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Hasta donde alcanza mi vista: kat. Cultivos familiares, cosechas propias, huertas de andar por casa. Hasta donde consigo caminar: kat. Gentes mascando a la sombra en los campos, mujeres vendiendo enormes bolsones por las calles, hojas tiradas por el suelo alfombran el asfalto. En el campo, los arbustos están bien alineados, abiertos a despejadas veredas centrales, desbrozados. Cuidados y hasta mimados. Miro a mi alrededor y no hay otro cultivo. De pronto aparece un campesino, alarga la mano, arranca unas hojas y se las come. Sonríe con una sonrisa verde y me invita a un cobertizo de adobe. Allí le espera un compañero tumbado sobre una enorme cantidad de hojas. ‘Kat’, sonríe de oreja a oreja. ‘Esto sólo es para la mañana’, dice alegremente, ‘para la tarde buscaremos más’. No comen las hojas: las devoran. Parecen rumiantes.

Estudiantes junto al inevitable suministro de kat, que ayuda a no dormirse

Fuera, Mekden, que me muestra los cultivos, también masca junto a un señor. ‘El arbusto tarda tres años en crecer’, me cuenta Mekden en un cultivo familiar, ‘a partir de ahí se pueden recolectar las hojas’. El arbusto, que puede superar los seis metros, tiene una vida de treinta a cien años, crece entre los mil y los dos mil cuatrocientos metros y encuentra en las inmediaciones de Harar, al norte de Etiopía, casi a dos mil metros, el entorno perfecto para progresar. En otro cobertizo unos muchachos mascan kat rodeados de libros: son estudiantes. Más allá masca kat una cabra en la penumbra de un establo. A su lado se mueve una sombra: es una vaca. También masca kat. De hecho en Harar todo el mundo masca kat.

El kat es un arbusto de hojas perennes conocida científicamente como catha edulis (celastrus edulis) que los habitantes del Cuerno de África, y sus vecinos del otro lado del mar Rojo, en el Yemen, mascan con una dedicación ciertamente llamativa. Dicen que no hay otra planta con unas propiedades psicoestimulantes tan potentes como esta. Las hojas poseen catina y catinona, moléculas emparentadas químicamente con las anfetaminas. Pero natural. Sin química añadida. La catinona es muy activa y basta con mascarla para que el alcaloide se disuelva en la saliva y comience a generar un suave efecto de subidón. Los narcos, siempre tan atentos a estas cosas, han descubierto que la catinona puede servir de base para obtener metcatinona, que se asemeja mucho a la metanfetamina (aunque en realidad es el excesivo chute de efedrina usado en los narcolaboratorios lo que crea esa sensación). La catinona es menos tóxica que la anfetamina pero las hojas también tienen dexedrina, efedrina y pervitina (que es como se conoce comercialmente la metanfetamina en Alemania). Una hoja de kat de Harar puede tener hasta 0.12 miligramos de catinona, aunque lo normal es que no pase de los 0.6 miligramos, lo que explica por qué las hojas de esta región tienen esa fama que traspasa fronteras. Sea como sea, mascar kat genera una leve, o no tan leve, ilusión de MDMA. La lengua se suelta, la risa se afloja, crece la empatía, vuelan las horas. Llega un punto en el que el bar entero, la calle al completo, la plaza en su conjunto, es tu amiga desde tiempos remotos.

Salgo del hotel pensando dónde podré encontrar gente que venda kat y esto es lo primero que me encuentro….

Por eso en Harar la gente carga con enormes bolsas repletas de hojas de kat. Se acerca la tarde y es la hora de tumbarse al fresco a charlar con los amigotes. El kat iguala clases sociales. Porque los que no tienen casa donde tumbarse lo hacen en la calle. Por eso cuando el sol declina las aceras están casi intransitables, repletas de pordioseros que mascan kat.

La gente toma sitio en la calle para tumbarse a pasar la velada mascando kat, incluso los abuelos desdentados machacan la hoja con pesados morteros para poder untarse el ungüento en las encías…

La cosa es tan seria que unos abuelos tumbados en la acera se esfuerzan en machacar hojas con un mortero. Los observo divertidos, ellos me observan aún más divertidos. Los manojos de hojas desaparecen convertidas en una masa que parece ungüento verde. Me miran. Los miro. ‘Los majamos porque no tenemos dientes’, dice uno de los abuelos y abren todos la boca al unísono. Es cierto: están desdentados. Sin dientes, no hay quien masque. La solución es untarse la plasta en las encías y esperar a que el alcaloide se libere. Los abuelos sonríen, ríen, manotean y dan palmadas. Uno de ellos llora de risa. Parece que llevan un buen rato liados con el mortero. Más allá un grupo de menesterosos también se lo pasa pipa en un lecho de hojas arrugadas y pisadas. ¿Que se te cae el manojo? ¡¡Qué más da!! ¡¡Esto es el paraíso del kat y lo hay por toneladas!! De hecho en Harar están convencidos de que el kat es originario de la zona y tienen su propia leyenda. (Aunque en España tenemos también algo parecido al kat….)

Según Kevin Rushby, autor del impagable ‘En busca de las flores del paraíso’, el emir Awzulkarnein tenía dos cuernos mágicos en la cabeza pero nadie lo sabía porque estaban bajo el turbante. Pero un día un hombre que quería verlo entró sin que el emir lo supiera y le vio los cuernos. No se atrevió a decirlo a nadie pero la historia se le quedó tan dentro que su inquietud creció y creció hasta que el vientre se le hinchó tanto como el de una mujer embarazada. Así que se fue al bosque, hizo dos agujeros en el suelo y susurró dentro: ‘el emir tiene dos cuernos’. Los tapó con cuidado y se fue: el vientre volvió a la normalidad pero en los agujeritos creció entonces un árbol con dos tallos rectos y largos. Un día unos músicos que buscaban ramas para hacer palillos para los tambores encontraron el arbolito, fabricaron sus palos y se fueron a una ceremonia. ¡Pero los palos dieron un salto y se pusieron a tocar los tambores ellos solos mientras los tambores cantaban: ‘el emir tiene dos cuernos’!. Todo el mundo sabía ya que el emir tenía dos cuernos y que eran mágicos así que la multitud fue a su palacio para pedirle ayuda: estamos muy cansados, le decían, danos algo que nos mantenga despiertos y fuertes. El emir rezó a Dios y este le aconsejó que fueran al lugar donde los músicos encontraron sus palos mágicos. Y ahí estaba: el árbol del kat. El árbol del paraíso. De hecho aún hay gente que antes de mascar la hoja da gracias a dios por el kat con un ‘bendito sea Awzulkarnein’…

Cerveza y kat, una combinación que no esperaba en la parte musulmana de Harar

Decido tomarme una cerveza. Al fin y al cabo esto es Etiopía, un país cristiano, y disponen de una llamativa variedad de cervezas de calidad. ‘Aquí no servimos alcohol, esto es un establecimiento musulmán’, me advierte un muchacho al que le pido líquido amarillo, ‘pero ahí sí’, me señala algo parecido a un boquete al otro lado de la calle. Me asomo: apenas veo en el interior de un garito sucio y oscuro algo más que sombras. Y una nevera brillante repleta de botellines de cerveza. Tomo asiento y pido una jarra de marca local. Harar. A mi lado, dos chicas cubiertas con coloridos chadores. ‘Me llamo Kadra’, dice una que bebe ávidamente grandes jarras de cerveza. Es somalí y musulmana. Pero bebe como si fuera de Baviera. Y sobre la mesa, en una bolsa transparente, kat. Kadra charla por los codos, bromea, me pregunta sobre sexo, tontea y sonríe pícara. Yo flipo porque no sólo es musulmana: está entre ebria y pasada de ácido. A su lado su amiga también entra en la competición: se coloca el colorido chador y muestra, como sin querer, sus pechos desnudos. El camarero trae otra cerveza. Kadra saca más kat y me lo ofrece con rostro malvado. ‘Tenga usted cuidado’, me aconseja un parroquiano sentado en otra mesa, ‘le están dando las hojas más grandes y se va a poner usted como una moto, mastique sólo las pequeñas, que le darán más ganas de hablar’. Kadra se esconde entre sus velos, su amiga se indigna y se marcha. Los tallos deben tener una base tipo cabeza de clavo, lo que indica que son brotes laterales de un tronco principal y, por tanto, de buena calidad. El extranjero, claro está, no tiene por qué saberlo. De pronto, entra todo un escuadrón de policías. ‘Nos ha comunicado que le están obligando a comer kat’, me dice un sargento de dos metros mientras los parroquianos se revuelven nerviosos en sus asientos. ‘Tenga cuidado porque los extranjeros tienen prohibido consumirlo’, se despide entre abrazos, mi sonrisa eufórica, ‘ha sido sin querer’, acierto a balbucear mientras pienso en lo ridículo de la excusa. Vuelvo a la mesa: más kat. Las hojas se introducen en un carrillo y se mascan lentamente, dejando que el jugo amargo se cuele poco a poco garganta abajo. Kadra no deja de alargarme ramitas, su amiga, que ha vuelto, me mira con cara de guasa. Esperan algo. Tal vez mi colapso. En el bar, sólo sombras. Pero sombras muy animadas que conversan en voz baja, entre rayos de sol que se filtran por las ventanas medio cerradas al tiempo que descubren un universo de pelusas flotantes en el éter. El camarero no deja de tirar cervezas pero creo que es el momento de poner punto final. Fuera, como si no fuera suficiente la sensación de fiestón, me esperan unas hienas salvajes.

Los faranjis, o guiris en argot local, no parecemos encontrarle el punto exacto a la hojita. La primera descripción fidedigna de un occidental es de Carsten Niebhur, jefe de una expedición danesa que visitó Yemen en 1761, y contó que le pareció desagradable, insípida y que ‘no nos gustó esta droga’. Para conocer sus orígenes hay que remontarse mucho en la historia y separar el difícil grano de la realidad del de la leyenda. Una de las menciones más antiguas en Etiopía viene del siglo XIV cuando un rey musulmán amenazó al rey Amda Sión, cristiano, de sembrar kat en su capital, lo que desencadenó una ira tan grande que murieron miles de musulmanes en una batalla colérica contra semejante afrenta que duró 30 años. Una de las primeras menciones al kat llega de una obra del siglo XI del científico persa Abu Al-Biruni, que escribió un tratado de farmacopea donde aseguraba que la planta procede del Turquestán. Incluso en el templo de Isis en Filé, Egipto, se prohíbe a los sacerdotes tomar una sustancia que parece sea el kat…

Los últimos rayos de sol colorean de naranja las piedras de la iglesia de Medhane Alen, la única cristiana dentro el recinto amurallado de la ciudad. A las puertas, un grupo de mujeres vende kat en grandes cantidades. Un hombre yace tumbado en la acera, casi inconsciente. Se ha cagado encima y todo un enjambre de moscas le zumba en el trasero. La calle que baja al hogar de las hienas es un escaparate público de vendedoras de kat. Al otro lado de la plaza la gente toma sitio bajo un murete: se disponen a pasar la noche al raso mascando la dichosa hoja. El ajetreo se incrementa y no hay persona que no pase sin su bolsa transparente de hojitas verdes. Harar no es sólo un centro productor de kat de extraordinaria calidad. Pareciera que el objetivo de cada vecino de la ciudad sea colocarse mascando hojas.

Ya no puedo extrañarme de que el paisaje de entrada a la ciudad sea un mar verde de arbustitos. Harar es una ciudad peculiar, dicen que la última netamente mediterránea antes del África negra, dicen que una de las ciudades santas del Islam, la ciudad donde murió Rimbaud y donde el célebre explorador Richard Burton entró disfrazado porque los musulmanes de entonces asesinaban a todo infiel que osara colarse. Pero hoy es algo más que eso. Más que sus casas encaladas de blanco con ribetes azules, como si uno estuviera en Zahara de los Atunes. Harar hoy es el centro mundial del cultivo, y probablemente también del consumo, del kat. De hecho dicen que Rimbaud se quedó tan prendido del lugar que hasta dejó de escribir y murió poco después de abandonarla. Lo imagino tumbado en una acera, una pluma en la mano, la mirada en una nube. Insisto, este sitio es el lugar idóneo: sólo hay que alargar la mano.

De mañana, temprano, los recolectores de kat venden sus mercancías a intermediarios que los cargan en camiones rumbo al aeropuerto de Ride Dowa

Salgo de mi hotel pensando dónde encontrar alguien que me muestre el proceso del kat. A las puertas dos docenas de vendedoras del narcótico cargan grandes sacos llenos de hojas frescas. ¡Eureka! ‘Las acabamos de recoger’, me dice una chica, ‘ahora vendrán los camiones a recogerla’. Y en esas llegan los camiones. El ajetreo se multiplica, los sacos vuelan a las cajas, los porteadores saludan a mi cámara, un chico me lleva a los cultivos. ‘Estos sacos se envían a Dire Dawa’, me dice Mekden refiriéndose a una ciudad cercana que cuenta con aeropuerto, ‘y ahí se embarcan en avión para llevarlos a mercados de todo el mundo’. Imagino que querrá decir de ‘este mundo’, entendido como Cuerno de África. Aún así se estima que sólo en Etiopía generó, con datos de 2014, unos ingresos de 272 millones de dólares, según cifras de ‘Ethiopian Observer’, una cifra de impresión pero menguante porque ya en esa fecha Gran Bretaña, Holanda y China habían prohibido su venta eliminando así gran parte de su destino internacional. Esta región es realmente adicta al kat y el libro ‘La controversia del kat’ calcula que en todo el país pueden venderse al día, en temporada de lluvias, más de 15.000 kilos diarios. Un país sobreexcitado porque también es, recordemos, la cuna del café

Etiopía es el principal exportador de este narcótico del mundo y sus mercados principales están en Somalia, Djibuti y Yemen, aunque las hojas del paraíso, como les dicen, a veces llegan incluso a Europa en vuelos diarios. Porque el alcaloide del kat es tan potente como efímero y pasados un par de días la hoja se arruga y pierde su poder euforizante. Los ingresos del kat están sólo por detrás del principal producto nacional, el café, y de las semillas oleaginosas y el oro. Y eso sin contar el consumo interno, que es absolutamente demencial. En cualquier mercado del país las hojas de kat tienen un lugar privilegiado, un público entregado y unas ventas seguras. Paseo por el Merkato de Adis Abeba y compruebo cómo cientos de vendedores exponen su mercancía en plena calle. Un faranji mascando kat genera además una algarabía digna de ser vivida: todos aconsejan cómo colocarlo en el carrillo, hay quien te ofrece alguna bebida azucarada para pasar el primer trago amargo, te miran a los ojos como si fueran a salirse de las órbitas. Pruebo el kat en Adis Abeba pero a todas luces el efecto es muy inferior al de Harar. Sabe similar, tiene el mismo color, pero conforme pasan las horas el alcaloide se apaga y en Harar sólo hay que alargar la mano mientras que en la capital del país hay que esperar a que lo traigan en avión (o, sobre todo, en autobús, lo que alarga las horas de viaje y perjudica la calidad de la hojita).

Vendedores de kat en el merkato de Addis Abeba

‘Te vuelve loco’, me dice un vendedor de kat en Adis Abeba. Y al parecer, sí: puede volverte loco. Supongo que los que abusan y consumen hojas como si no hubiera un mañana pueden terminar desarrollando enfermedades psicóticas. La catina y la catinona causan euforia, una excitación de los sentidos, comienzas a sudar y hablas por los codos, pero también corta el apetito y aleja el sueño. Como la coca en los Andes. Por eso la hoja es tan popular entre las clases más bajas, los que duermen en las aceras, los que tienen siempre hambre. Pero no sólo eso. Los estudiantes también la usan como mis antiguos compañeros de universidad usaban la anfetamina, los trabajadores y conductores de largas distancias la usan porque ayuda a la concentración y parece endurecer los músculos. Un consumo moderado se asemeja al café oscuro pero, ¿quién se resiste a una vida entera colocado si sólo tienes que alargar la mano para conseguir otro manojo? ‘Verá cómo le gusta’, me dice un señor en el bar, ‘mañana recordará las proezas sexuales de su alcoba’. ¡¡Vaya!! ¡¡Parece que tenga también un efecto afrodisíaco. ¡Qué droga más completa! Claro que eso se aplica solo a los consumidores esporádicos.

El uso habitual ayuda a desarrollar enfermedades mentales, como psicosis, paranoia o esquizofrenia, por no hablar de los problemas que tanto subidón genera al corazón. Al final de la ‘fiesta’ las conversaciones decaen y uno se abstrae en complicados pensamientos y reflexiones. Dicen que puede provocar depresiones leves al día siguiente y que un uso continuado genera, a la larga, impotencia entre los mascadores más ávidos. Por las calles es fácil ver las consecuencias a largo plazo: paseantes sin rumbo, con la mirada perdida, los ojos inyectados en sangre, una ristra de niños detrás que les toman el pelo, medias sonrisas entre los que se los cruzan. ‘Demasiado kat’, te dicen. Pero un paseo despeja dudas: no están mal vistos, simplemente se les compadece. En el interior de los comercios los vendedores mascan kat, los sastres callejeros mascan kat, el taxista masca kat, los abuelos mascan kat y los nietos mascarán kat.

Los asesinos yihadistas de Al Shabaab lo han prohibido en Somalia porque dice que eso de mascar hojas no parece muy islámico. Y porque, además, lo identifican con la dejadez de la juventud y los altísimos niveles de desocupación. No sé qué pensarán los temidos piratas o los señores de la guerra de Mogadishu, enganchados sempiternamente a sus efectos. La prohibición iguala a los remedos del Estado Islámico con las autoridades occidentales. El veto es general: desde los Estados Unidos a Europa pasando por Oriente Medio. ¡¡Incluso en Etiopía la dichosa hojita es ilegal!! Sólo es legal en Yemen, Djibouti y Somalia. Hasta hace relativamente poco llegaban diariamente aviones repletos de kat a Londres para satisfacer la demanda de la amplia comunidad del Cuerno de África en Reino Unido. La hoja llegaba también diariamente a Holanda e incluso a los Estados Unidos. El gobierno británico lo vetó en 2014 y los distribuidores se enfrentan a penas de hasta catorce años de cárcel. Un destino que parece impensable en Harar. Dudo entre pedirme otra cerveza o mascar un nuevo manojo de hojas. Qué diantres. Cerveza y kat, por favor, no creo que vuelva a probarla en mi vida…