La Plaza Meskel es el centro urbano de Adis Abeba pero también tiene reminiscencias a patio de frenopático, a recreo infantil, a escenario de circo. A primera vista parece un inmenso anfiteatro habitado por locos con prisa. Todos corren subiendo o bajando pero dando larguísimos rodeos que toman completamente la plaza. Pero nada es verdad. No es exactamente el centro urbano, no son locos con prisa, no dan rodeos. La Plaza Meskel es uno de esos puntos de encuentro que tiene cualquier ciudad. Y Adis Abeba no va a ser menos. Para empezar dicen que si completas todos los niveles del graderío de la plaza habrás corrido el equivalente a una maratón: 26 millas, 42 kilómetros. Por eso cualquiera que quiera entrenar sabiendo a ciencia cierta lo que corre tiene aquí su lugar perfecto.

Pero además de eso, la plaza Meskel es multiusos. Por ejemplo, es el punto central de una celebración que tiene mil seiscientos años (¡¡mil seiscientos años!!), el festival de la Cruz (que es lo que significa Meskel en amárico, el idioma de Etiopía), un festival que recuerda el momento en el que Helena de Constantinopla, madre de Constantino el Grande, abrazó el crucifijo y arrastró a todo un imperio, el de Roma, a manos de la Cristiandad. Según la leyenda la señora Helena viajó a Jerusalem con la sana intención de conseguir nada menos que la cruz de Cristo pero no la hallaba y terminó desesperada quemando grandes cantidades de incienso a modo de súplica divina. La humareda fue tan grande que formó una suerte de arco que guio a la furibunda Helena hasta el lugar donde estaba enterrada la preciada cruz. No se admiten preguntas, claro está. Como muestra de su regocijo no se le ocurrió otra cosa que hacer otra hoguera más para celebrar el hallazgo ahumando a la Humanidad al completo. El 26 de septiembre esta plaza se llena de gentes que hacen hogueras como homenaje a la tal Helena, les arrojan incienso, los curas cantan sus letanías, todos rezan mientras arde que te arde la leña. Y ya puestos, se canta y se bebe y se baila y la plaza Meskel es un batiburrillo de gentes y flamas. A decir verdad no siempre se celebró aquí sino que se solía hacer en la catedral de la Sagrada Trinidad, donde ahora reposa el Emperador de Emperadores, Haile Selassie.

No sé qué pensaría la señora Helena al ver que su conversión se celebra de ese modo en un país africano y que aquel momento se vea traducido hoy en una enorme plaza llena de gentes que corren. La plaza actual es idea de Haile Selassie, el emperador de los emperadores, pero fue remodelada por su asesino, Mengistu Selassie, que la renombró como Plaza de la Revolución, colocó tres enormes retratos de Marx, Engels y Lenin y la llenó de aterrorizados adeptos al régimen (una época de purgas que tiene su propio museo en esta misma plaza, el Museo del Terror Rojo). La plaza sigue pareciéndome un disparate: inspirada por un festival que conmemora a una emperatriz romana y que tuvo como estandarte a la santísima trinidad del comunismo, hoy no es más que una gran pista deportiva para corredores de la ciudad. Curiosa evolución: de las masas de enfervorecidos comunistas a hogueras bizantinas, conciertos de música rock, carreras de coches, mítines o manifestaciones multitudinarias. 

Pero si en algo sobresale hoy la Plaza Meskel, con toda la historia que arrastra, es, como decía, en su capacidad para reunir ágiles corredores. Cada mañana, incluso antes del amanecer, decenas de atletas la surcan como gacelas, decenas que pronto son cientos, cientos que a veces se convierten en miles. No olvidemos que Etiopía es el país de los grandes corredores, de los de correr de verdad, de maratones, de largas distancias, de esos que te agotan con solo verlos sin que ellos lleguen casi que a sudar. ¡Cómo le gusta correr a un etíope! ¡Y eso que Adis Abeba está a más de dos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar! Los vecinos de la ciudad aficionados a las carreras vieron en las desvencijadas gradas el lugar idóneo para machacarse un poco más, en las escaleras el sustituto perfecto de las laderas de las montañas, en su céntrica ubicación el emplazamiento soñado para no tener que salir de la ciudad.

¡Lástima el intenso tráfico que se desarrolla a sus pies y que convierte el aire en poco menos que imposible de respirar! Por estas gradas han entrenado los mejores plusmarquistas del país, como Haile Gebrselassie, al que no es raro encontrarse trotando por aquí, o otros grandes de la velocidad etíope (incluso keniatas, los otros grandes gamos del deporte, dejan verse por aquí…). El entrenamiento comienza en el primer graderío y corres hacia arriba sin dejarte una pista, o grada, detrás, y simplemente los recorres hasta el final para luego subir, o bajar, el nivel. Cuando se acaban los niveles, felicidades, has hecho una maratón casi sin salir de casa. Aquí se reúnen las multitudes para ver en pantalla gigante las evoluciones en campeonatos y olimpiadas de sus atletas, aquí se les rinde homenaje cuando consiguen medallas, aquí comienza y termina la Gran Carrera Etíope, el evento deportivo nacional, aquí se casó el récord mundial y olímpico Tirunesh Dibaba con su marido, Sileshi Sihine, que fue plata dos veces en diez mil metros. 

Hay que tener valor para correr por aquí. Hay guijarros, la arena polvorienta, el humo de los coches, aceras medio rotas. Un muchacho no corre: está sentado y lee un libro. ‘Vengo aquí a estudiar’, me dice con una amplia sonrisa, ‘cuando no puedo más corro hasta cansarme y me siento otra vez a estudiar’. ¡El anfiteatro da para más cosas! Se corre, se asiste a conviertos, fiestas milenarias, se canta, se entrena, se estudia.

Se vive…