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El visitante no lo sospecha siquiera pero en la mezquita-catedral de Córdoba los dos principales dioses de la era contemporánea luchan a degüello desde hace siglos. Tal vez presienta algo mientras contempla cruces cristianas en un entorno musulmán, puede que lo intuya en la encarnizada lid de los enrevesados caracteres árabes contra la solemne caligrafía latina, seguro que lo presume cuando observa aturdido las recargadas cúpulas cristianas enfrentadas a la sobriedad islámica. Pero saldría de toda duda si pudiera mirar directamente al subsuelo, horadar con su mirada de rayos X las losas que pisa y sumergirse no ya metros sino siglos y hasta milenios abajo. Porque bajo la sala de oración de la mezquita de Córdoba yace sepultada la basílica de San Vicente mártir y hay quien dice que probablemente exista también un atrium tardoromano y quién sabe, añado yo, si algún templo politeísta que usara como base alguna religión ibérica de la que ni noción tenemos.

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La parte exterior del edificio apenas recuerda a una mezquita por la noche…

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El arte mudéjar y el arte islámico omeya no dieron paso sólo al gótico de la primera nave cristiana sino al posterior estilo renacentista de la catedral que contrarió tanto al emperador Carlos V y también a una espectacular, y algo delirante, sillería barroca del coro. Visto con retrospectiva tan sólo faltó que Gaudí hubiera dejado su impronta en el minarete. Una muestra más de que los dioses están en lucha eterna, robándose edificios, feligreses y tradiciones, dispuestos a matarse, y a que nos matemos, para que reine algún día, de este dudoso modo, la paz y la felicidad en el mundo. Y cabe entonces preguntarse si la fe que cada devoto deposita en los recintos sagrados queda absorbida por los muros de los edificios y pasa de una religión a otra y de un dios a otro sin pasar factura a sus almas o en algún rincón remoto de los paraísos cristianos y musulmanes (y judíos y hasta ibéricos e incluso carpetovetónicos) los espíritus deambulan de una confesión a otra. Atrapados en las paredes de su templo, más que de la confesión en sí. ¿Qué ocurrió con los rezos de los paleocristianos que rezaron a un señor Jesucristo que fue sustituido por los rezos al profeta Mohammed que a su vez fueron sustituidos por las oraciones a un señor Jesucristo que ya no tenía mucho que ver con el Jesucristo de los primeros paleocristianos? ¿Se postraron debidamente en este mismo lugar devotos romanos de Júpiter, de Neptuno, Marte y Plutón? ¿Y antes? ¿Hubo aquí algún admirador del rey toro de los iberos? ¿Importa realmente?

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Cuando Fernando III de Castilla tomó la ciudad de Córdoba en 1236 se dirigió al edificio religioso y cayó rendido a su majestuosidad: será mi gran catedral, debió decirse, pero conservará su esplendor islámico. Y dicho y hecho. El mismísimo Alá fue expulsado del peculiar e inconfundible bosque de columnas con arcos blanquirojos de medio punto y entró en loor de multitudes Nuestro Señor Jesucristo. Con todo el abigarramiento cristiano y su enrevesada concepción del otro mundo. Se construyó entonces la Capilla Real, más tarde la Capilla Mayor, cada rincón se moteó de capillitas con sus imágenes y sus velas y uno ya no sabía muy bien dónde estaba y a quién rezaba. En el siglo XVI se levanta una gran nave renacentista que rompió la estética islámica y convirtió el edificio en una extraña mezcla que deja con la boca abierta y sin saber muy bien qué pensar. Carlos V al menos sí supo expresarlo: ‘habéis destruido lo que era único en el mundo y habéis puesto en su lugar lo que se puede ver en todas partes…’

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Con cada nueva alteración el edificio adquiría una forma de Frankestein religioso, una mezquita construida sobre una basílica a la que se le añadían forúnculos en forma de retablos, coros, puertas y balcones. El resultado final, como decía, recuerda a un híbrido de tigre y león, o de caballo y cebra, no chirrían, parecen versiones imaginativas de los peluches de siempre, pero uno no deja de preguntarse que por qué demonios no se guarda la pureza del estilo. Y la respuesta es evidente: los dioses no se preocupan de la estética, son más pragmáticos y sólo quieren imponerse. Claro que aquí el dios cristiano no ha terminado de tragarse del todo al dios islámico. En la catedral de Sevilla no ocurre esto: allí la digestión fue completa y uno no encuentra más vestigio de Alá que en la Giralda, el alminar de una mezquita de la que no queda nada más. En Córdoba, en cambio, la digestión se ha quedado a medio hacer, de las tripas de la catedral sobresalen ecos Omeyas, o más bien al revés, pareciera que el propio Dios se ha metido en el estómago de Alá y lo haya parasitado a medias.

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Camino en penumbras entre el bosque de columnas tantas veces visto en fotografías, documentales, películas: no hace falta estar aquí para tenerlo en la cabeza. Distinto resulta preguntarse dónde comenzó todo. Parece claro que el origen está debajo del suelo y en forma de restos y derrumbes. Pero una vez asumido que la parte original no existe hay que conformarse con el origen de la parte islámica como punto de inicio del edificio actual. Y aquí está, con su techo artesonado, una obra de arte encargada por el emir omeya de Córdoba, Abderraman I, edificada sobre la basílica visigoda y ampliada en once naves orientadas hacia el río Guadalquivir. Una obra de arte, como decía, que aprovechó columnas y capiteles romanos sacados sabe Dios de dónde para conformar una suerte de bosque de columnas que evoca el palmeral de uno de esos desiertos de los que procedían los Omeya.

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Dicen los estudiosos que la estabilidad del conjunto se logra mediante un sistema de dobles arcos, el inferior de herradura para aguantar la bóveda, el superior de medio punto para soportar la cubierta. Como remate, la mezquita no está orientada hacia la Meca, como es norma islámica, sino al sur, como la mezquita de los Omeya en Damasco, una protesta arquitectónica que reivindicaba la independencia espiritual de los musulmanes andaluces. Sea como sea, el recinto sagrado creció conforme aumentó la población de la ciudad y Abderraman II, Abderraman III, Alhaken II y Almazor añadieron naves y extendieron la qibla, el muro de la mezquita, hasta cerrar su ciclo islámico. Un ciclo que acabó por la puerta grande porque no había una mezquita mayor en el mundo (descontando por supuesto la de La Meca). Años después los turcos levantaron la mezquita azul y la desplazaron de tan magno puesto. Después del esplendor logrado con Almazor entró Fernando III de Castilla, el Santo, y, como ya dije, cayó enamorado del pintoresco recinto hasta decidirse a convertirlo en iglesia católica. Nada raro en la eterna lucha entre cristianismo e islam. De hecho en la capital kurda, Diyarbakir, encontré esta iglesia asiria de cuyos techos también asomaban otros cultos antiguos.

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En la semana santa de 2010 un grupo de 120 musulmanes austríacos organizó un rezo colectivo en el interior de la hoy mezquita catedral como reivindicación de un templo que reclaman como islámico. Supongo que el equivalente sería un grupo de legionarios de cristo montando una misa en Hagia Sophia, la catedral bizantina de Estambul que sirvió de mezquita durante casi 500 años antes de acabar convertida en museo.

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La sillería del coro alcanza niveles de detalle que vuelven loco al visitante

Pero la reclamación como templo no es exclusiva de los musulmanes austríacos. El escritor falangista Ignacio Olagüe Videla lo reclama como arriano y asegura que Abderraman I no construyó la antigua basílica y su famoso bosque de columnas porque ya existía cuando llegó a Córdoba. Una teoría interesante pero que los hallazgos del arqueólogo Félix Hernández tiran por los suelos. Tampoco ayuda mucho que la calificación del escritor sea la de falangista porque parece haber encajado su investigación a unas premisas ideológicas. Claro que puede que antes de la basílica de San Vicente ya existiera un atrium romano sobre el que, y a su vez, se construyó esta.

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Como toda opinión cuenta, el obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, asegura que el edificio no es arte musulmán sino bizantino y que los Omeya se limitaron a financiarlo. ‘Los moros solo pusieron el dinero’, asegura con su exquisita falta de tacto. Según Fernández, los califas ‘fueron a por sus paisanos cristianos de Damasco y los trajeron a Córdoba’, una teoría que vuelve de cuando en cuando y que resulta atractiva a la Santa Madre Iglesia a la hora de explicar por qué se la ha apropiado sobre escrituras. Por eso el obispo, además, desea que se deje de llamar mezquita a la mezquita y que se la llame, si acaso, antigua mezquita. Sea como sea, a ratos pastiche, a ratos Frankestein, la mezquita-catedral de Córdoba es una obra impresionante, digna de verse, Patrimonio Cultural de la Humanidad de la UNESCO, Bien de Interés Cultural y uno de los monumentos más conocidos de España y con mayor renombre mundial. No es para menos. Entre sus paredes Dios y Alá siguen luchando denodadamente por asomar su barbas. De momento gana el dios cristiano pero, ¿quién sabe? Puede que mañana el dios toro de los iberos emerja de las profundidades y reclame lo que una vez fue suyo…

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