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El cementerio de la Fontenella alberga los huesos de muertos sin sepultura, muertos sin descanso, occisos de guerras lejanas, de enfermedades contagiosas, muertos nuevos y muertos viejos, almas atormentadas que vagan erráticas porque sus espíritus se sentían ultrajados por esta falta de atención. Ánimas que, no obstante, encontraron consuelo en el buen corazón del napolitano medio, el vecino de cualquier casa, el feligrés de alguna de las quinientas iglesias de la ciudad, el camorrista que extorsiona a su panadero, el marinero a sueldo, el que cocina pizzas.

Por eso descansan aquí, mimados y ordenados, algunos con monedas sobre el cráneo, otros con caramelos, con peluches, con estampitas de las vírgenes o de los santos o del mismísimo Jesucristo. Dice un cartel a la entrada que los napolitanos han intentado al menos darle alivio a estas almas abandonadas con pequeños gestos amables. Por eso hay napolitanos que han adoptado una de estas calaveras, uno de estos húmeros, tibias, de esos omoplatos, como miembros de su familia.

Y les traen caprichitos, bien un caramelito, bien un rosario, ora una estampita, ora un relicario. Los muertos, que están muertos pero no han dejado de ser sensiblones, pueden devolver los favores y hacen pequeños milagritos y ayuditas del día a día: por eso algunos cráneos están en urnas de cristal, por eso alguno tiene pintarrajeado un Jesús te ama, por eso les llevan dinero, alhajas, tienen deferencias personales. Dicen las crónicas que se trataba sobre todo de ancianas solitarias que desarrollaban una extraña relación con los muertos: venían a limpiarlos, colocarles flores, les daban charla y les atribuían poderes mágicos. Busco una calavera que dicen que brilla por la cantidad de manos femeninas que han buscado potenciar su maternidad con el roce pero no la encuentro. Per grazie recevuta, les ponen a los que han respondido al favorcito y esos entonces reposan aparte, enclaustrados, colocados con mimo, son la elite del camposanto.

En algunas urnas el cráneo reposa sobre una almohada bordada: ese concedió un favor. La insana relación con la muerte me recuerda a los mexicanos o a este otro pueblo amante de sus muertos, los toraja de Indonesia. Los viernes incluso se llenaba de público en general que pretendía un favorcito divino para el sorteo de la lotería, que se celebraba en viernes. El napolitano se encariñó tanto de estos restos que un arzobispo vio claramente que la cosa se le iba de las manos y que la necrofilia rayaba ya el paganismo así que en 1969 cerró el cementerio. Basta ya de pamplinas, debió de pensar, el muerto al hoyo.

Tampoco sé realmente si esto es un cementerio o una mina alacena donde dejar ordenaditos todos estos huesos. Porque esto es la cueva de Capodimonte, en la colina de Materdei, de donde se sacaba material de obra para construir la ciudad de ahí abajo, Nápoles. Una cueva de techos muy altos compuesta por el material volcánico fácil de manejar con el que han construido tantos edificios napolitanos, una cueva de 30.000 metros cuadrados que comenzaron a excavar los griegos, que siguieron los romanos y que los españoles, en los tiempos que dominaron la ciudad, usaron también como almacén de descarga. Y no de cualquier descarga.

El siglo XVII fue especialmente duro en Nápoles, dicen las crónicas: tres terremotos, cinco erupciones del Vesubio, tres epidemias (una se llevó por delante a la mitad de la población), tres grandes hambrunas y otros tres levantamientos civiles (tal vez como protesta por todo lo anterior). En un siglo tan ajetreado y con tanto resultado mortal es lógico que los cementerios rebosaran cuerpos y que no hubiera dónde meter esos molestos cadáveres que aparecían en cualquier parte. Así que no había duda. Los muertos sobrantes, a cualquier cueva.

A los muertos anónimos se les unieron otros más anónimos aún: los mendigos, que eran legión y terminaron encontrando acomodo en esta cantera osario. El caso es que los cementerios, las canteras, las cuevas o como quieran ustedes llamarlos, albergaron, o eso dicen, cientos de miles de cuerpos, entre doscientos cincuenta mil y cuatrocientos mil. La cosa se iba de madre claramente y alguna autoridad resolvió: todos a la Fontanella, que allí hay sitio y se está fresco.

Pero llegó la última gran epidemia: la de cólera de 1836, en la que las autoridades no daban abasto: a la Fontanella también. La cueva cantera se llenó tanto que los muertos se amontonaban y debido a la riqueza hídrica de la zona, recordemos: La Fontanella, porque había manantiales y era rica en agua, se inundaba de cuando en cuando y los muertos volvían a la ciudad pero navegando en tétricas riadas que moteaban el casco histórico de muertos insepultos. Los mineros tenían entonces que cambiar su habitual excavación por una suerte de recolección de cadáveres huidos de sus tumbas.

En 1934 los operarios que trabajaban en la gran obra de la Vía Ammiraglio Ferdinando Acton encontraban cuerpos enterrados a lo largo de las excavaciones: a la Fontanella también. Los muertos no se acaban en los huesos tan bien dispuestos que veo en hileras y en túmulos. Dicen que bajo tierra, hasta los cuatro metros, descansan muchos miles más. Como resultado, nadie sabe cuántos muertos hay.

Tampoco sabemos si le importa a alguien. La ficha oficial asegura que ronda los cuarenta mil pero unos estudiantes al mando del Padre Gaetano Barbati a finales del siglo XIX se entretuvieron, bendita paciencia, en contar los huesos y terminaron en los ocho millones: para ello desenterraron los restos, los catalogaron y embalaron en cajas. Tal vez por eso se le quedó cara de asombro mudo a la actriz Ingrid Bergman en la película de Rossellini ‘Te querré siempre‘, cuando su marido napolitano se empeña en presentarle las atracciones de su ciudad…

Sean los que sea, la Fontanella es una mansión de los horrores: los cráneos no tienen ya más capacidad de susto del que uno mismo guarde en su interior pero para los neófitos e impresionables la macabra colección de calaveras puede suponer una visión poco edificante. A finales del siglo XX alguien cayó en la cuenta de que esos miles, decenas de miles, o cientos de miles (lo que sea) también tuvieron su corazoncito y deberían ser dignos al menos de cierto orden.

Así que en 2002 se acabaron las obras de rehabilitación de una cantera que estaba manga por hombro y ahora el aficionado al otro mundo, o los napolitanos que sueñan con adoptar difuntos, tienen el campo abierto. En 2006, después de las obras, el cementerio volvió a abrirse por unos días para que los napolitanos recordaran un lugar con tanto de tétrico como de fascinante y los vecinos dijeron que muy bien pero que ya no se cerraba más. Desde entonces la parroquia del Carmen, colorida y alegre pero con tonos chillones que desentonan en el barrio y en el osario-cantera-cementerio… Los muertos sin enterrar de Nápoles han vuelto para reclamar lo suyo: atención, mimos. Calor humano.