Medinaceli no cuenta ni con quinientos vecinos pero a cada uno de ellos le corresponde un puñado de monumentos y de siglos de historia. Porque Medinaceli tiene, así al pronto y sin mirar libro alguno, un arco romano, un castillo árabe, una colegiata, un palacio ducal, la Casa de los duques de Medinaceli, una plaza mayor, una puerta árabe, una antigua sinagoga, una nevera árabe y un convento de clarisas del siglo XVI. Supongo que podría seguir. ‘Roma para mí’, imagino un reparto en la plaza Mayor, ‘pues para mí la alcazaba’. Y podría ser. Pero sobre todo Medinaceli tiene la mejor noche de todas. Una noche misteriosa, de farolas que son candiles medievales, de sombras y luces tenues, de claroscuros, misteriosas hiedras que trepan por paredes de piedra vieja, calles que se estrechan, piedras que rebotan tonos amarillos, azules, rojizos. Así que paseo por las calles de Medinaceli con la impresión de haberme colado con nocturnidad en un museo al aire libre, aire libre gélido, por cierto, un museo abandonado por el vigilante, por los arqueólogos, por los visitantes.

Para llegar a Medinaceli el viajero avispado no hará como yo, que se pensó que era ese gris municipio situado a los pies de una colina, sino que subirá la serpenteante carretera a la cima de la montaña. Porque hay dos Medinacelis, una abajo, la nueva, la que se conoce como Estación de Medinaceli por la sencilla razón de que hay una estación ferroviaria, y una Medinaceli genuina, auténtica, la de arriba, con su carga histórica y esa manía ancestral de riscar cuan cabras para fundar ciudades en lo más alto de sitios altos. Por eso mejor venir en coche, alquilar uno es una buena opción si no se tiene porque moverse de la parte nueva a la vieja es un engorro kilométrico que cuesta abajo puede tener su gracia pero cuesta arriba es inadmisible para el sedentarista convencido. Entre las opciones aconsejo esta: autofurgo (pincha aquí).

En una noche de luna llena el arco romano brilla bajo la oscuridad. ¿Un arco romano en una ciudad de quinientos habitantes? Dicen que el núcleo actual tiene base romana y que las piedras del Imperio pueden verse más allá del arco: en las bases de las casas, en las paredes de las casas, en los empedrados de las calles. Porque esto no era sino un villorio celtíbero en el año de Matusalén cuando los romanos invadieron la península y asentaron sus reales en cada rincón. La colina debía de tener su interés porque las huestes de Julio César se la arrebataron a los belos, que es el nombre de la tribu celta que habitaba estos lares, y la renombraron Occilis, que en celta significaba ‘colina’. Un punto estratégico en el camino entre el centro geográfico de la península y la ciudad de Cesaraugusta, que si lo dices muy rápido y como si te hubieras bebido una bota de vino peleón suena a lo que es hoy: Zaragoza.

Dicen que pudo ser un campamento en la época de la conquista de Numancia y que a partir de ahí le encontraron gusto al lugar. Desde entonces la ciudad se desarrolló como un tiro y pasó de todo. Los romanos le dieron otra apariencia, levantaron una muralla, un arco de la victoria con tres ojos que a día de hoy todavía no sabemos qué festeja, acerado, calles. Incluso la magnífica plaza mayor puede ser la versión moderna del foro romano que seguramente esté abajo, al menos en recuerdo. Hay muchos argumentos romanos que aún hoy se usan: las salinas romanas, que se explotaron hasta 1994, o la fuente del canal, que usa unas canalizaciones y depósitos de decantación para traer el agua que corre fresca al aire libre en las fuentes del centro del pueblo.

El casco histórico es una suerte de laberinto de piedra…
…que desemboca en la plaza Mayor

Luego vinieron los árabes, que transformaron las estructuras en propias y construyeron una alcazaba muy mona desde la que planeó alguna de sus razzias el temible Almanzor, que murió aquí en 1002 herido de muerte tras la batalla de Calatañazor. Los árabes le cambiaron el nombre a Madinat Salim, ‘la ciudad de Salim’, fuera este señor quien fuera, pero un señor que ha pasado a la historia como un pueblo cristiano y un cristo muy particular. ¡Los cristianos le han amargado el paraíso al tal Salim! Porque Medinaceli no es sino una adaptción de esa Madinat Salim, del mismo modo que Cesaragusta es hoy Zaragoza. Somos unos negados para aprender otros idiomas, eso es cierto, pero como creadores de toponomias no nos gana nadie. Hay otra versión: que tal vez el nombre venga de una mezcla de Madinat, en árabe, y ese occilis medio romano medio celtíbero, madinatoccilis. Del mismo modo que todo recuerda a Roma apenas queda nada del tiempo árabe, más allá del nombre, de una nevera de piedra en la que conservaban los alimentos con nieve y de esa puerta arcada que da a sabe Dios qué. Para recordar esos tiempos hay que acudir al cantar del Mío Cid, tan aclamado hoy por los más ignorantes, para leer que:

A la mañana siguiente se ponen a andar

En la llamada Medina se iban a albergar

Y de Medina a Molina en otro día van

Y eso porque según algunos estudiosos el anónimo autor del Cantar pudo ser de este pueblo, de Medinaceli, en una época en la que la ciudad era musulmana, datos que pueden comprobarse mediante una sencilla operación: el Cid murió en el año 1099 y Alfonso VI tomó Medinaceli en 1104. De Medinaceli se dice que fue el escenario en el que el Cid se enfrentó en batalla con un musulmán de la villa y lo venció, una muesca más en la carrera por convertirse en héroe de la Reconquista y de los patriotas españoles, que desechan por cierto que Rodrigo Díaz de Vivar fue un mercenario sobreexcitado que, como lo describe el historiador Antonio Ballesteros, también fue ‘un enemigo de su patria, violador de iglesias, cruel, perjuro, un mercenario, una especie de condottiero del siglo XI, ansioso de gloria y botín…’.

El Cid, apelativo que proviene del árabe Sidi, o señor, luchó contra el rey de León, Alfonso VI, y contra el de Galicia, don García, pero también lucho en el bando de Alfonso VI y contribuyó a reunificar los reinos de León, Castilla y Galicia. Con Alfonso VI tuvo una relación de amorodio porque años después el mismo Cid luchó enrolado en los ejércitos del rey de la taifa de Sevilla y posteriormente al servicio de la taifa de Zaragoza, de la mano de un tal Al Muqtadir, y lo mismo se enfrentó a la taifa de Lérida como al rey Sancho de Aragón. Al final de su vida volvió a luchar con el rey Alfonso para conquistar el reino del levante y dar origen a la leyenda de caballero español que vencía a los moros en heroicas batallas incluso después de muerto. Puedo imaginarlo por estas estrechas callejuelas buscando algún enemigo que echarse a la boca. Supongo que fue cuestión de suerte que pasara al imaginario cristiano porque en vida luchó contra todos y de todos sacó tajada pero eso de morir cristiano y ganar una batalla muerto le subió de categoría… 

Dice la leyenda que Almanzor puede descansar bajo una iglesia cristiana, una faena para un tipo que hoy identificaríamos con el Daesh y que pasó a la historia como ‘El azote de la cristiandad’

Y digo que poco queda de lo árabe pero no en los libros: poco después de la muerte del Cid moría otro personaje crucial en la historia de España: Abu Amir Muhammad ben Abi, entre nosotros: Almanzor, la pronunciación lógica de Al Mansur, el Victorioso, pues tal fue en vida. Un tipo que pasó a la historia como uno de los más brillantes militares del califato cordobés, canciller del Califato y chambelán del califa Hisham II, autor de grandes gestas en el norte de África y contra los reinos cristianos y muy conocido en su época por su querencia por la yihad, su sed de poder y la alegría con la que repartía esclavas para los harenes de los ricachones del momento. De hecho en el año 985 capturó Barcelona, la destruyó con saña y se llevó encadenados hasta Córdoba a nada menos que setenta mil cristianos y tras destruir Simancas se trajo diecisiete mil mujeres esclavizadas: los del Estado Islámico son una broma comparado con el granadino. Su pasión era tan grande que creó una inflación de mujeres esclavas, porque eran tantas y tan baratas que los jóvenes musulmanes no se casaban con jóvenes musulmanas sino que se compraban varias concubinas para su solaz y esparcimiento. Fuera como fuera, el tal Victorioso, Al Mansur, o Almanzor, llegó a las inmediaciones de Medinaceli enfermo y herido en batalla y entregó su negra alma en lo que entonces se consideraba una gran ciudad. Nadie sabe dónde está enterrado el furioso yihadista aunque se especula que en el monasterio de Santa María de Huerta, lo que no deja de resultar una merecida burla del destino: descansar bajo la cruz cristiana al que tanto sufrimiento originó enarbolando la bandera del islam…

Tierra fronteriza entre musulmanes y cristianos, cruce de caminos romano y sin embargo su mayor esplendor aún tenía que llegar. En 1129 el rey de Aragón Alfoso I el Batallador la conquista definitivamente para la cristiandad y la plaza gana enteros. En el siglo XVI el rey concede a un tal Luis de la Cerda el título de Duque de Medinaceli y el nuevo noble tiene un arrebato constructor: ordena levantar edificios religiosos con la fe de los que tienen la cartera llena y su ejemplo continúa durante años. Tanto que la talla de su iglesia, la Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción, es una copia del verdadero Cristo de Medinaceli, que está en Madrid. ¡Tal vez sea el mejor embajador de la ciudad pero no es de allí! Dice la historia que el Cristo de Medinaceli es de autor desconocido pero posiblemente de la escuela sevillana.

Dicen que bajo la plaza Mayor se encuentra el foro romano…

La talla cayó en manos de Mulay Ismail, entonces rey de Marruecos (y todo un semental como ya dije aquí), la llevó precisamente a Meknes y allí la arrastraron por las calles mientras los vecinos se mofaban de ella. Un trinitario que la vio se ofreció a cambiar su peso por oro. La figura vuelve a Madrid en loor de multitudes y la llaman entonces Jesús del Rescate o también el Señor de Madrid. A finales del siglo XIX la duquesa de Medinaceli le regala una túnica y en 1930 los duques son tan devotos de la imagen que le levantan un templo en Madrid: la basílica de Jesús de Medinaceli, en honor más que a Cristo a ellos mismos. Desde entonces la figura es conocida en todas partes con el nombre del pueblo, ese mismo pueblo que no tiene nada que ver con el tema y que guarda una réplica de la talla en su iglesia casi que por miedo a perder el paso. Miro alrededor, en plena plaza mayor, y pienso que los vecinos que levantaron los edificios con el dinero del primer duque no tendrían mucho problema en encontrar sus casas. Porque no tiene pinta de haber cambiado mucho en los últimos siglos. Por si fuera poco, es fácil aparcar…

Con los duques de Medinaceli la ciudad alcanza un esplendor diferente al de los árabes, que la usaban de atalaya para atacar cristianos, o la de los romanos, para los que era un alto en el camino. Con la cruz no dejó de reclamar su posición estratégica y vuelve nuevamente a la primera línea de la historia con la invasión napoleónica de 1808. Hay que hacer un ejercicio mental para imaginar esta magnífica plaza que de noche rezuma misterio y soledad convertida en fortín por parte de uno de los guerrilleros mas famosos del momento: Juan Martínez, el Empecinado, rememorando los tiempos en los que fue base musulmana para atacar reinos cristianos imitó la estrategia para atacar a los franceses. El Empecinado liberó la villa de los soldados napoléonicos, liberó al Batallón de Voluntarios de Madrid y dejó su huella en la historia de la ciudad.

Pero a pesar de su historia, de sus monumentos y de su prodigioso pasado, Medinaceli es un claro ejemplo de esa España vaciada. Quinientos vecinos no parecen mucho para sostener sobre sus hombros tantos siglos de historia. En el siglo XIX comenzó a decaer y en el XX la llegada del ferrocarril dividió a sus vecinos entre los de arriba y los de abajo: hoy incluso existe una plataforma llamada ‘Serranía Celtibérica’ que lucha contra el despoblamiento interior y que tiene en la comarca de Medinaceli el punto crítico de la península en eso del desierto demográfico. Hallarán el modo: si ha sobrevivido a celtíberos y romanos, árabes y cristianos, españoles y franceses, saldrá de esta. Pero que no cambien las bombillas ni la iluminación. Medinaceli resulta extraordinaria incluso de noche, cuando todos duermen…