Este post se ha leíd1725veces

DSC_6382-imp

Cincuenta y cinco mil quinientos setenta y tres tripulantes de la Real Fuerza Aérea británica murieron en el transcurso de las misiones que realizaron sus bombarderos durante la Segunda Guerra Mundial. De ellos diez mil seiscientos cincuenta y nueve eran canadienses pero también había checos, polacos, australianos, neozelandeses, indios. Una cifra que pareciera más bien sacada de los datos de una ciudad. Pero una ciudad de muertos. De tripulaciones de avión muertos. Y si tantos muertos hubo en los cielos, ¿cuántos no hubo en tierra? Por si acaso, el memorial también está dedicado, dicen, a las víctimas a ras de suelo. ¿Cuántos? Imposible saberlo. La campaña de bombardeos fue tan extensiva, tan ciclópea, tan titánica, que con la sola cifra de muertos en el aire podemos intuir la proporción de muerte abajo. Sobre el terreno. Un ejemplo: sólo en Dresden desencadenaron un infierno que mató a veinticinco mil civiles y la total destrucción de su casco histórico.

DSC_6379-imp

Tal vez fue el único modo de extirpar el cáncer nazi del continente pero eso ya hoy no importa. Lo que sí importa es que el memorial sólo pudo inaugurarse en 2012, sesenta y siete años después de aquel infierno, debido a las críticas que la campaña de bombas generó entonces. Porque, insisto, entre las nubes murieron más aliados que norteamericanos en Vietnam pero jamás podremos saber los muertos civiles y el sobrio, incluso rácano, recuerdo en una fría frase esculpida en la pared no ayuda mucho. ‘Libertad es la única posesión segura de los que tienen el coraje de defenderla’, canta Pericles en un relieve, ‘Los luchadores son nuestra salvación pero sólo los bombarderos nos dieron la victoria’, preside solemne y con un puntito de desafío la frase de Winston Churchill.

DSC_6380-imp

DSC_6381-imp

DSC_6385-imp

DSC_6387-imp

Un señor se inclina ante la tripulación congelada eternamente en bronce para colocar unas flores. Una fotografía muestra a un atractivo oficial repeinado hacia atrás con un abrigo tan cuidado como excesivamente grande. ‘Era mi padre’, sonríe triste el señor mientras inclina la cabeza orgulloso y se arrodilla. Los veteranos aportaron parte del presupuesto, los descendientes también, todos menos el ministerio de Defensa, tal vez por prudencia a la hora de honrar no a los muertos de arriba sino a los de abajo. Para darle un punto de surrealismo, el memorial vio la luz finalmente gracias a una intensa campaña liderada por los conservadores británicos, sí, pero sobre todo por Robin Gibb, el cantante de los Bee Gees… La inauguración fue emotiva, con la propia reina Isabel de Inglaterra al frente, veteranos venidos desde Australia, Nueva Zelanda o Canadá (tan ancianos que los servicios sanitarios tuvieron que atender a veinticuatro de ellos asfixiados y deshidratados por el esfuerzo), un trompetista tocando himnos y demás parafernalia. El hiperealismo de las estatuas parece animarlas, recién llegados de una misión, creo incluso oler el sudor de bronce después de todo un día arrojando bombas.

DSC_6386-imp

DSC_6384-imp

En todo caso una muestra más del espíritu humano de honrar a sus muertos y a sus guerras, una práctica que llena las metrópolis de los imperios y las capitales de los reinos, y Londres, que no es excepción, cumple con creces esta premisa. Lo hacían los romanos con sus arcos, los egipcios con sus obeliscos, las monarquías levantaban edificios y los napoleónicos híbridos en los que honrar no sólo a los caídos en las batallas sino también a los civiles víctimas de la barbarie. Y ese es el papel que el arquitecto Liam O’Connor ha querido jugar en el Green Park del mismísimo centro de Londres: el de conjugar a los caídos en el aire con los caídos en el suelo. Si lo consigue y la gente piensa en los civiles aplastados mientras admira las figuras de los hercúleos aviadores esculpidos en bronce enmarcados en un sobrio pabellón con reminiscencias dóricas es otro cantar. Fuera el verde primaveral de Green Park sitúa la escena en un paraíso onírico, como sacado de un mito griego producto de un sueño febril, un edificio que parece griego sin serlo, unas frases míticas que parecen cerrar heridas sin hacerlo, un monumento a los modernos Ícaros que murieron golpeando al mismísimo Satanás mientras aplastaban todo lo que pillaban…

DSC_6383-imp