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Si Jim Morrison pensó alguna vez que la muerte le libraría de los focos se equivocó. Conforme su fama creció en el mundo de la música, de las fiestas locas y de las almas atormentadas, su presencia generaba más interés, más necesidad de fotos, de conciertos, de películas, de pósters. Las groupies lo perseguían con saña, los camellos lo perseguían con saña, las discográficas, las productoras, el mundo del show lo perseguían con saña. Porque sabían que había terreno abonado. Las groupies sabían que se lo follarían todas, los camellos que no quedaría vena, pituitaria, pulmón o neurona sobria, las discográficas que repetiría hasta la saciedad su This is the end. Porque Jim Morrison no se negaba jamás. Otra raya, otra canción, otro polvo. Por eso digo que tal vez Jim Morrison pensó alguna vez que sólo la muerte le libraría de una persecución en la que él mismo era el principal perseguidor. Pero, como decía, se equivocó.

La tumba de Jim Morrison parece vivir un estado permanente de fiesta

Desde su muerte en París aquel 3 de julio de 1971 su tumba, en principio anónima, ha ganado fama. Tanta que hoy está vallada para evitar que sus admiradores toquen la guitarra sobre su lápida, se metan una raya agazapados sobre la tierra de la fosa, follen como orates agarrados al túmulo, vacíen botellas de whisky en los alrededores. La primera vez que la vi fue en 1991 y ya me asombró que la tumba estuviera envuelta en una espesa nube de humo de marihuana. Esta vez me asombra que los incondicionales hayan sido capaces de canalizar su mitomanía a través de los cañizos de un árbol cercano y en forma nada menos que de chicles. People are strange.

La dirección del cementerio decidió rodearla de vallas, colocarle un vigilante, alejar a los curiosos. Casi que como en vida. Pero los incondicionales siguieron llegando para lanzar fotos desde lejos, flores desde lejos, besos desde lejos. Y quién sabe qué más desde lejos. Como la tumba resultaba inaccesible la emprendieron con lo más cercano. Y lo más cercano resultó ser este árbol con escudo.

Porque los fanáticos de Jim necesitaban de algún modo dejar una evidencia de que habían estado ahí. Si no podían agarrarse una curda de gran categoría, regar de semen el camposanto o romper el cristal de una botella contra el nicho más cercano, al menos dejarían una muestra genética en el primer árbol a la vista. El tronco sufrió entonces lo indecible: iniciales con rotuladores de colores, grandes letras con navaja, extraña materia pegada sabe Dios con qué. Y chicles. Las autoridades del cementerio, pacientes como pocos cementerios de este mundo, se apiadaron del pobre árbol y lo acorazaron con un escudo de cañizo que recibe el dudoso recuerdo de sus entusiastas en forma de chicles mascados. Ahí queda eso.

Parece mentira pero es cierto: la tumba de Jim Morrison es la tumba más visitada del cementerio más visitado del mundo. Pere Lachaise. No sé qué pensaría el sacerdote que le dio nombre siglos atrás. Porque no hablo de cualquier camposanto: son cuarenta y cuatro campos de fútbol, o hectáreas, llenos de hermosas tumbas, de mausoleos de impresión, de preciosas esculturas, columbarios, nichos, memoriales. Árboles centenarios cuyas raíces se abren paso a través de losas horadadas por la titánica fuerza ralentizada de la naturaleza, ingeniosas dedicatorias, manos de bronce que retiran lápidas dicen adiós. Dicen que son casi seis mil tumbas, con personalidades tan conocidas y rimbombantes como Edith Piaf, Marcel Proust, Oscar Wilde, Maria Callas, Eugene Delacroix, Stephane Grappelli o Frederic Chopin. La lista es tan grande que da vértigo.

Incluso las bellas esculturas de los mausoleos que rodean la tumba de Jim parecen azoradas por las cosas que ocurren en el cementerio…

Pero de entre todas ellas, la más visitada, la tumba estrella, la más deseada, es esta que apenas tiene gracia más allá del nombre del occiso con un epitafio en griego que viene a decir: ‘De acuerdo con su propio espíritu’, un modo un tanto ñoño de apuntar a que ahí yace un tipo que hizo lo que le vino en gana y triunfó más o menos.

Tan famosa y relevante se ha vuelto su última morada que un político de Florida propuso trasladar la tumba de Jim Morrison a un memorial en la ciudad de West Melbourne City, donde nació el cantante en 1943, como modo de promocionar la región. Jim buscó en París un paraíso cultural en el que pasar desapercibido mientras se dedicaba a la lectura, el alcohol y los paseos por el barrio judío del Marais, donde alquiló un apartamento. Se había cortado el pelo, trataba de perder peso y quería escribir poesía. Pero, sobre todo, quería pasar desapercibido. Pero su vida acabó en una enorme paradoja: ni muerto lo dejan en paz. La leyenda se forjó en torno a que su padre, un militar norteamericano, se llevó el cadáver, pero no es cierto: nadie vino a llevarse el cuerpo. Así que, presumiblemente, Jim está ahí abajo. Lo supongo removiéndose en su ataúd, arañada la parte interna de la tapa, con mono de droga y de sexo y de música a todo volumen y sin poder escapar de tanto admirador de su arte, de su poesía y, sobre todo, de su sex appeal. Todas querían estar con él y todos querían ser como él. Muriera asesinado a tortazos, ciego y hasta arriba de todo o de un prosaico ataque al corazón, esté en las Seychelles o compartiendo achaques con Elvis, como creía su compañero Ray Manzarek, Jim es la estrella a su pesar. Incluso después de muerto.