En coreano Minhwa significa ‘pintura popular’ y no se llama así porque sea un estilo ampliamente extendido y en el que cualquiera puede participar. No. Se llama así porque es un estilo ampliamente extendido y en el que cualquiera puede participar. Solo que no sabemos quién es el que lo ha hecho porque no se firma. Así que es popular, sí, y cualquiera puede hacerlo, claro, aunque pocos tienen ese nivel de habilidad, evidentemente, por lo que cualquiera no puede hacerlo. Aún así puede aprenderse y se imparten talleres para alcanzar la excelencia del experto en Minhwa. Pero al autor nunca será lo importante porque la base de la cultura coreana radica en el colectivo, no en el individuo, y la pintura, por tanto, se introduce en el acerbo popular y no en el curriculum de una persona. Nunca pude imaginar que deambulando por la capital de Kazajistán, Astaná, acabara implicado en un arte oriental de la aquí no tan lejana Corea. Pero este país, Kazajistán, tiene más de cien mil coreanos viviendo entre sus fronteras y en el conjunto de la antigua URSS son más de medio millón. Eran tantos que en Almaty tenían el único periódico y el único teatro en coreano de toda Asia así que no es tan extraño que aprenda cultura coreana en Kazajistán…

Miro las pinturas de los tigres y le encuentro un punto curioso. ¿De verdad no importa la autoría? Una amable chica se presenta: soy Bong Ki, me dice, y esta es mi exposición. Pero, entonces, ¿tiene autor o no? ‘Lo tiene pero es lo de menos’, me dice. Y me cuenta que este tipo de pintura surge en el siglo X, con la dinastía Joseon, cuando los pintores de la corte decoraban los palacios con habilidosos dibujos que atraen virtudes y buena suerte. La dinastía Joseon duró en el poder nada menos que cinco siglos: tuvo tiempo suficiente para que sus tradiciones calaran en el espíritu coreano. Por ejemplo, impuso el confucionismo, en lugar del budismo, fijó la etiqueta y las actitudes sociales que hoy caracterizan al coreano. Con el tiempo los minhwas se popularizaron tanto que la gente de a pie también quiso captar la salud, la prosperidad y la belleza que antes solo estaban a disposición de los dirigentes. Y los minhwas salieron de los palacios y comenzaron a reflejar algo más que motivos simbólicos: de pronto había escenas cotidianas, gentes, lugares. Lo mismo felicidad que suerte, lo mismo salud que fertilidad, lo mismo atraía riqueza que espantaba a los espíritus malignos.

Pero a principios del siglo XIX la dinastía Joseon comenzó a declinar y las cosas se pusieron feas. Y cuando las cosas se ponen feas en un país los primeros en salir son los que no tienen mucho que comer. El goteo de coreanos cruzando la frontera mirando al norte, a la implacable pero fértil Siberia, se convirtió pronto en un chorro porque en unas décadas eran ya muchos más que los rusos. Fundaron barrios coreanos en ciudades rusas, fundaron ciudades coreanas en suelo ruso, levantaron granjas y a finales del siglo ya eran casi treinta mil. Los supongo cargando entre sus trastos viejas láminas de la abuela con tigres y coloridos pajaritos que luego colgarían en paredes levantadas en medio de Siberia. Pero debo decir que si estos cuidados dibujos estaban destinados a traer felicidad y prosperidad su éxito fue, como poco, dudoso. 

¿Quién es de origen coreano y quién es de origen mongol? En Kazajistán hay 131 nacionalidades y tienen más de cien mil coreanos. En Kyzylorda, de donde son estas imágenes, incluso hubo un instituto de enseñanza coreana.

A principios del siglo XX los rusos entraron en guerra contra la potencia emergente de la época en la región, Japón, y debieron de pensar que los coreanos podían llegar a ser una quinta columna nipona porque les confiscaron granjas y les hicieron la vida imposible. Supongo que peor debían de estar las cosas en su Corea natal porque en 1914 ya son casi sesenta y cinco mil, no dejan de venir, y ni siquiera la revolución de los Soviets detuvo la emigración. Sobre todo porque Japón invadió la península de Corea y la gente prefería a los locos soviéticos que a los locos nipones. ¡Cómo no estarían de locos los japoneses!.

Los coreanos tienen su apartado en el museo etnógrafico de Almaty porque son uno de las 131 nacionalidades que conforman el pueblo kazajo…

En las casas coreanas de Siberia y de los alrededores de Vladivostok brillaban las láminas pegadas con engrudo soñando con que los tigres y las grullas y las flores trajeran un poco de paz a esas vidas de nómadas sobrevenidos. Cuando uno se asoma a la laminita se queda petrificado al descubrir un universo de detalles minuciosos que parecen mucho más intrincados e infinitos que vistos desde lejos. Aunque el tigre es el referente preferido no hay límites a la hora de plasmar un protagonista: lo mismo puede ser una grulla que una nube, el sol o una piedra, una flor o un oso. Digamos que son escenas tradicionales, cotidianas, no exentas de humor, alguna incluso cargada de sátira política, pinturas que tampoco descartan figuras mitológicas. También hay que saber leer entre líneas porque detrás de un tigre hay una protección contra el mal y por eso hay tigres pintados en tantas puertas coreanas. 

El tigre debió de envalentonar a los expulsados por los japoneses porque preparaban ataques desde el exilio y los japoneses respondían bombardeando suelo ruso. Los soviéticos pusieron pie en pared y dijeron: basta. Cuando contaron les salieron 105 aldeas coreanas y un número de coreanos que se acercaba ya a los doscientos mil. Stalin, quién si no, decidió que ya era hora de poner fin a este disparate. El 25 de octubre de 1937 los deportó a las estepas centroasiáticas, lo que hoy son Kazajistán, Uzbekistán y Kirguizistán. Por el camino murieron unos cuarenta mil pero los supervivientes supieron adaptarse a las duras condiciones climáticas y de trabajo de las estepas y montañas centroasiáticas y los números hoy no dejan de asombrar: en Rusia hay más de ciento cincuenta mil coreanos, en Ucrania rondan los cincuenta mil, cien mil en Kazajistán, alrededor de los veinte mil en Kirguizistán. 

Así que no es raro encontrarse láminas de minhwas en las estepas que antaño fueron rusas. Y Bong Ki me cuenta que los artistas pueden ser anónimos (no siempre, eso sí) pero sí son muy conocidos por su habilidad. Porque a pesar de su carácter anónimo no cualquiera, como dije, puede pintar un minhwa: hace falta una gran concentración y mucho tiempo, conocer la técnica y la filosofía coreana para expresar lo que se desea. Y aunque aquí veo tigrecitos tiernos y amables, incluso extravagantes, los minhwas tienen seis temáticas bien definidas.

  • Hay minhwas dedicados exclusivamente a las peonías, que son unas flores muy apreciadas en el Lejano Oriente por sus propiedades medicinales y que tradicionalmente simbolizan la riqueza, el honor y un alto estatus social aunque también puede aludir a la Paz: por supuesto en un principio era casi exclusivo de la dinastía reinante, la de los Joseon, aunque luego se extendió al resto de casas particulares.
  • Un segundo tipo de minhwas, llamado chaekgeori, se reduce a pintar libros y temas relacionados: pilas de libros, papeles, tinta, un modo de simbolizar la sabiduría y el conocimiento, aunque pueden ir acompañados de flores, esculturas de animales, instrumentos musicales o incluso frutos que representen la longevidad.
  • El tercer tipo, llamado Hwajodo, se dedica en exclusiva a pintar animales, sobre todo pájaros, y flores, decoran habitaciones de recién casados porque atrae la fertilidad y los animales suelen ir en parejas porque simbolizan la felicidad nupcial.
  • Un cuarto tipo de minhwas plasma diez símbolos relacionados con la longevidad: el sol, las nubes, las montañas, el agua, los pinos, tortugas, ciervos, grullas, melocotones y la hierba de la eterna juventud.
  • El penúltimo tipo, llamado Munjado, traza representaciones simbólicas de animales y plantas dentro de caracteres chinos alusivos a las ocho virtudes: amor filial, amistad, lealtad, sinceridad, cortesía, justicia, integridad y sensibilidad.
  • El último de los minhwas, el Hojkdo, se coloca en las casas al comenzar el año para proteger a las familias de los demonios y en ellas destacan dos figuras: un tigre y un árbol.