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En el centro de Karaganda tres héroes del pueblo te observan desde las alturas. Es un mural y lleva por título la ‘Unión de la clase trabajadora’, con marcados tonos naranjas y rojizos. Los tres héroes de teselas toman el protagonismo de la Casa de la Unión y colorean una arquitectura gris. A poca distancia se encuentra el crucero Aurora, orgullo de la ideología soviética, liderando al pueblo hacia la batalla final. Los rostros de tres marineros, uno de los cuales pertenece a una mujer con su melena ondeante, miran a un infinito cercano con dos manos que cuidan, miman y abrazan una hoz y un martillo.

No hay que alejarse mucho para contemplar a los ‘Cosmonautas felices’, un altorrelieve que inmortaliza, supuestamente, a la primera mujer en salir al espacio, Valentina Tereshkova, y Valery Bykovsky, tripulantes de las misiones Vostok-5 y Vostok-6 respectivamente, presidiendo un anodino edificio administrativo. Un tercer astronauta parece tan impaciente por surcar el espacio que se ha lanzado en plancha hacia el infinito y más allá.

Los relieves, los murales, los mosaicos, tan típicos del homo soviéticus, se enseñorean de Karaganda y hace que olvides un rato que la ciudad se construyó con esclavos de los gulas cercanos y que los árboles que no te dejan ver la ciudad se abonaron con sus cuerpos. Hay mosaicos por toda la ciudad, la mayoría son magníficas obras de arte, pero están abandonados y sólo resisten porque tampoco ha pasado tanto tiempo desde el fin de la URSS.

Los murales están a las puertas de las antiguas factorías, en las entradas de las minas, en los edificios del centro, en las fachadas de barrios populares, escondidos en callejones, protagonistas otras veces en amplias plazas, presidiendo teatros. El poder obrero y la carrera espacial son los elementos más comunes en esta muestra del arte popular, y no es de extrañar porque Kazajistán posee una de las bases espaciales más activas del mundo, y la más grande, la de Baikonur, de donde despegan por ejemplo las misiones de la MIR, naves espaciales que, ya de vuelta, ponen rumbo a la estepa de Karaganda para aterrizar.

Por eso Yuri Gagarin tiene también un lugar especial, no sólo en murales sino en una gigantesca estatua que se adueña de la Avenida Lenin para recordar a la Humanidad que nadie antes que él, que sepamos al menos, salió del planeta Tierra para darse una vuelta y volver para contarlo. La estatua de Yuri Gagarin es de 2014 y conmemora el ochenta aniversario de su aterrizaje en la estepa cercana a Karaganda. Una muestra de que el arte soviético caló incluso en lo más alejado de Moscú porque la estatua mantiene la estética del realismo socialista a pesar de que la URSS cayó hace décadas…

El arte soviético se basa en la propaganda y hoy está en peligro. Stalin pensaba que el arte podría llegar a sustituir a la mismísima religión. Así que lo rechazaba. Pero con el tiempo vio la importancia que podía tener en su plan. ‘El artista es el ingeniero del alma humana’, dijo. Dicho y hecho: son obras dedicadas a la propaganda, obras que ensalzan la juventud, la familia, el trabajo y el deporte. Un arte que se encuadra en el realismo socialista y que quiere mostrar a los viandantes, sin necesidad de ir a un museo, que ha nacido un hombre nuevo, el homo sovieticus, y que su representación en muros y paredes es un recuerdo optimista de que todo cambió con la revolución.

Los primeros mosaicos soviéticos aparecieron en los años treinta en la grandes estaciones de trenes estalinistas, en los museos, teatros, en las paradas del metro de Moscú. Según The Guardian los murales se multiplicaron por todo el país porque se pusieron de moda, moda obrera, pero tras la muerte de Stalin hubo que esperar a Leonidas Brezhnev para que el fenómeno resurgiera a finales de los años sesenta. Los edificios públicos debían tener un 5% de su espacio con ‘elementos artísticos’ que solían hacer destacados artistas locales. Y todas las repúblicas soviéticas se llenaron de murales. El problema es que la URSS pasó y estos elementos artísticos cayeron en desuso. Muchos cayeron incluso a trozos, a martillazos, escondidos bajo capas de escayola o pintura, ocultos tras ladrillos.

Los murales en las antiguas repúblicas soviéticas peligran por dos motivos. El primero puramente económico: hablamos de países que por lo general no disponen de presupuesto ni para temas básicos . Y este no lo es. Pero además muchos reniegan de su pasado reciente y no van a emplear dinero público para recuperar obras que destacan por su ideología. Es más, en muchos casos la voz de alarma la dan extranjeros que asisten atónitos al deterioro de los murales, como este norteamericano, Dennis Keen, que vive en la ciudad kazaja de Almaty, y hace un seguimiento minucioso del arte soviético en esa ciudad a través de su blog.

El realismo socialista aún pervive en las paredes de las antiguas repúblicas soviéticas pero parece deteriorarse conforme la ideología política que le dio vida se extingue en el recuerdo. En Karaganda está, al tiempo, escondida y a la vista de todos. Y se resiste a decir adiós.