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En una vieja urna de cristal con los bordes de metal oxidado duerme su sueño eterno un absoluto desconocido. Y cuando digo duerme es que tal parece: está tumbado sobre el suelo, uno de sus brazos hace de almohada y confiere al conjunto cierta sensación de calma. Y cuando digo desconocido es que el durmiente no tiene nombre, nadie sabe quién es, ni lo sabrá jamás, ni hay modo alguno de determinar su identidad. Porque el durmiente es de piedra aunque antes, mucho tiempo atrás, fue de carne palpitante. Da cierta lástima verlo ahí, en la urna, arrumbado en un almacén que en tiempos de Pompeya fue un granero, el Horreum, rodeado de ánforas, vasijas, columnas, fuentes. Sin embargo, no está solo.

Otro individuo está sentado sobre un pedestal: parece implorar, sentado con las rodillas encogidas, como formando un escudo, sus manos juntas en actitud de rezo, de recogimiento, de súplica tal vez. Me inspira terror porque desprende un pánico horroroso, lo intuyo desesperado. Hay otra urna más. La más terrible. Porque su inquilino es un niño y no duerme apacible ni suplica aterrorizado: se ha rendido, está indefenso, esperando una muerte eterna que se le ha quedado impresa en cada pliegue de su piel de piedra. Es un niño estatua. Pero lo que más me impresiona es su ubicación: arrumbado también, como sus compañeros, en un almacén separado del público tan sólo por un enrejado. Tal vez fuera un niño rico cuando su piel era de carne y llamaba a su madre. O puede que no y fuera entonces un niño pobre cuya piel era de carne y llamaba a su madre.

Cerca hay un perro en una posición imposible: su cabeza está en el suelo, sus patas son un amasijo de patas que señalan a todas las direcciones posibles, dobladas, retorcidas, se siente el poder de una fuerza enorme que lo ha fulminado a pesar de sus ladridos. El perro de piedra conserva un diente, también de piedra, y hasta un collar, cómo no: de piedra, y yo diría que incluso su expresión es dura como una piedra. Para no desmerecer del durmiente y del niño, el perro de piedra duerme su sueño eterno, su sueño convulso, en una urna desigual, antigua, desfasada, el cristal con manchas, sus goznes holgados.

¿Qué pensaría su padre, pienso yo entonces, si lo viera ahí, arrinconado en un almacén con un montón de trastos viejos? ¿Qué pensaría cualquier padre si viera el cadáver de su hijo arrumbado en un almacén? Claro que tampoco es evidente que eso sea un cadáver. Puede que un molde de un cadáver, un recuerdo de un cadáver, la envoltura pétrea de un cadáver. Pero no un cadáver en sí. Además, no tiene rostro, nadie puede identificarlo porque no tiene rasgos, nadie puede decir ese es mi hijo. Es más: el padre puede ser el individuo que duerme apacible en otra urna o el señor que se defiende con las rodillas de una fuerza devastadora. O ninguno de ellos.

No son muertos. Sólo es escayola inyectada en los huecos de ceniza solidificada que una vez contuvieron un muerto. Así que son moldes. La idea se le ocurrió al arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli en 1863 y el resultado fue tan espectacular que incluso los rasgos físicos de cuerpos que se descompusieron siglos atrás volvían a la vida. No eran ya simples posturas y formas humanas: en algunos de ellos se podían adivinar sus gestos, sus facciones. Luego sí son muertos. Pero sin serlos. Son piedras que reflejan la muerte de Pompeya. El horror.

Los muertos de Pompeya están por doquier. Entro en una suntuosa villa y tras una vitrina me encuentro que hay tres muertos. Los curiosos nos acercamos y observamos fascinados esos cadáveres de piedra, mutilados y convulsos, vidas que una vez fueron y ahora no son más que moles de piedra sin formas definidas, allá se adivina una pierna, eso de ahí debe de ser la cabeza, qué habrá pasado con el tórax. Impresionan más los que aún conservan su humanidad, así sean de piedra, porque es más fácil empatizar con ellos: imaginarlos con vida, presas del pánico, impotentes ante la destrucción, muertos finalmente. Con un trozo amorfo de piedra resulta más difícil ponerse en su lugar.

Todos ellos, y muchos más, murieron abrasados, achicharrados. Quemados. Lo dice Giuseppe Mastrolorenzo, vulcanólogo del Observatorio de Nápoles. El científico asegura que los muertos de piedra sufrieron temperaturas que oscilan entre los 120 y los 300 grados centígrados, aunque hay quien cree que pudieron llegar hasta los 600 grados en Herculano. Mastrolorenzo se atreve así a llevar la contraria nada menos que a Plinio el Joven, el más refutado testigo directo de la tragedia. Plinio dejó constancia en una carta a Tácito de lo que ocurrió en Pompeya el 29 de agosto del 79 D.C., aunque lo hizo veinticinco años después. Tan traumatizado estaba. Este arqueólogo italiano, no obstante, cree que la erupción fue otro día: el 24 de octubre, porque los muertos visten tejido tupido, la vendimia ya había acabado y en las cestas se ha encontrado nueces y racimos de uvas. Así que el testimonio directo de Plinio cojea por varias partes.

La explosión equivalió a 100.000 bombas atómicas como la de Hiroshima, que parece la medida de todas las cosas fúnebres del mundo. Tras unos días de temblores, en los que incluso el agua dejó de fluir del acueducto, una explosión al mediodía del día de autos lanzó a veinte kilómetros de altura una columna de ceniza, roca y piedra pómez que comenzó a caer sobre los alrededores una hora después. A las seis de la tarde los tejados se desplomaron por los residuos acumulados, la nube convirtió el día en noche, los vecinos de Pompeya huían de la ciudad entre tinieblas. La gente moría atrapada entre derrumbamientos, asfixiados por la nube tóxica, aplastados por piedras voladoras y, según Mastrolorenzo, abrasados por las altas temperaturas de la nube. Los muertos aparecen por todas partes: atrapados en el interior de casas, corriendo por las calles y jardines, escondidos suplicantes, entregados ya sin ánimo. La gran nube ardiente penetró a 300 kilómetros por hora y sepultó la ciudad por completo.

En las termas hay otro personaje. También duerme, este bocabajo, usa sus dos manos para acomodar la cabeza. Pareciera saber que estará ahí para siempre y trata de colocarse lo mejor posible. ¿Será hombre o mujer? Me recuerda a Tintín, con un flequillo de piedra que tal vez no sea flequillo y sí simplemente un trozo de piedra adherido. O algo peor. Quién sabe si no sea el cerebro que se le salió por el cráneo roto y ahora luzca petrificado a modo de flequillo frondoso.

Plinio decía que una enorme nube se dibujó en el horizonte ‘…extendiéndose de abajo arriba en forma de tronco, por decirlo así, de forma muy alargada, se dispersaba en algunas ramas porque reavivada por un soplo reciente, al disminuir este luego, se disipaba a todo lo ancho, abandonada o más bien vencida por su peso; unas veces tenía un color blanco brillante, otras sucio y con manchas, como si se hubiera llevado hasta el cielo tierra o ceniza’. Plinio encuentra a su tío, Plinio también pero el Viejo, prolífico escritor pero al tiempo comandante de la flota de Miseno, preparándose porque quería ver ese fenómeno de cerca pero Plinio, que era el Joven porque tenía 17 años, prefirió quedarse en la casa estudiando. Una escena de lo más actual. Pero la cosa se complica y la gente comienza a asustarse: no hay más salida que el mar.

Pompeya parece viva y completa así que no es de extrañar que siga ofreciéndonos sorpresas

Comienza a caer ceniza, llueve piedra pómez y rocas negras. En el horizonte se desploman laderas completas de montes cercanos. Su tío navega hacia el centro de la bahía y desde ahí contempla que el Vesubio resplandece ‘de llamaradas anchísimas y elevadas deflagraciones, cuyo resplandor y luminosidad se acentuaba por las tinieblas de la noche’. Por fin deciden salir del barco con almohadas atadas a la espalda para protegerse de la caída de piedras. Plinio el Viejo llega a casa de un amigo, el senador Pomponiano, aunque el patio desde el que se accede a la estancia, ‘colmado ya de una mezcla de ceniza y piedra pómez, se había elevado de tal modo que, si se permanecía más tiempo en la habitación, se impediría la salida’.

Al tiempo las casas se agitaban movidas por temblores que las elevaban de sus cimientos. Su tío, el mítico historiador y militar, muere a pie de playa, la tribuna que escogió para contemplar el gran espectáculo, y Plinio, el Joven, cree que la densidad del humo le cerró el esófago provocándole la muerte. Tres días después de la erupción, ‘cuando volvió la luz’, encontraron a su tío en el camino, intacto y sin heridas, con un aspecto ‘más parecido a una persona dormida que a un cadáver’.

Los inquilinos de la Villa del Misterio

La villa del Misterio tiene dos inquilinos. No menos misteriosos. Tal vez fueran sacerdotes encargados de ritos de religiones extrañas traídas de algún rincón remoto del imperio, o especialistas en oraciones al dios Baco. Si así fue, duermen rodeados de sus misterios. De sus espíritus, de sus parafernalias, de sus mentiras, de sus artimañas. También duermen tumbados en el interior de urnas, como los del almacén, la piedra correosa formando afiladas estrías, parecieran entrañas abiertas, costillas reventadas desde dentro.

El relato de Plinio el Joven en primera persona ha convencido a historiadores y arqueólogos de todas las épocas de que la masacre se produjo por ahogamiento generalizado de la población. El equipo de Mastrolorenzo habla en cambio de una nube piroclástica, un fenómeno volcánico que sucede a gran velocidad y a una temperatura letal.

Pero el que los cadáveres se hayan quedado congelados en el tiempo, algunos en posición de correr, de esconderse, de evitar algo, coincide, según Mastrolorenzo, con las muertes de explosiones nucleares y erupciones volcánicas. Se llama espasmo cadavérico. Y recuerdo entonces a aquel señor sentado, protegido por sus rodillas, su gesto como de querer pasar inadvertido. De ser cierto, la nube piroclástica puede llegar más lejos que las nubes de gases tóxicos: hasta veinte kilómetros. Protección civil de Italia sólo tiene sistemas de emergencia para evacuar urgentemente a los vecinos del Vesubio que se encuentren hasta a ocho kilómetros del volcán. Nápoles está a diez…

En un almacén donde se acumulaban granadas se escondieron cincuenta personas huyendo de la muerte. Y ahí estuvieron hasta 1980. Los muertos están por todas partes. Incluso en las que aún no han visto la luz. Porque las excavaciones siguen y seguirán por los siglos de los siglos. Los muertos de Pompeya arrastran una terrible condena: enterrados en piedras por toda una eternidad. Los que aún no han sido hallados porque así los encontró la muerte. Los que un arqueólogo desenterró porque sólo así han podido volver a la forma humana. Así sea de piedra.