Mahmoud me enseña las fotos de su hijo cuando era un niño

Mahmoud Zakariya llega cada tarde a la plaza de los Mártires de Beirut y enciende una vela. Mira el retrato de su hijo, Omar, se arrodilla y reza, da vueltas hablando con los que muestran interés en el forzudo muchacho rodeado de velas. ‘Mire’, me enseña unas fotos en su móvil, ‘aquí está cuando era un niño’, me cuenta pasando el dedo por la pantalla, ‘y aquí es ya todo un hombre’. Mahmoud mira cómo crece el número de velas ante el retrato de un joven de recios brazos tatuados y que posa orgulloso de su cuerpo, trabajado, como les gusta a los libaneses. Pero Omar ya no lucirá más palmito porque está muerto. Sin embargo, hay quien no lo considera parte del martirologio de la Zaura, la revolución libanesa que tiene revueltas las calles de todo el país. Porque Omar no murió de modo heroico, como Alaa, que cayó bajo las balas de un soldado, o Hussein Al-Attar, que murió apuñalado el quinto día de las protestas mientras bloqueaba una carretera por un taxista informal del aeropuerto. Omar caminaba en una manifestación cuando sintió ganas de orinar y se metió en uno de esos edificios abandonados que las sucesivas guerras han regalado a Beirut. Uno de esos edificios llenos de agujeros de proyectiles, de balas de grueso calibre, de desplomes, de colapsos. Omar cayó por un agujero y murió. No parece la más digna muerte para un mártir, me comenta Bruna, una muchacha que observa la escena con cara de póker.

Omar, arriba, y abajo Alaa de chaqueta, frente a su otro yo, el forzudo juvenil
Abajo el tercer mártir, Hussein, muerto por un taxista enfadado

Al otro lado del póster de Omar unos chicos ponen velas al retrato del otro mártir, del primero. De Hussein. Al fondo de la plaza asoma rostro en una enorme foto Alaa, el mártir más oficial porque murió a manos del régimen. La familia de Omar se apresuró a que todos estuvieran juntos, ‘mi hijo también ha muerto por la revolución’, dice Mahmoud mientras pasa fotografías de papel escaneadas con demasiado brillo. Cierto, asiento, quién discrimina una muerte de otra, quién antepone una muerte a otra, si todos han entregado sus vidas, pienso entonces. Pero Alaa abre informativos, primeras planas, el asesino fue un soldado, sus fotografías se han ampliado hasta el delirio, activistas de todo el país cortaron carreteras nacionales el día después de su muerte para protestar por una muerte innecesaria. Incluso en Baalbek, uno de de los feudos de Hezbollah, la organización chiíta que se ha mostrado en contra de esta revolución, los vecinos pasearon su retrato por media ciudad sin importarles el qué dirán de los más cercanos a Nasrallah y compañía. Hussein va detrás, asesinado por un simple taxista. Omar, fallecido por la fatalidad, pareciera un mártir menor. Pero no es así para los suyos.

Precisamente Alaa murió en un corte de carreteras, negándose a abandonar la vía ante los requerimientos de un vehículo militar que pretendía romper el piquete. Cortes de carretera que hasta entonces se habían evitado para no perjudicar al libanés medio más allá de su padecimiento diario: continuos cortes de electricidad, desempleo rampante, eternas disputas religiosas, políticas, corrupción descarada e incrustada hasta la médula entre los dirigentes. Por eso pedían un cambio de todo, que había tenido incluso su efecto al renunciar el primer ministro, Rafik Al Hariri, pero un cambio de verdad, en el que los dirigentes habituales se largaran con viento fresco a sus casas.

Hariri abandonó, como decía, pero el presidente del país, Michel Aoun, harto ya del desafío constante de esas calles llenas de pancartas, de gente bailonga, de sus plazas en una eterna revolución sonriente, dijo que ni hablar de un gobierno de tecnócratas, que sin políticos no hay nada que hacer, que los manifestantes abandonaran ya las calles si no querían que esto acabara en catástrofe y que al que no le gustara el país emigrara. ¡Les dice a sus ciudadanos que se vayan cuando ya ha emigrado medio país! Si el señor Aoun quería solucionar el problema no lo consiguió, ni en sueños, sino que los manifestantes se multiplicaron y salieron con más ahínco. Incluso a cortar carreteras, se dijeron, y dicho y hecho, las carreteras se cortaron, un militar calibró mal su enfado y el primer mártir asesinado por balas militares, Alaa, cayó malherido al suelo y muerto poco después en un hospital. Los propios compañeros del soldado lo detuvieron, indignados con el exabrupto criminal.

 Su féretro se paseó por un mar de brazos y una multitud al borde de la rabia incontenible rugió como rugen las masas enfervorecidas. Pero el león no saltó buscando presas: prefirió seguir con el sueño de una revolución musical, amable, que llena las calles de canciones, de charlas, de teatrillos, de gente que ondea banderas y canta el bella ciao. 

Y en eso aparecen los amigos de Hussein, el primer mártir oficial, el protomártir. Sus amigos caminan muy rápido por la calle El Amir Bachir, van de dos en dos, subidos unos a hombros de otros, llevan retratos grandes de su amigo muerto, estiloso en unos, interesante en otros, con aires guevarianos en alguno, hay una gran foto en la que me recuerda a Neymar. ‘Le gustaba mucho el fútbol’, me dice uno de sus colegas, ‘era muy fan del Nejmeh Sporting Club’, y puedo imaginarlo entonces encendiendo en las gradas las mismas bengalas que ahora encienden sus amigotes. Un joven en busca de trabajo y con la ilusión de no tener que abandonar el país, como ya han hecho tantos libaneses y como parece convenir al presidente nacional. La comitiva ha llegado a toda velocidad a la plaza de otro mártir, de Riad Solh, primer ministro asesinado en su momento también a balazos, una plaza convertida en uno de los centros de esta revolución musical y saltarina que es la libanesa. La plaza de los malotes, por decirlo de algún modo, la plaza por la que saltan muchachos sin camiseta, con los cristales de los comercios machacados, la plaza donde cada noche resuena con fuerza la rabia de los beirutíes en forma de patadas, puñetazos y pedradas contra placas de metal que protegen las paredes de verdad.

Los amigos de Hussein lloran a moco tendido, cantan sus canciones, encienden velas en el suelo, se abrazan, estiran el brazo muy serios mientras cantan el himno nacional. Una chica agita la llamita de su vela con cada sollozo y no puedo captar la imagen porque siento un nudo en la garganta. El último muerto, Alaa, pertenecía también al Partido Socialista Progresivo (PSP) en Choueifat, y su muerte adopta entonces un matiz político que nadie parece dispuesto a forzar. ‘Mala suerte, pudo ser cualquiera’, me comenta otro muchacho que lleva una gran kufiyya, el pañuelo que identificamos siempre con Palestina. Alaa discutía con los soldados cuando uno disparó a la multitud para dispersarla y acabó con su vida. Mala suerte, pudo ser cualquiera. Y así lo hizo saber el líder del partido, Walid Jumblatt, ‘si perdemos la fe en el estado entraremos en el caos’. Contención pues y lágrimas en lugar de balas. El silencio de las velas debe sustituir al ruido de las balas, al menos mientras a nadie se le vaya la olla en un país acostumbrado a las idas de olla. Los amigos de Hussein mantienen también la compostura, se golpean las cabezas, se abrazan en un baile emotivo, trasladan su homenaje móvil a la plaza de los Mártires cuando se cansan de la plaza Al Solh. 

La familia de Mahmoud se une al recuerdo

Allí permanece sentado Mahmoud Zakariya. Ya no está solo en su recuerdo de Omar. Se le ha unido su mujer, sus familiares, más amigos. Sentados frente a las velas observan en silencio el retrato del primer mártir de la Thawra libanesa. Porque los mártires mueren como quieren y no hay muertes ridículas si el objetivo es digno. Omar, en su ya sempiterna imagen de apuesto forzudo, centellea en la noche beirutí. Tal vez salude el paso de su compañero de martirio porque el retrato de Hussein cruza en volandas de sus amigos camino del lado opuesto de la plaza observado fijamente por el tercero en discordia, Alaa, que enseñorea el recinto. En la plaza un muchacho me insiste en una cosa: no son tres sino cinco y añade dos nombres más de los que no he oído nada: dos tipos llamados igual, Ibrahim.

Los caídos por la revolución libanesa, la Zaura, se reparten su plaza, la de los Mártires. Suena música, hay gente bailando: nadie pretende forzar otro mártir, ya hay suficientes en la Zaura de los bailes y las sonrisas.

Pero quién sabe.