San Dionisio, y su cabeza, en la catedral de Notre Dame

En el año 272 de esta era Dionisio, a la sazón primer obispo de París, fue capturado por las tropas de la imperial Roma y decapitado en un monte cercano a la ciudad. Los soldados debieron frotarse los ojos varias veces cuando el ajusticiado se agachó, recogió su cabeza cercenada y se marchó por donde había venido. Dice la leyenda que el sorprendente Dionisio caminó seis kilómetros con la cabeza bajo el brazo, que atravesó el monte, que recorrió caminos y vadeó riachuelos para, y finalmente, entregársela a una pía señora que caminaba por allí para luego desplomarse al suelo y, ahora sí, morir de verdad de la buena. No sabemos qué hizo la doña con la cabeza pero sí que en el preciso lugar donde murió por segunda vez los franceses construyeron la basílica de Saint Denis y que el monte donde perdió la cabeza del modo más literal hoy es conocido como Montmartre. O el Monte de Marte, el dios romano de la guerra. O tal vez una deformación del Monte de los Mártires. Ni en eso se ponen de acuerdo los parisinos. Sea como sea, Dionisio hoy es santo, siquiera sea por su hazaña de caminar a ciegas sin tropezar ni una vez, y su presencia forma hoy una suerte de rompecabezas, nunca mejor dicho, o de juego de rol en el que encontrar al santo decapitado a lo largo y ancho de la ciudad. Yo sólo he visto la talla de la fachada occidental de la catedral de Notre Dame, y quién sabe si quedó chamuscada tras el último incidente… Sea como sea, uno de los países más visitados de Europa.

La basílica del Sagrado Corazón domina la vista de toda la ciudad

Ocurriera lo que ocurriese, San Dionisio abrió la historia de un monte que en la época debió de ser un lugar alejado y que producía pesadillas (si es que realmente fue un gran cadalso donde se cercenaban miembros y separaban cabezas de hombros). De la sangre de mártires a la pintura de artistas hay, no obstante, un gran trecho porque me temo que pocos tienen noticia del pobre Dionisio y sí, en cambio, de las correrías de Toulouse Lautrec, Picasso, Van Gogh o Boris Vian. Durante siglos la leyenda del santo decapitado atrajo peregrinos de todo pelaje, se le erigieron capillitas, luego una iglesia, más tarde una abadía de monjas, después un priorato, varios monasterios, el lugar hervía de devoción efímera, porque los edificios caían con el tiempo pero eran sustituidos por otros y el espíritu del santo descabezado tenía siempre una vela a su disposición. Viaja a Francia con estos circuitos organizados.

Montmartre hoy también bulle de animación pero tiene menos religiosidad…

¿Y cómo demonios llega a convertirse un lugar de tanta espiritualidad en el antro de piernas desnudas que deslumbró a Toulouse Lautrec? Por los revolucionarios, quiero pensar, que tras el pelotazo de la revolución de 1789 eligieron precisamente esta colina de mártires y dioses de la guerra como centro de sus iras por la cantidad de edificios religiosos. El lugar floreció de fervor revolucionario, los vecinos sacaban yeso de una mina cercana, las laderas producían uvas en sus extensos viñedos, el lugar era un trajín… ¡Qué mejor centro para los revolucionarios de la guillotina que el lugar donde perdió la cabeza un obispo! Con el tiempo y sin el yeso la montaña tenía un hueco enorme que alguien pensó en rellenar con lo que mejor se le ha dado a esta montaña: una nueva basílica. Un siglo después de los desvaríos de Robespierre, los fervores revolucionarios se habían calmado lo suficiente como para intentar al menos conjugar las dos aficiones principales de la dichosa montañita. Dios y el Diablo. Y para continuar con esta eterna lucha de Egos Divinos, la basílica del Sagrado Corazón, dicen algunos, se construyó exactamente sobre el parque de cañones de la comuna de París de 1870. Si fue un intento de exorcizar los demonios que acechan permanente la ciudad del vicio galo no tuvo éxito porque lo peor de cada calaña volvió a la dichosa montañita en forma de un solo colectivo que los englobaba a todos. Artistas de cualquier pelaje, desde los de brocha fina a los de afilada pluma pasando por malvados del celuloide.

¿Estará aquí el próximo Modigliani, Degas, Pissarro?

El Sagrado Corazón se enseñorea ahora de todo París, mira desafiante desde sus alturas a las pobres almas que deambulan pecaminosas por los bajos de la ciudad. Pero si es capaz de salvarlas sólo lo sabremos en la Otra Vida y tal vez por ello desde que se coronó su construcción, su Soberbia construcción, la montaña del Vicio ha atraído a la hez de la sociedad, como decía. Aquí vino a vivir el más feroz de los pintores comunistas, Pablo Picasso, aquí tuvo un estudio el más extraño de los artistas, Salvador Dalí, aquí malvivió el más descarnado de los suicidas sifilíticos, Vincent Van Gogh, por estas calles pintaron los difuminadores de los estereotipos clásicos, Renoir o Pissarro, en aquella casa pintó mujeres desnudas el puntillista Manet. ¿Ha triunfado la carne sobre el espíritu? ¡Qué decir de ese tullido obsesionado con las piernas de las bailarinas del Moulin Rouge, el tal Lautrec? Cuantos más indeseables venían, más atraían. Modigliani, Degas, Braque, genios del Mal pisaron estas calles y atrajeron a otros genios del Peor: cabareteras de mala fama como Edith Piaf, escritores de bajos fondos como Boris Vian o Max Jacob, Aznavour le dedicó versos y canciones, el Señor del Mal Serge Gainsbourg estudió arte entre sus callejones, ¡incluso la escandalosa bailarina de can can Jane Avril! La cosa se desmadraba y San Dionisio debió de arrojar la toalla cuando la montaña no sólo atraía a seres del Averno sino que el mismísimo Satanás los moldeaba allí mismo: André Malreux o Jean Renoir (el director de cine) vieron su primera luz entre los callejones repletos de seres que pintan y son pintados.

La place du Tertre, el centro del barrio, aúna hoy el espíritu de la bohemia. De los pintores y retratistas que nadie conoce y que a nadie conocen, que aspiran a que sus nombres queden impresos en posts como este pero de siglos venideros, la plaza que mantiene el encanto de la mentada bohemia, de sus cafés y bistrots, de su empedrado húmedo y empapado en recuerdos. Pero hoy mezclado ya con la mercadotecnia de los lugares míticos, las tiendas de souvenirs, la maquinaria de sacar dinero con la sola expectativa.

¿Será este tipo que pinta a una niña recordado dentro de dos siglos? ¿Y aquel de allí podría ser un nuevo Picasso, un nuevo Renoir, el sucesor de Vincent? No están todos los que quisieran estar: el ayuntamiento parcela los espacios, restringe las licencias y vigila a los bohemios de libre albedrío: sólo trescientos aspirantes a Inmortal pueden colocar sus caballetes, extender sus colores y exprimir sus pinceles en ciento cincuenta lugares estratégicamente habilitados (se supone). San Dionisio hoy estaría horrorizado y arrojaría su cabeza montaña abajo. Porque tampoco puede buscar consuelo en el Sagrado Corazón: la basílica está rodeada de asiáticos que venden globos con luces brillantes, pakistaníes que te consiguen cerveza fría, africanos con mercadería colorida, adolescentes besándose al son de un reguetón…