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Luis Hernández Pinzón y Álvarez de Vides despuntó en una guerra sucia y de mal aspecto, la guerra del guano, que es como decir la guerra de la mierda. Triste modo de pasar a la historia para alguien que llevaba el apellido de los descubridores, de los que descendía, aunque, a decir verdad, Luis fue un soldado excepcional que ni siquiera chapoteando en aquel campo de batalla fétido y en descomposición permanente mancilló su apellido, el de los descubridores de América, sus antepasados nacidos, como él, en Moguer (o en Palos de Moguer, como se conocía en aquella época).

Hernández Pinzón llegó al Perú como comandante general de la escuadra del Pacífico, una flota científica que tenía como supuesto objetivo propagar por las antiguas colonias el aroma del rencor no resuelto de su antigua metrópoli. Lo de científico no era más que una baladronada para atemorizar a los que consideraba enemigos. Y en aquel momento, el Perú era más que un enemigo un hermano alejado al que se le ha cogido una manía espantosa. Desde la independencia del país andino, España estaba indignada. Habían llegado a acuerdos, firmaron paces y entonaron loas a la historia común pero en el trasfondo el encono mordía las esquinas. Además, en el tratado de independencia el Perú se comprometía al pago de unas elevadas indemnizaciones pero dilataba su pago y España se enfadó, ofendida como ya estaba. En estas circunstancias, Madrid envía una escuadra científica formada por naves de guerra a las costas del Pacífico americano: mal rollo. Y al mal rollo se unió la mala suerte. Una pelea en una finca del norte del Perú dejó a un español muerto y varios malheridos. España elevó la indignación hasta un grado de opereta y obvió que en el Perú el asesinato fue denunciado con vehemencia temiendo la reacción del antiguo colono.

España envió un ‘Comisario especial y extraordinario de la Reina’ para tratar el asunto, una broma macabra que en la antigua colonia no fue bien recibida porque el título se remontaba a los tiempos de la metrópoli. Además, consideraron que se trataba de una intromisión inaceptable en los asuntos internos del país. Madrid elevó el grito al cielo y ordenó al onubense invadir el Perú. Y Hernández Pinzón así lo hizo. Zarpó del puerto de El Callao, a pocos kilómetros de Lima, y se presentó el 10 de abril de 1864 en las islas Chincha, unos islotes repletos de excrementos de aves, y arrió la bandera andina e izó la nacional. Acto de guerra que fue recibido como tal. Los peruanos sólo poseían tres buques de guerra así que el incidente les convenció a invertir a toda prisa en adquirir nuevo material. No sólo eso. La invasión de la isla de la mierda atemorizó a los vecinos de Ecuador, que se apresuraron a fortificar la localidad costera de Guayaquil, por si las moscas. Es más. Aterrorizó a los vecinos del sur, los chilenos, quienes firmaron una alianza con el Perú para defender la independencia de ambos países. La inquietud prendió en el subcontinente y después de Perú, Chile declaró la guerra a España.

Los disturbios se extendieron por la costa pacífica y pronto estuvieron involucradas Bolivia y Ecuador. Para más inri, la actuación del penúltimo Pinzón provocó no sólo la unión de los países sudamericanos sino que tuvo parte de culpa de la revolución española de 1868, supuso el fin de la flota mercante de Chile y el retraso de varias décadas en la armada de guerra del Perú. Al final, cuarenta y tres españoles murieron en este simulacro de guerra en la que España nunca apostó por una victoria. En 1880 España reconoció la independencia del Perú, que se había producido sesenta años antes, y tres años más tarde restableció relaciones con Chile. En el tintero quedó el proyecto del comisario especial de vender el guano hasta conseguir comprar, con el beneficio obtenido, el hiriente peñón de Gibraltar.

 

Bibliografía

Las relaciones entre el Perú y Francia, Fabián Novak, Pontificia Universidad católica del Perú, Lima, 2005

El combate de la Concepción, Nicanor Molinare, Centro de estudios guerra del Pacífico, Santiago de Chile, 2009