En el monasterio Kibran San Gabriel del lago Tana, en Etiopía, reposa arrugado por el paso del tiempo el Libro de Clemente. ¿Y quién era Clemente?, pregunto al señor que custodia lo que me parece una reliquia digna de un museo acorazado. El señor me mira a los ojos, sonríe, se pasa una huesuda mano por la boca y se va: no habla nada que yo conozca. Pues no me lo explica pero eso que está ahí es una de las copias más antiguas de las Epístolas de Clemente a los cristianos de Corinto, un escrito, el original, que se remonta a finales del siglo I y que nunca fue aceptado por los padres de la Iglesia cristiana en el Nuevo Testamento. Supongo que porque no puede achacarse su autoría en su totalidad al tal Clemente, una autoría que parece segura en su primer libro pero no tanto en el segundo. Miro el libro y veo que no es el único: guardados en una armario con vitrinas de cristal reposan otros libros también al borde de la disección arqueológica.

¿Y quién era ese Clemente que alguien consideró imprescindible copiar en el interior perdido de Etiopía? Pues fue nada menos que Obispo de Roma y, por tanto, Papa (de hecho el tercero), y, dicen las crónicas, amigo directo de San Pablo. Parece que Clemente estaba ciertamente enfadado por la destitución de varios presbíteros en Corintio, a los que no se acusaba especialmente de nada, y dio rienda suelta a su cólera apostólica. Dividido en dos libros, en el primero Clemente critica a los Jefazos, parece ser, y lo hace en un momento de persecuciones, las de Domiciano, así que tal vez los herederos de los Jefazos mismos, siglos después, decidieron que Clemente ya había hablado lo suficiente y vetaron su inclusión en el Nuevo Testamento. En cambio el libro de Clemente sí forma parte de los conocidos como Escritos de los Padres Apostólicos, en los que se reúnen las obras de autores que se suponen tuvieron contacto directo con algún apóstol. Y, recuerden, él era colega del mismísimo San Pablo.

Otro manuscrito del año de la pera

En el segundo libro Clemente soltó un enorme sermón con base histórica pero su estilo difiere del primero, así que ahora surgen dudas sobre si fue el bueno de Clemente o no el autor. Pongamos que lo sea, sobre todo para que el señor de manos huesudas no me haga pucheros mientras lo discute. En el sermón Clemente, o quien fuera, está un tanto catastrofista (tal vez por las persecuciones que lo tienen acojonado), ‘sabed que ya viene el día del juicio como un horno encendido, algunos cielos se derretirán y toda la tierra será plomo fundido’, dice en su versículo XVI:3, ‘adorábamos piedras y leños’, dice más tarde recordando los tiempos paganos. El libro también alude al Evangelio de los Egipcios, un conjunto de textos apócrifos de los que no se tiene mayor noticia, y Clemente, o quien fuera, se desata contra los adúlteros, los envidiosos y los avariciosos y recupera parábolas que no existen en el Nuevo Testamento, como la parábola de los lobos:

Los monjes sale de la floresta en cualquier momento y te dan unos sustos considerables

‘Porque el Señor dice: seréis como corderos en medio de los lobos. Y Pedro le contestó, ‘¿qué pasa si los lobos devoran a los corderos?. Y Jesús contestó, ‘los corderos no tiene por qué temer a los lobos una vez que han muerto, y vosotros tampoco, no tenéis por qué temer a los que os matan y no pueden haceros nada más: temed a Aquel que después de muerto tiene poder sobre vuestra alma…’

Los libros no están precisamente en museos a prueba de bombas sino en estas iglesias que no se parecen en nada a las iglesias del resto del mundo cristiano…

Curioso que deba perderme en un rincón remoto de Etiopía para conocer la vida de este señor que sucedió a Pedro y a Lino en el cetro del Papado. Como curiosidad última, Clemente también tuvo su martirio, dicen que ahogado con un ancla atada al cuello, y si su vida fue una continua huida de romanos ansiosos de llenar circos con cristianos y leones su cadáver no fue menos aventurero: estuvo en el Vaticano hasta 1934, cuando el rector del seminario pontificio de Santiago de Chile convenció al papa Pío IX de que se los donara. No sé cómo un papa decide donar otro papa a una iglesia periférica pero así fue y ahora el papa mártir reposa, sabe dios si para siempre, en la Catedral de Linares, en Chile, a donde llegó, cosas de la vida, en tren después de cruzar los mares y océanos en un barco de vapor. Por si fuera poco en Santa Cruz de Tenerife guardan, dicen que como regalo del Patriarca de Antioquía, la canilla del mentado Papa.

Como todo no va a ser manuscritos, los monjes también necesitan vender merchandising para conseguir dinero…

Sea como sea, en las iglesias y monasterios del lago Tana se guardan toneladas de libros como el de Clemente. Pero no solo en estas islas: es una tónica habitual en toda Etiopía. Hay una organización, AIZON (una palabra, y recalco lo de UNA, que en ahmárico hace mención, agárrense, al ‘apoyo expreso y coraje necesario para enfrentarse a los retos que se presentarán en un viaje difícil, cuando se toman nuevas iniciativas, se enfrenta al sufrimiento de una pérdida o se encaran otras muchas dificultades….’), que pretende convertir el Palacio Real de Bahar Dar, la ciudad a orillas del lago Tana, en un centro que aglutine, conserve y estudie todos estos libros, que pocos precisamente no son. No hay monje que no saque una edición de los tiempos de Maricastaña de algún libro religioso, no hay quien no deje caer, así como misteriosamente, alguna mención al Arca de la Alianza.

Llevo el Arca, dice muerto de la risa este señor…

Bahir Dar es la ciudad donde reposar de las vueltas a las decenas de monasterios del lago Tana, la mayoría centenarios, y también a las no muy lejanas fuentes del Nilo Azul. A las afueras del monasterio escucho una letanía monótona y vibrante: un grupo de niños lee en voz alta, reunidos en grupos, los hay que leen a solas bajo un árbol, en el interior de una choza unos señores leen también y me piden que les haga una foto. Los libros son copias muy recientes de todas esas copias antiguas. ¡Qué mayor prueba de que la cultura del manuscrito está más que viva y goza de buena salud!

La cultura del libro sigue viva y también muy viva: a las puertas del monasterio los niños recitan en voz alta como se hacía mil años atrás…

Los manuscritos etíopes son bellos, muy bellos, sobre todo para ratas de biblioteca como yo, libros que dan ganas de acariciarlos con gesto lascivo, lujurioso, de pervertido de las letras, mientras se eriza la piel pensando que pueden deshacerse como azúcar en agua. Tan viejos son. Tanto que parece que desde antes del siglo XV todo el que se ha acercado a Etiopía ha intentado traerse alguno a Europa. Desde peregrinos a Tierra Santa a viajeros, misioneros, militares y eruditos que fueron con la excusa de estudiarlos. Las tres mayores colecciones de libros etíopes en Europa están en la biblioteca apostólica del Vaticano en Roma, la Biblioteque Nationale de Paris, en Francia, y la British Library de Londres. Vamos: los de siempre. Entre los tres tienen más de 2.700 manuscritos. También los norteamericanos tienen amplias colecciones en la biblioteca del Congreso, en Washington, en Princeton o en Howard University, también de Washington, o en el museo Paul Getty de Los Ángeles. Por supuesto también las hay en la misma Etiopía, sobre todo en Addis Ababa, la capital.

Estoy seguro de que en estas instituciones, y otras que no caben ya aquí, las preservan mejor y de un modo más seguro pero, seamos francos, no son suyas. En Lalibela hago el gesto de llevarme uno y el monje sonríe desde el fondo de su pachorra, desfondado en un escalón, mientras hace el gesto internacional del money money. Sé que bromea pero no estoy seguro de que todos los monjes bromeen ni de que todos los turistas hagan el gesto de broma. ¿Y si salgo corriendo por este pedregal agarrado al libro y atravieso el lago, las montañas, los desiertos y las selvas como alma que lleva el diablo y llego a mi Cádiz sudoroso y feliz con el manuscrito centenario? Meneo la cabeza y le hago, mejor, una foto.

Parece que pueden dividirse los manuscritos según su forma y uso. Los más comúnes son los códigos escritos en hojas de pergamino dobladas, cosidas y con portadas de cuero. Hay de todos los tamaños, desde pequeños códigos parecidos a libros de bolsillo a grandes ejemplares de medio metro que tienen que llevar entre dos personas por lo que pesan. Nadie sabe cuándo comenzó esta tradición pero sí que sigue activa y a toda producción (sobre todo en lugares remotos que parecen estar igual que hace cinco siglos). También hay rollos con la consideración de mágicos y que se usan incluso como amuletos escritos, los más grandes se despliegan y se cuelgan en las paredes. Hay otro tipo más, al que llaman ‘acordeón’, que se despliega con sus coloridas imágenes. Todos todos copias de copias de otras copias que se copiaron de copias. ¡Amanuenses eternos!

Aunque no lleve marca de agua esta foto de arriba es mía también, al loro.

En Etiopía los manuscritos se cuentan por cientos de miles a lo largo y ancho de otras tantas miles de iglesias repartidas por uno de los países cristianos más antiguos del planeta. ¿Y cómo preservar un patrimonio de todos pero que al tiempo es de ellos más que de nadie? ¡Pues digitalizándolo! La colección completa de manuscritos del monasterio de May Wäyni, nada menos que del siglo XIV, se digitalizó al completo en 2013 gracias al programa para la preservación de archivos en peligro de la British Library. Un monasterio al que ni siquiera se puede acceder por carretera porque está en un paraje de lo más remoto. Con sus tesoros bibliográficos. No eran muchos, tan solo 91 manuscritos, pero en serio peligro después de que el edificio se desfondara y nadie tuviera dinero para su reparación: los libros estaban guardados en arcones de madera al borde de la desintegración o colgados de las paredes, libros en serio peligro pero que seguían siendo usados en los ritos litúrgicos… La idea no era nueva, ya en los años 70 se microfilmaron más de 9.000 manuscritos gracias a la Hill Museam and Manuscript Library de St. John’s Univeristy de Minnesota en los Estados Unidos.

Ni se te ocurra, parece leer mi hambre bibliofílica este monje..

En los años 80 se calcularon en unos 200.000 los manuscritos de Etiopía, un número en permanente revisión porque los etíopes siguen a lo suyo, copiando manuscritos antiguos que antes ya copiaron de otra copia. Y no lo hacen para los turistas, que no son tantos. Me alejo de la tentación de salir corriendo cargado de libros: están en su sitio. Y yo me voy al mío…