Cuando atardece en Puerto Princesa aparecen unas nubes que parecen tiras de algodón y se enredan en las montañas que protegen el puerto. El sol afloja su presión, insoportable durante el día, y el ambiente se vuelve plomizo, grisáceo y fresco. ‘It’s tuna time’, me dice un muchacho que corre a los muelles y corro entonces yo también detrás porque no sé qué es eso de la hora del atún. Se encarama sobre un murete y observa sonriente el regreso de los pescadores a bordo de esos barcos que parecen zapateros, los insectos que andan sobre las aguas, pero que aquí se llaman balangays. Los pescadores parecen exhaustos, derrotados, están quemados por el sol y tienen cara de haber dormido poco. Me miran con la curiosidad del que solo ve atunes pero pronto vuelven a su tarea: descargar pescado. Los atunes tienen buen tamaño, las aletas amarillas y me parecen grandotes para la embarcación tan precaria en la que viajan. ¡Son yellowfin, tal vez la especie más demandada en Japón para sashismi y shushi!

Dice la estadística que uno de cada cinco atunes que se capturan en el planeta se hace aquí, en el Triángulo del Coral que cubre las aguas de Filipinas, Indonesia, Malasia, Timor Oriental, Papúa Nueva Guinea y las Islas Salomón. Es decir, la zona de pesca más abundante del planeta y uno de los motivos que hace salivar a los chinos por las Spratleys. ¡La región genera el 40% de todos los atunes del Pacífico central!. Filipinas es el principal exportador de atunes tras Indonesia: en 2010 envió 106.000 toneladas de yellowfin, Big-eye y Skipjack solo a los Estados Unidos. En 2014 las capturas rozaron las 300.000 toneladas y en 2016 superaron por poco las 200.000. Esta especie abunda en Modoro, en Ilocos Norte, en la isla de Negros y en Sarangani.

‘Llevamos diez horas en el mar’, me dice un hombre que acaba de dejar un atún grandote sobre un carrito, ‘tenemos redes’, me señala una maraña de hilos plateados, ‘pero hay quien usa carrete aunque hace falta un barco más potente’. Su atún no llega a los 40 kilos pero se queda cerca. Han pescado durante toda el día y ahora esperan la paga: este es el método habitual de pesca, con el 98% del total en manos de pescadores de pequeñas embarcaciones y solo el 2% en pesqueros grandes que faenan en alta mar. Pero, a pesar de su abundancia, el atún filipino puede estar en peligro si continúan con ese ritmo de extracción y ya hay proyectos para intentar que su pesca no termine en extinción . De momento, sus atunes van sobre todo a la Unión Europea y son una fuente de empleo tan potente que solo en Santos City, en Mindanao, conocida como ‘la capital del atún’, da trabajo a 30.000 personas, una cifra que crece hasta el millón seiscientas mil personas en todas las Filipinas, que ahora, con la crisis del covid19, están al borde de la desesperación (contentos estarán, eso sí, los atunes…).

De este mar, que forma una tupida red de basuras en su orilla, dicen que es el mejor de las Filipinas para pescar yellowfin y skipjack. ‘Cada año son más pequeños’, dice el más viejo del bote, ‘hace años que no vemos ejemplares de los grandes’. Los pescadores más desesperados llegan hasta las aguas de Indonesia, donde el atún abunda más, aunque se arriesgan a ser detenidos: más de 600 pescadores filipinos han dado con sus huesos en las cárceles indonesias por pesca ilegal. Y es que en las Filipinas la caída de la población de atún es insoportable: la variedad bluefin solo tiene el 2% de la población que tenía en los años 50, el ‘bigeye’ está por debajo del 20% de la población necesaria para que la especie pueda regenerarse y el ‘yellowfin’ más del 70%. Casi todos se enfrentan a la desaparición de las pesquerías antes del 2050.

Sin embargo, a pesar de las amenazas, la zona atrae a las potencias. Los chinos meten las narices en las Spratleys por su riqueza pesquera pero también petrolífera y de gas. ¡Si hasta las conservas Calvo consiguieron convertirse en cónsules honorarios de España en las islas Salomón! Fue en el año 2000, cuando el entonces primer ministro de las Salomón, Bartholomew Ulufa’Alu, se trasladó hasta Madrid para hacer cónsul en persona al consejero delegado de la empresa, Manuel Calvo. ¡Qué menos para una empresa que tenía adjudicadas 10.000 toneladas de atún, que había prometido abrir una factoría y crear 500 empleos, que amenazaba con desembarcar miles de turistas y que decía tener apalabrado un instituto Cervantes para impulsar el español junto a Guadalcanal!  La aventura duró poco tiempo porque apenas unos meses después la situación se puso tan violenta en las islas Salomón que los barcos de la empresa gallega tuvieron que salir por patas

Uno de los pescadores me invita a un trago. ‘No puede decir que no’. Y allá vamos, a su barrio, me dice, un barrio de casas de madera a tiro de piedra del mar, construido sobre aguas fétidas, llenas de basura, casas de madera comunicadas por pasarelas de madera que dan más miedo que otra cosa. Deambulo sobre ellas como un equilibrista timorato, muerto del miedo de caer en esas aguas verdes que huelen a rayos.

No deja de asombrarme cómo tanta gente en Filipinas, y en el sudeste Asiático en general, puede vivir en estos sitios, desde los barrios más depauperados de Davao a la elitista Brunei, siempre casas sobre aguas llenas de basuras malolientes. El pescador me presenta a sus colegas y me veo en un chambao de madera y paja tomando un whisky local con un tipo que parece drogado y un ladyboy entrado en años. Bebo whisky y brindo. ¿No les molesta el olor del agua? ‘¿Qué olor?, me dicen al unísono.

Ríen y río. Beben y bebo. Tantas horas guardando el equilibrio sobre la lancha insecto y tantas horas deslomado precipitando la extinción del atún para esto. Para disfrutar del fin del día tomando un whisky con tus colegas evitando entrar en tu casa. ‘Muchos mosquitos’, me dice uno, ‘mucho calor’, dice otro, el que parece estar en un semicoma también opina: ‘muchos niños…’.