En la habitación hace frío y no me fío de una estufa que pierde su tubo por las alturas. La cisterna del inodoro hace ruido y la puerta del baño no cierra del todo. Miro la cama con aprensión pero no hay nada que temer: es muy cómoda aunque a cada movimiento cruje y gime como si celebrara una orgía multitudinaria: duermo hecho una momia, sin moverme, pero al menos es calentita y mullida. Pienso entonces en quién habrá dormido aquí antes que yo: ¿el emperador de Etiopía, Hailé Selassié? ¿El Sha de Persia? ¿Tal vez Nina Simone, la cantante de jazz? ¿O su colega Ella Fitzgerald? ¿Masculló alguna novela aquí Agatha Christie? ¿Vio agujeros negros Albert Einstein, el futuro del imperio otomano Ataturk, terminó algún discurso Charles de Gaulle? Porque todos han pasado por este hotel, que lleva sin cerrar desde su inauguración en 1874: quién sabe cuánta historia tiene la cama que gime ante cualquier picor. El edificio es una representación viva y palpable de una palabra: decadente. Los muebles también crujen y las cortinas esconden desconchones en la pared. Pero son sus sombras las que interesan, esquivas y huidizas, corriendo escaleras abajo, incluso crees ver la silueta de algún personaje histórico escabulléndose por la recepción. El libro de oro del hotel es otra pieza de arqueología

Porque todo el edificio parece un yacimiento arqueológico. Vivo y renqueante pero arqueológico. En la esquina del inmueble un tanque no menos digno de un yacimiento vigila con su torreta artillada el tráfico de la zona y un grupo de soldados pasea sus metralletas vestidos de camuflaje. La entrada a la finca se hace a través de dos columnas de piedra antigua, no quiero pensar extraída de dónde, y el patio, frondoso de jazmines y salpicado de columnas y ánforas, invita a bailar un minué con fondo musical de ballet rockero.

A la entrada del hall el káiser Guillermo II me da la bienvenida desde el otro lado de un cartel donde posa uniformado y serio, añorando tal vez los meses de 1898 que pasó entre estos muros para apadrinar la restauración de las fabulosas ruinas de justo enfrente. Lo flanquean fotos de Jean Cocteau, el pintor francés que también ha dejado cuadros en la exposición eterna de una pared que desde entonces ni se ha pintado y hasta alguna pintura directamente en la pared de una habitación. Una señora hace pan en un horno de barro transportable que alguien ha llevado hasta un rincón del comedor: la señora está vestida con un traje típico, sentada en el suelo, moldeando esas grandes sábanas de pan ácimo tan típicas por aquí.

Nada parece haber cambiado desde que un hombre de negocios turco de origen griego viera negocio en abrir un hotel frente a unas magníficas ruinas prácticamente abandonadas a su suerte y cada vez más frecuentadas por arqueólogos europeos. Era una época de fiebre arqueológica, de grandes arrebatos en los que se desplumaron imperios extintos siguiendo los ejemplos de Thomas Bruce, duque de Elgin y expoliador de nada menos que del Partenón de Atenas: en el desierto de Taklamakan franceses, británicos y rusos se afanaban en desenterrar y desmontar ciudades enteras bajo las arenas del desierto que sirve de prólogo al célebre Gobi. Alemania no podía quedarse detrás de esta moda de llenar los museos occidentales (y el de San Petersburgo, sea occidental u oriental) de historia arrebatada. Las estepas centroasiáticas eran una prueba de fe y Peter Hopkirk desvela el ansia expoliadora de Albert Von Le Coq y los suyos pero Baalbek tenía unas ruinas mucho más hermosas y cercanas y además era la primera parada de la diligencia que unía Damasco con Beirut. El Kaiser me saluda con su mostacho salvaje pero mira más lejos: quién sabe si a Siria, quién sabe si a Rusia, quién sabe si a la primera guerra mundial que terminó provocando.

No erró el dueño del hotel en las posibilidades, vista la interminable lista de viajeros ilustres que ha pasado por aquí. Y sobre todo: visto que no ha cerrado ni un día desde que abrió sus puertas en 1874. El hotel Palmyra se ha convertido en un símbolo de la hostelería libanesa, en un símbolo del devenir de los tiempos y en una suerte de reliquia arquehotelera porque incluso la señal del wifi parece haberse quedado congelada en el siglo XIX. No es lugar para ello, claro está, para el wifi me refiero, ni para quejarse del goteo de la cisterna ni del gran charco que una gotera ha formado en el pasillo que da a mi habitación: aquí se viene a respirar historia, la de puertas adentro y la de puertas afuera. Porque desde la terracita de la primera planta uno puede tomarse un vermuth contemplando cómo el sol amarillea las enormes columnas del templo de Baco o cómo los locales protestan por la precaria situación del país: y en eso, se va la luz. Dicen que es el hotel más antiguo de todo el país, del Líbano, y que forma parte de una cadena de hoteles míticos repartidos por las antiguas colonias francobritánicas, desde el hotel Zenobia de Palmyra al Barón de Alepo pasando por el Heliopolis Palace del Cairo o el Orient Palace de Damasco. Hoteles en los que se han derribado monarquías, enamorado príncipes y desaparecido espías.

Un capitel jónico en el jardín… y una estatua romana en el estanque

Ahí abajo, en algún rincón del salón, arrastró su leyenda Lawrence de Arabia y si te esfuerzas un poco todavía puedes oler el sudor acumulado en sus andanzas mientras masticas arena saudí. Y su no menos famosa confidente, la célebre Gertrude Bell, que aunó arqueología, geoestrategia, espionaje y orientalismo en sus tratados sobre Oriente Medio, unos tratados tan acertados que nadie les hizo caso (y así le va a la región…).

Porque parece que en este siglo que ha pasado desde entonces nadie le haya dado una manita de pintura al local: los sillones guardan pedos famosos de décadas atrás, la decadente salita del bar emite jingles navideños pero con corneta y voz de los años treinta, en cada esquina y en cada rincón un objeto milenario que sería la pieza estrella de cualquier museo del mundo. No me extraña, supongo yo, teniendo una guerra cercana, la de Siria (a 20 kilómetros), y un conflicto interno, este es el hogar de Hezbollah, habiendo sufrido una invasión reciente, la de Israel, y una guerra civil, de quince años nada menos, que a los dueños no les dé por reformarlo: la guerra y las ruinas son sus estados habituales, para qué invertir si cualquier día a algún combatiente le da por reventarnos a morterazos. Durante la primera guerra mundial el caserón que también es hotel fue cuartel general de los alemanes y durante la segunda guerra mundial lo fue de los ingleses. Franklin Delano Roosevelt durmió en alguna de esas camas chirriantes y se permitió incluso comparar las columnas de Baalbek con las de Karnak, según su hermana, y el célebre Winston Churchill no superó la tentación de acercarse a ver esas hermosas ruinas cuando pululaba por Palestina.

En la recepción tienen una maqueta de las fantásticas ruinas del otro lado de la calle con agujeros de un tiroteo de 1969 que tuvo lugar precisamente en el recinto arqueológico pero que se colaron hasta aquí…

No sabría decir si coincidieron en este vetusto hotel pero parece que sí lo hicieron en el no menos mítico hotel Zenobia de Palmyra, la ciudad, en la actual Siria, nada menos que Agatha Christie y Alfonso XIII de España, pero sí que pasaron por aquí ambos dos. Y ambos dos quedaron prendados de las ruinas y Agatha, la escritora, también del remilgado monarca español. Eso dijo ella misma. El rey de España tuvo tiempo también para intentar salvar a algunos armenios del genocidio otomano, dicen los propios armenios, aunque parece que con poco éxito: Porque podríamos rellenar otro post nombrando solo reyes y emperadores: desde el mencionado Haile Selassie al rey Abdullah de Jordania sin olvidar a Faisal I de Irak o el sha de Persia.

El templo de Baco como escenario de una representación teatral justo frente al hotel Palmyra

El festival de Baalbek también atrae y atrajo a numerosos personajes mundialmente conocidos: el violoncelista Rostropovich, Rudolph Nureyev, Von Karajan, Ella Fitzgerald, Jean Michel Jarre. ¡La gente baila entre las impresionantes columnas del templo de Baco! ¡Incluso ha dado un concierto Deep Purple, Massive Attack o Plácido Domingo! Una gran foto en blanco y negro muestra las ruinas vueltas a la vida en una antigua representación teatral un tanto delirante en las fabulosas ruinas que dan sentido a este hotel. Un grupo de franceses desayuna en el comedor del hotel y acaba con un brindis de arrak. Por fin tengo un hueco en una mesa llena de aceitunas, sábanas de pan y tazas de café: la abuela sigue sentada en el suelo, tejiendo más pan en el horno de barro transportable. Su cara, surcada de arrugas y con un brillo mate en los ojos, parecen mirar fantasmas que yo no veo pero que ella probablemente sí. Probablemente piense que me he sentado en el lugar favorito de Jean Coucteau o que en esa silla Lawrence de Arabia traicionó a los Hachemitas. O puede incluso que vea que a mi lado se ha sentado un ensimismado káiser Guillermo pensando en cómo llevarse esas enormes columnotas a su querido Berlín. Quién sabe.

Tal vez en alguna habitación incluso se esconda Nasrallah, protegido por los fantasmas acumulados en tres siglos de la cólera israelí. La habitación es fría y alguien le da al taladro en el piso de abajo. Doy media vuelta, agarro la almohada, me envuelvo en ella. El somier aúlla agudo, grititos ahogados que se me antojan sonrojantes. A mi lado siento una respiración interrumpida. Tal vez el fantasma de Agatha Crhistie haya acabado su última novela…

Visits: 1200
(Visited 37 times, 1 visits today)