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Casi todos han superado los noventa años. Y aunque parezca mentira, hay muchos. Los veteranos de la guerra de Abisinia deambulan como almas en pena, mostrando sus fotos del Rey de Reyes, sus fusiles de madera, sus capas de pelo de león. Guardan en sus retinas imágenes en blanco y negro de una época perdida en la memoria del tiempo. Se han reunido en torno al hito que recuerda la liberación de Adis Abeba en la plaza Arat Kilo, un monumento que ellos llaman 28 de magabit (que corresponde, en el calendario etíope, al 28 de abril de 1941). El obelisco, coronado por el inevitable león de Judea, tiene un reloj detenido para siempre y jamás en las once de la mañana: la hora de la liberación nacional. Algunos veteranos también permanecen congelados en esa hora.

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Por eso hoy acuden a su cita anual y se entregan a sus vecinos, posan para las fotos, saludan efusivos, caminan muy serios. Hay niños vestidos con los colores patrios: verde, amarillo, rojo, un grupo canta con tanto sentimiento que algunos de sus integrantes llora. Los veteranos de la guerra de Abisinia merodean por la plaza, bajan en parejas por la avenida del Níger, salen solitarios de la catedral de la Santa Trinidad (donde descansa su sueño eterno aquel lejano emperador homenajeado hoy, Haile Selasie), deambulan como locos iluminados por las aceras, esperan el autobús, charlan entre ellos. Cada cinco de mayo los veteranos de guerra celebran su Día de la Victoria, recuerdan a sus compañeros (los que pueden recordar) y luego se pierden por la ciudad como vestigios de un pasado que no se acaba de ir.

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Hay quien luchó en la batalla del oasis de Walwal (¡¡y eso ocurrió en diciembre de 1934!!), hay quien acompañó al Emperador y Rey de Reyes en su humillante derrota ante las tropas de Mussolini (¡¡y eso fue en octubre de 1935!!) , hay quien recibió al Emperador y Rey de Reyes en su triunfal regreso a Adis Abeba (¡¡y eso ocurrió el 5 de mayo de 1941!!). En el siguiente video puede verse la triunfal entrada del Negus en Adis Abeba y quién sabe si alguno de esos jóvenes soldados no deambule hoy por la plaza de la Victoria…

Antiguos soldados, guardias reales, oficiales y voluntarios civiles. En todo caso, ya no importa más que a los ratones de biblioteca. Como yo. Cargan uniformes varias tallas más grandes que sus menudos cuerpos. Uniformes que una vez debieron estar justos, incluso apretados, uniformes que tal vez mancharon de sangre, de sudor y de lágrimas, uniformes que permanecen tiesos y mil veces cepillados. Son sus cuerpos los que han menguado. Son sus cuerpos los que ya no rellenan los trajes que una vez les dieron el porte para pasear con orgullo esas medallas que siguen brillando en claro desafío al paso del tiempo.

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Aunque pasan los años y cada vez son menos siguen elevando la voz para pedir una compensación a Italia por sus atrocidades. Al menos, dicen, que pidan perdón. Los italianos, espoleados por el Duce y por el recuerdo de la batalla de Adwa de 1896, cuando fueron humillados por el mal pertrechado ejército etíope, usaron gas mostaza, mataron gratuitamente por sed de venganza, se regocijaron en mil tropelías. ‘Cometieron crímenes de guerra‘, dice Daniel Jote Mesfin, portavoz de la Asociación de Patriotas Etíopes: ‘Italia encima ha construido todo un mausoleo al general Rodolfo Graziani‘,  en su momento virrey de Etiopía y gobernador general de Saba, que en Etiopía se considera nada menos que un genocida. Como ejemplo de su bonhomía, Graziani ordenó la célebre masacre de monjes coptos (y de miles de prisioneros de guerra y peregrinos) y por eso aquí no se le puede ni mentar. En Italia es otra cosa; es un héroe fascista y hay quien lo equipara a Rommel o a MacArthur.

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El 4 de diciembre de 1934 las tropas etíopes se enfrentaron a las italianas en el oasis de Walwal. Los italianos ya dominaban una amplia franja del cuerno de África y aprovechaban la mínima ocasión para desplazar la frontera unos metros, unos kilómetros. El 3 de octubre de 1935 cien mil soldados italianos atacaron desde Eritrea, que ya era colonia italiana, y la Somalia italiana: proclamaban su sana intención de establecer un protectorado sobre ‘esos salvajes’. Los etíopes, por su parte, rechazaban semejante idea y llevaban con orgullo la historia de un país que nunca había sido colonia ni invadido por potencias mayores.

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Durante cinco años Etiopía perdió su libertad, el emperador Haile Selasie tuvo que exiliarse a Bath, en Reino Unido, e Italia soñó con un gran imperio en África Oriental. Hasta que la Segunda Guerra Mundial se torció para el eje fascista-nazi. El 5 de mayo de 1941 Haile Selassie entró victorioso en Adis Abeba, gracias al apoyo británico, y los fascistas comenzaron el repliegue que habría de acabar, años después, con el Duce linchado por su propio pueblo. Mussolini es historia, como lo es el emperador Haile Selasie. Los veteranos de aquellas guerras lejanas no. Todavía deambulan por las calles de Adis Abeba…

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