Este post se ha leíd2155veces

dsc_8670-imp

En el centro de la plaza yacen cuatro cuerpos. Una mujer derrama parsimoniosamente cal viva sobre los restos. Alrededor, los familiares asisten emocionados a la destrucción de lo que una vez fueron unos seres queridos. No importa que no sean sus seres queridos ni que no estén muertos. En ese momento son sus seres queridos, sus muertos. Los ojos se entornan para ver mejor esos muertos que no están muertos y reconocer otros muertos que sí lo están. Entonces lloran. Hipean. Sorben mocos. Se estremecen. No importa que la plaza donde yacen los cuatro cuerpos no sea la plaza del pueblo donde sí yacieron otros cuerpos que sí estaban muertos. Ahora mismo sus miradas no ven la plaza Bolívar de Bogotá, no les importa que los muertos soplen disimuladamente el polvo de yeso que se les cuela por las comisuras de los labios. Ellos ven otra plaza, la de sus pueblos, con proscritos crueles que asesinan sin pudor por no se sabe muy bien qué ideas o intereses. Un señor grueso que camina con muletas entra en catarsis.

dsc_8673-imp

dsc_8678-imp

img_1353-imp

Catarsis es una palabra griega que significa ‘purificación de las pasiones del ánimo mediante las emociones que provoca la contemplación de una situación trágica’. También tiene otra acepción: ‘liberación o eliminación de los recuerdos que alteran la mente o el equilibrio nervioso’. Y lloran porque no ven cuatro jóvenes cubiertos de yeso sino que ven cuatro cadáveres cubiertos de cal viva, o tal vez nueve, o veinte, o incluso ochenta y seis, dependiendo de la magnitud del trauma. Y los ven en un bucle sin fin que se les proyecta en el cerebro en sesiones diarias.

dsc_8672-imp

dsc_8676-imp

‘Yo vi cómo quedaban los cuerpos’, dice una chica, ‘la cal les comía los ojos y los dejaba irreconocibles’. ‘Mataron a mi hermano’, dice una señora que contiene el llanto a duras penas, ‘entraron en casa, le abrieron la cabeza y se lo llevaron’. ‘Asesinaron a mi padrastro’, cuenta un muchacho que carga una enorme guitarra, ‘era como mi padre, era mi héroe, lo botaron al río y estuvo tres días bajo el agua’, a su alrededor el coro de lloros es también catártico, ‘se inflamó totalmente, su piel no aguantaba que lo tocáramos, se nos venían trozos de carne, el olor era insoportable, es una imagen muy dolorosa y me acompaña desde entonces’. Los muertos en cal se deforman, la cal viva destruye los músculos, los nervios, los tendones, las partes blandas.

dsc_8671-imp

dsc_8675-imp

img_1348-imp

dsc_8674-imp

img_1345-imp

‘Me impresiona que la sombra que dejan los muchachos es como la sombra que dejó mi padre’, dice una mujer mientras observa la huella negra sobre el lecho de polvos blancos. ‘Mataron a mi hijo y dejaron huérfanos a mis dos nietecitos’. El campamento por la paz de Bogotá ofrece tanta actividad como la misma plaza. De hecho aún recuerdo otros familiares de víctimas que en este mismo lugar, en este mismo rincón, hicieron lo impensable para protestar por los asesinatos de sus seres queridos en la polémica de los falsos positivos: introducirse en bolsas militares para muertos como protesta por los crímenes que realizaron los propios militares (pincha aquí).

dsc_8685-imp

‘Cuanto más hablamos del sí y del no, más nos alejamos de nuestra propia actitud con la vida’, dice Juan Camilo Arango, el artista plástico conocido como Soler que ha dirigido la performance. ‘Esto es un homenaje que queremos rendir a las víctimas, un intento de tocar tejidos más importantes que los puramente estéticos’. Soler ya ha protagonizado anteriormente este mismo espectáculo en Bogotá, Santa Marta y Armero, pero cree que ahora es el momento idóneo para recordar que el fin de la guerra debe marcar cualquier agenda. Política y civil. ‘Tenemos que hacer fuerza para que este país salga adelante y más allá de pedir la paz debemos concienciarnos de que no debemos actuar con violencia porque eso es el principio de todo’. Claudio José Hernández viene desde Boyacá para recordar a su hijo. ‘Yo simpatizaba con el M19’, me cuenta pensando que soy norteamericano, ‘remember, M19, la guerrilla’, dice desde el fondo de su sombrero, ‘puse la bandera del M19 en la puerta de mi casa y también hice un graffiti en el salón comunal que ponía: M19’. Entonces se le quiebra la voz. ‘Por ese solo hecho vinieron y mataron a mi hijo’.

enterrados en cal viva, por Hachero

Claudio José Hernández apuesta por la paz y el desarme a pesar de haber perdido un hijo asesinado por cuestiones políticas

img_1351-imp

Las sombras de los muertos que no estaban muertos se fija a la superficie blanca de la falsa cal viva y atrapa las miradas de los familiares de muertos que sí están muertos. ‘Quiero agradecer a los jóvenes que han realizado esta performance porque me han liberado de algo’, dice el muchacho de la guitarra. ‘Yo también’, interviene la señora que perdió a un hermano en su propia casa porque alguien indefinido le abrió la cabeza para después llevárselo. ‘Yo agradezco a estos señores la obra porque al menos alguien nos tiene en cuenta…’

dsc_8686-imp