenes. El rey Seti, de la XIX dinastía, los hijos del halcón Hors, objetos del propio Tutankamón.

Un faraón con rasgos griegos…

Todo es susceptible de desaparecer pese a las medidas de seguridad, supongo que cualquier caco de altos vuelos puede dar aquí uno de esos golpes del siglo. Porque las piezas están como amontonadas, apretadas, y no creo que haya mucha diferencia entre los almacenes y las salas de exposición. Al menos en la planta baja. La segunda planta, donde yacen para un siempre relativo las momias reales, parece mejor dispuesta, incluso los desconchones no son tan evidentes. Pero abajo temo acercarme a una estatua de un faraón cubierto de jeroglíficos porque un enchufe a sus espaldas amenaza con chispazos. Tengo la impresión de estar en una tienda fascinante de algún anticuario más que en uno de los museos con más tesoros del mundo…

Faraón con enchufe, tal vez merecedor de estar en una muestra de arte contemporáneo

Desde que el museo arqueológico nacional de Egipto abriera sus puertas el 15 de noviembre de 1902 han pasado muchas cosas. La principal de todas ellas es que la cantidad de objetos acumulados desborda las salas de exposición, se acumula bajo los huecos de las escaleras, yace desparramada entre desconchones y paredes que dan la impresión de ser tan viejas como los propios objetos. Hace calor y sólo unos ventiladores tan antiguos como las momias añaden algo de aire en movimiento a las salas. En su momento no había más que 12.000 piezas pero conforme la egiptología ganaba adeptos y las excavaciones se multiplicaban los cachivaches no dejaban de llegar.

Hoy se cifran entre 120.000 y 150.000, dependiendo de la fuente, y de manera más que evidente no caben entre las paredes de un lugar tan finito. Obras de arte de un valor inimaginable están arrinconadas en esquinas polvorientas, me desconcierta no saber si en la próxima sala me recibirá un escriba sentado o Indiana Jones con su látigo al cinto. Quién sabe: incluso puede levantarse una momia. Y entonces el embrujo se materializa al tiempo que se desvanece: ese barco de papiro realizado en miniatura y escoltado por un ejército de muñequitos con más de cinco mil años a sus espaldas rivaliza en espacio con una vasija de terracota que muestra restos pictóricos que alguien en algún momento deberá entretenerse en valorar.

Las momias yacen ordenadas en estanterías para momias que se pierden en los pasillos, dos chicas de la limpieza les pasan un plumero con pinta de tener mucha prisa, los cartelitos explicativos están en árabe y escritos a máquina de escribir. Pienso entonces en que vuelven del sueño eterno de pronto y se encuentran así, lejos de sus templos y acumulados como piezas de un rompecabezas enorme. Y que la cólera de la momia de las películas tendría entonces su razón.

El Arqueológico de El Cairo vive, no obstante, sus últimos días: un nuevo museo está en construcción y será el arqueológico más grande del mundo. Ocupa ya una extensión enorme, más de 50 hectáreas, y no estará en el centro, como ha sido tradición desde que los egipcios eligieran el rosado edificio colonial de la plaza Tahrir. El nuevo edificio tendrá forma de triángulo, qué menos, su fachada será de piedra traslúcida de alabastro y tendrá a disposición del público nada menos que 93.000 metros cuadrados en áreas de exhibiciones. Además de tiendas que, supongo, estarán mejor surtidas que las actuales con sus estanterías medio vacías…

La tienda del museo no está muy abastecida…

A las puertas estará Ramsés II, a modo de bienvenida, y en el interior habrá además un jardín botánico inspirado en la época de los faraones, archivos, un museo infantil y el tesoro funerario del celebérrimo Tutankamón al completo, es decir, 4.500 piezas de las que dos tercios son desconocidas para el gran público desde su descubrimiento por Howard Carter en 1922. Dirá así su adiós el edificio conocido como Museo Egipcio del Cairo, visitado anualmente por más de dos millones de personas, diseñado en 1900 por el arquitecto francés Marcel Dourgnon y con ese aire a somnolencia tropical y acumulación de historia. Los tiempos cambian, incluso para las momias egipcias…