Los cuatro de Rugby en su foto de curso

Corría el mes de febrero de 1913 cuando el Dalai Lama tuvo una visión: enviaría cuatro jóvenes al otro lado del mundo para que aprendieran los conocimientos de esos blancuchos que dominaban la India y que les habían invadido sin apenas esfuerzo. Llamó entonces a los nobles, a Lamas menores, y al común del pueblo para que presentaran solicitudes: de entre todas elegiría a los cuatro perfiles más prometedores. Los súbditos debieron de mirarse atónitos porque ninguno aceptó el envite. El Dalai Lama no cejó en su empeño y lo que había sido una sugerencia se convirtió entonces en una orden: quería cuatro jóvenes promesas que conocieran lo que había más allá del horizonte, en el suelo, ellos que vivían en el techo del mundo. Los elegidos fueron cuatro jóvenes de edades comprendidas entre los 11 y los 17 años: Wangdu Norbu Kyipup, Khyenrab Kunzang Mondo, Sonam Gonpa Gongkar y Rigzin Dorje Ringang.

Los nuevos vecinos de Rugby en su salsa

Los cuatro muchachos se miraron sin saber qué decir. Pero no era difícil porque solo había una respuesta posible: sí. Lo contrario era perder la cabeza. Literalmente. Porque el Dalai Lama les dio a elegir entre el viaje o la decapitación. Los cuatro muchachos comenzaron un camino que empezó en camello, siguió en poni, se alargó en tren y terminó en un barco. Por el camino les enseñaron los rudimentos del inglés y cómo comportarse según la etiqueta europea. Al llegar a Inglaterra desembarcaron con caras de alucinados viendo el ajetreo de los puertos de la mayor potencia del mundo: negros africanos, indios americanos, rudos estibadores británicos, animales extraños, casas que parecían mágicas. Todo era tan sumamente extraño que ellos mismos no llamaban demasiado la atención en unos puertos acostumbrados a ver gente de todo el planeta. Los cuatro muchachos fueron trasladados entonces a Farnham, donde recibieron sus primeras clases de inglés, y de ahí al Town House 2nd Fifteen del famoso y elitista Colegio de Rugby, una población al norte de Londres. El experimento de los ingleses comenzó del mismo modo que años atrás, cuando habían intentado lo mismo con indios norteamericanos, isleños del Pacífico, indígenas de la Tierra del Fuego que vivían en la edad de piedra…

Rigzin Ringan
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Somnolienta y verde, ordenada y tranquila, Rugby no atrae hordas de turistas ni ofrece una vida de aventura a sus vecinos. Pero entre sus cuidadas arboledas pasearon con caras de alucinación los primeros tibetanos que pisaron Europa. Los cuatro muchachos, acostumbrados a vivir a cinco mil metros, a las faldas del Himalaya, al principio al menos, caminaban con aprensión, asustados por los viandantes, por los perros que paseaban, por sus extraños vestidos. No entendían como podían vivir con tanto aire en los pulmones, rodeados del suave verde de la hierba, sin nieves perpetuas ni picos milenarios, que en lugar de yaks tuvieran esas extrañas vacas, que alguno cabalgara carruajes sin bueyes, que les miraran asustados como si los raros fueran ellos. 

El balón de Rugby es omnipresente en Rugby (¡que menos!)

Nada en Rugby llena más de orgullo a sus habitantes que el invento del deporte que ha llevado el nombre de la ciudad a todo el mundo. Ni siquiera el prestigioso Rugby Public School, una institución educativa fundada en 1567 (y que solo tiene de público el nombre porque es privada y elitista, como dije antes), alcanza la fama del recio deporte del balón ovalado. Y es que el deporte debe su nombre a un estudiante del colegio, William Webb Ellis, posteriormente reverendo anglicano, que en el año 1823 agarró un balón con sus manos y rompió con las reglas que hasta entonces regían el protofútbol de la época. El famoso balón ovalado es omnipresente, en parques y avenidas, como tributo a su avispado estudiante, también sacerdote y rudo deportista. Pero poco queda de los cuatro tibetanos que descubrieron que bajo su techo del mundo había un suelo por el que pululaban extraños seres con extraños inventos.

Rugby (Warwickshire) es una población tranquila que, no obstante, no solo parió el deporte con el nombre de la ciudad sino que aquí también nació el motor a reacción y la holografía….

La conquista del Tibet no había sido fácil ni limpia: los pobres tibetanos solo querían vivir al margen del mundo, inmersos en un mundo extraño y aislado, alejados del mundanal ruido de allá abajo, una sociedad compuesta por gobernantes monjes y por guerreros monjes y por religiosos monjes. Y casi que monjes monjes… Monjes con unas leyes propias, crueles y capaces de desmembrar a los que se saltaban las normas, monjes tan convencidos de la santidad de su Dalai Lama que se tragaron eso de que las balas de los blancos no podían hacerles daño y se lanzaban por miles contra las bayonetas de los alucinados soldados del imperio británico. Murieron tantos de un modo tan pueril que los ingleses terminaron apiadándose de ellos porque caían por montones.

Por estas calles pasearon los cuatro tibetanos con cara de no creer lo que veían.

Hasta entonces, y hablo de 1904, Lhasa, la capital, era una de las últimas ciudades prohibidas del mundo, con Chawen en Marruecos o Harar en Etiopía, un dulce premio para el que fuera capaz de romper la prohibición. Uno tras otro fueron cayendo aventureros, exploradores, espías y hasta alucinados religiosos que pretendían redimirlos: era prácticamente imposible romper el bloque impuesto por los Dalais, la mayoría eran puestos nuevamente en la frontera, alguno hubo que murió en el intento, como relata el apasionante libro de Peter Hopkirk Trespassers in the roof of the world. Pero, como decía, en 1904 los británicos enviaron un fuerte contingente al mando del teniente coronel Francis Younghusband para evitar que el techo del mundo cayera en manos de los rusos y se lo anexionó sin casi bajas. Younghusband merece un ramillete de posts para él solo pero lo dejaremos en que además del último gran conquistador inglés fue también presidente de la Royal Geographical Society. De su amistad con el XIII Lama, Thubteni Gyatso, un ser medieval que parecía salido de algún oscuro libro de la historia, surgió la idea de formar a algunos jóvenes en los colegios británicos.

Así que a muchos miles de kilómetros del Tíbet los cuatro muchachos tuvieron que integrarse en la sociedad británica. Y lo hicieron como se integran los jóvenes de todo el mundo: a base de putadas. Ya que estaban en Rugby sus compañeros les propusieron un partidito de ese deporte tan raro. Ringang no lo hacía del todo mal pero los demás no comprendieron nunca el espíritu del rugby: en las melés se liaban, cuando les hacían una entrada violenta se liaban a tortas y mordiscos, los compañeros les recordaban que eran budistas y que debían contener esa violencia desatada. Corrían en la dirección equivocada, deambulaban como almas en pena por el campo. Si el deporte hubiera sido crucial en el experimento que vivían habrían fracasado todos. Pero la idea era otra: la idea era que adquirieran los suficientes conocimientos para que al regresar a Lhasa participaran en la modernización del país. Wangdu Norbu Kyipup eligió estudiar telegrafía y cartografía, Khyenrab Kunzang Mondo ingeniería de minas y mineralogía, Sonam Gonpa Gongkar hizo carrera en la Academia Militar Real y Rigzin Dorje Ringang estudió electricidad. Pero los resultados no fueron precisamente alentadores. 

Kyipup y Mondo ya de vuelta al Tíbet, en 1939
Bundesarchiv, Bild 135-S-13-07-45 / Schäfer, Ernst / CC-BY-SA 3.0

Kyibu II, o Wangdu Norbu, aprendió los rudimentos de la cartografía y técnicas de irrigación, pero fue incapaz de aplicar sus conocimientos en su país a su regreso en 1917. Posteriormente estudió telegrafía y se convirtió en el responsable del telégrafo de Lhasa y posteriormente en su alcalde.  Por su parte, Khyenrab Kunzang Mondo estudió minería, y hasta regresó a Inglaterra para ampliar sus conocimientos, pero no supo aplicarlos con demasiada maestría y terminó siendo tradcutor de inglés personal del Lama y jefe de la policía de Lhasa. Sonam Gonpa Gongkar se integró en el mundo militar y comenzó el adiestramiento de sus paisanos en las técnicas militares británicas pero murió al poco de llegar de una neumonía. El único que consiguió aplicar sus conocimientos y tener algo de éxito en el experimento fue Ringang, el más joven y brillante de los cuatro, que no solo volvió al Tíbet sino que regresó otra vez a Inglaterra para estudiar ingeniería eléctrica. Ringang diseñó, construyó y puso en funcionamiento la primera estación hidroeléctrica del país y consiguió, ya en 1935, electrificar parte de la capital, Lhasa. Rigzin Dorje Ringang además hizo uso de su excelente inglés para hacerse imprescindible en el gobierno del Tíbet, como traductor principal.

De poco sirvieron sus esfuerzos, el experimento y los éxitos y fracasos. El 7 de octubre de 1950 el ejército de la República Popular China derrotó a los primitivos tibetanos y ocupó el techo del mundo hasta hoy…