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Los nichos de la sección occidental del cementerio central de Bogotá guardan miles de cadáveres ausentes. Beatriz González los ha dibujado para que tengan presencia, secuenciados en cuatro sencillos dibujos serigrafiados. Por eso no tienen cara. Tampoco tienen cuerpos, ni nombres, ni apellidos.

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Se les reconoce como NN, la expresión latina Nomen Nescio, que significa ‘desconozco su nombre’. Sí tienen una presencia más corpórea los que aquí denominan ‘cargueros’. O porteadores. Soldados del ejército que los llevan atados como chorizos a unos palos con los que recorren kilómetros y kilómetros. O campesinos que han encontrado a compañeros asesinados por la guerrilla. O los guerrilleros mismos que transportan a camaradas muertos. O incluso soldados desplazando soldados, o civiles, o falsos positivos. Muertos, en todo caso.

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Las lápidas están vacías porque vacía estaba el ala del cementerio que no tenía más fin que la ruina. Pero ahora están llenas. Llenas de recuerdos y de cuerpos ausentes. Y no son pocos: son nueve mil. Es una obra monumental que tiene un título: Auras Anónimas. Beatriz González, la autora de los dibujos, y Doris Salcedo, autora de la idea, tal vez las dos artistas colombianas más internacionales, se empeñaron en evitar que esta parte del cementerio desapareciera tragada por la desidia. La construcción del Centro de Memoria Histórica a unos metros debía de afianzar el proyecto.

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Los muertos que no están complementan ahora un centro de memoria de un país que ha vivido en un estado de amnesia colectiva durante décadas. No hay colombiano que no evoque la guerra al mirar esas sombras negras. La performance quedó grabada en este documental, ¿Por qué llora si ya reí? pero su obra permanece más allá de la película. Pretendía que fuera algo tan efímero como para que durara dos, tres años a lo sumo. Pero ahí siguen. Porque las almas de los muertos anónimos, los N.N., por fin han hallado un lugar donde posarse. Y no se van a ir tan fácilmente.

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Colombia no quiere que los crímenes que la han desangrado durante seis décadas (y yo diría que hasta más) se los lleve el viento. El viento del olvido, de la desmemoria, del vacío. Por eso el país está surcado por centros dedicados a recordar. En algunas ciudades se llaman Casa de la Memoria, como este de Tumaco, y en otras Centro de Memoria Histórica, como este de Bogotá donde me encuentro. Todos forman parte de una llamada Red de Memoria.

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Mientras que en España la sola mención del tema provoca enfarragosas discusiones sobre las cicatrices, en Colombia siembran jardines con arbolitos dedicados a las víctimas. Ahí veo que la flor azul del chiripique honra a mis colegas periodistas asesinados durante el conflicto, que la conocida como Rama Negra dedica un suspiro a las víctimas de la violencia del estado mientras que la violeta flor del Sietecueros recuerda a los líderes sociales desaparecidos en estos años. Estos centros se consideran necesarios para construir un futuro sin violencia, centros donde se reúne material documental, testimonios orales y cualquier medio por el que pueda comprenderse qué ocurrió. Y ahí ya cada uno tendrá una opinión.

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Por eso veo entrar a un grupo de colegialas con sus profesoras, monjas ellas, y deambular por las salas donde se acumula información, escribir en las paredes, mirar las fotos, dejar constancia de su sentir en libros abiertos. Paz, escribe una muchacha en una página en blanco. Paz, leo pintado a tiza en la pared verde. Paz, suena la palabra en un audiovisual que rellena en el ambiente. En este centro de Bogotá, y en todos los que están repartidos por Colombia, se prima la reconciliación a través de la verdad, no del olvido (como en España).

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Y no sólo la reconciliación: también la reparación en la medida de lo posible a las víctimas. Y no sólo la conciliación y la reparación: también el esclarecimiento y la garantía, en la medida de lo posible, de que a través de la educación no se vuelvan a repetir aquellos hechos. Y por eso se repite esa palabra: paz, en el aire, en las paredes, en los libros. Porque subliman el mensaje como objetivo final. Y entonces me pregunto cuántas de estas niñas tendrán un pariente involucrado, un abuelo campesino, un tío militar, un hermano guerrillero, una prima activista. Un familiar vivo, un familiar muerto. Un pariente transportado como si fuera un chorizo. Un pariente trasladando un cuerpo como si transportara un chorizo…

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Los guerrilleros iban contra el estado, dicen sus detractores, el estado se comportó como un truhán con su gente, dicen los opositores, los paramilitares vivían de masacrar al pueblo, cuentan en cualquier esquina, los militares mataban jóvenes para ganar dinero, dicen las madres de Soacha, todos usaron la cocaína para financiar sus luchas y también sus vicios, dicen todos. Y todos tienen razón. Su razón al menos. Nos levantamos porque el pueblo estaba oprimido y nos mataban si protestábamos, nos organizamos porque los subversivos se extralimitaron y aterrorizaban a los vecinos, lo arrasamos todo porque esos hijueputas se nos escurrían de las manos. Todos, como decían, tienen sus motivos, tuvieron sus razones. Lo importante de estos centros es que sepamos qué hicieron y por qué. Y que forma parte del pasado. O debe formar parte del pasado. Porque con el pasado oculto y las heridas abiertas no hay plaqueta que cicatrice.

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