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En el centro comunal de refugiados de los Jesuitas de Adis Abeba se reúnen historias parecidas de cinco países distintos. ‘A saber’, cuenta Neway Alemayehu, ‘Sudán del Sur, Eritrea, Somalia, Sudán y Yemen’. Cada refugiado tiene su propia historia pero entre todos muestran unas tendencias parecidas. ‘De Somalia la gente huye por culpa de la guerra civil, los atentados de Al Shabaab y, últimamente, la sequía y las hambrunas’. Porque cada país tiene su propio infierno, aunque todos comparten algún bocado del averno común. ‘De Eritrea huyen por culpa de la dictadura de Isaías Afewerki’, un iluminado que machaca a su pueblo, sobre todo a los jóvenes, con los grados más sádicos de la locura, desde la esclavitud al tráfico de órganos. ‘De Sudán del Sur’, continúa Neway, ‘escapan por culpa de la guerra civil que azota el país desde su independencia y de su vecina Sudán por culpa de las hambrunas, la sequía y una alta inseguridad que hace imposible la vida normal’. Queda el Yemen: ‘qué decir del Yemen…’.

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Y así, entre unos y otros, más de ochocientos sesenta mil refugiados pululan por Etiopía y el número sólo puede crecer. Sobre todo porque la sequía sigue causando estragos en el sur de Somalia, justo donde actúan los yihadistas de Al Shabaab. Así que pronto serán un millón. Un dato: en 2012 los refugiados en Etiopía no subían de los trescientos cincuenta mil. En cinco años ha subido más del doble. La diferencia es abismal con los primeros trabajos que estos jesuitas realizaron en 1982, cuando abrieron estas puertas en Etiopía. ¿Hay rechazo entre los etíopes a estas gentes?, pregunto a los encargados del centro de refugiados de Adis Abeba. ‘No’, responde asombrado Eyesus Mulugeta, el director del centro. ‘Tenga en cuenta que tenemos la misma cultura que ellos, en muchos casos la misma religión, nos entendemos hablando y además durante años hemos formado parte de un mismo país’. Los etíopes, como los eritreos o los sudaneses del sur, son mayoritariamente cristianos. Pero no todos. Casi un tercio de los etíopes son musulmanes. ‘Hemos acogido musulmanes desde tiempos inmemoriales’, dice Eyesus ‘desde las huidas de los primeros califas, que son los que trajeron esta religión aquí’.

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Pero los etíopes también son musulmanes, como los somalíes o los sudaneses. La conclusión es que ninguna religión ni etnia es ajena a este país y que el recuerdo del antiguo imperio abisinio sirve como pegamento para la identidad nacional. ‘También es cierto’, interrumpe Neway Alemayehu, ‘que no hay mucha información y que la mayoría de los ciudadanos no conoce el alcance de este éxodo’. En un país de subsistencia, en el que la principal preocupación de cada hijo de vecina es encontrar algo que llevarse a la boca existe poco tiempo para preocuparse por cuitas geoestratégicas. Como ocurre en España. Y se lo digo. En España hay una gran oposición a la entrada de refugiados procedentes de Oriente Medio. Me miran sin saber qué decir. Por qué, preguntan sus ojos. Por un lado, les digo, miedo a que entren terroristas, sin pensar que huyen precisamente de eso. Por otro lado porque no hay trabajo para todos, sin pensar que no vienen a trabajar sino huyendo de la guerra. Por último, por puro racismo, les digo. Porque, aunque me duela reconocerlo, el español medio, insisto, es racista. Sólo un dato: el gobierno español se comprometió a acoger a 17.387 refugiados pero a fecha de hoy han llegado tan sólo 1.304…

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‘Aquí la gente es hospitalaria y acogedora’, insiste también Eyesus, ‘pero es cierto que apenas se conoce la envergadura de las cifras: por ejemplo, sólo en Adis Abeba hay más de veinte mil eritreos pero pasan muy desapercibidos porque no desentonan del etíope, podemos entendernos hablando, tenemos la misma religión y el mismo tono de piel…’. ‘Nuestra política es de open doors’, dice Neway, ‘y es lógico porque somos hermanos, ¿cómo podemos decirles que no entren y devolverlos a la guerra, o a la hambruna o la terrible sequía que sufren?’. Entre los muchos motivos que estos jesuitas me desgranan destaco este: razones diplomáticas. ‘Alguien tendrá que ayudarlos a recomponerse para que algún día puedan volver a sus países y empezar la reconstrucción porque lo que no estamos dispuestos, como país, es a formar generaciones que no hagan nada: preferimos que vuelvan y nos garanticen países vecinos amigos’. De tan lógico parece marciano. ‘Además’, prosigue, ‘en otras épocas muchos etíopes se vieron obligados a huir a otros países, sobre todo a Kenia pero también hacia Europa.

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Fuera una mezcolanza de parias internacionales juega. Dos equipos de lo más heterogéneo se enfrentan a un partido de voleibol. Bajo una techumbre una chica musulmana destroza a sus rivales en una larga partida de ping pong. Más allá dos equipos internacionales luchan ante un futbolín. ‘Esto es un centro de día’, prosigue Eyesus, ‘no pueden dormir aquí pero sí pasar la jornada, hacer talleres, practicar deportes, seguir cursos, obtener información…’ Desde 1996 esta oficina, la sede nacional del comité para los refugiados de los jesuitas, ha visto de todo: desde gente huyendo del Congo, Ruanda o Burundi a los terribles efectos de la sequía y la guerra en Somalia.

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Zamar Alí era profesora de inglés en Hadida, Yemen, pero tuvo que huir hace cuatro años porque la situación comenzaba a torcerse. ¿Piensas volver? Zamar me mira incrédula: ‘cuando me fui el país era invivible y aún no había estallado la guerra abierta como ahora, ¿qué cree usted…?’. Su dinamismo se contagia y casi me veo dando pequeños saltitos mientras ella mira de reojo la mesa de ping pong. Tan sólo la conversación con un extranjero ha podido arrancarla del juego: todos los rivales caían derrotados uno tras otro. Abro, por su parte, me muestra una cruz que lleva al cuello: es cristiano. ‘Soy de Eritrea pero aquello es una dictadura insoportable’. Le digo que he visto compatriotas suyos en las islas griegas, en Grecia, en los Balcanes. ‘Los jóvenes abandonamos el país en masa porque allí no hay futuro ninguno’. Me habla de palizas en el ejército, de que incluso para escapar del país hay que pagarles a los oficiales, me habla de secuestros, de que no hay universidades abiertas para evitar protestas estudiantiles, que no hay tribunales, ni parlamento. ‘Es un país en el que no hay nada que hacer, sólo aspirar a convertirte en esclavo de los militares’.

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A pie de pista dos muchachos altos y sonrientes me preguntan procedencia. ‘Como Messi’, dice uno. ‘Vinimos de Sudán del Sur porque la guerra ha arrasado nuestra región de Nimule (cerca de Uganda) pero huir a este país es peor, estamos mejor en Etiopía’. ‘Y tal vez mañana en Europa’, sonríe el segundo. ¿Cuáles son vuestros nombres?, pregunto ingenuo. Se miran. Me miran. ‘Preferimos no decirlos’, me cuentan, ‘son capaces de leerlo en alguna parte y buscar a nuestras familias’. Entonces de haceros una foto ni hablar, les comento. ‘Una foto sí, eso sí…’.

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