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El tiempo difumina a Manuel. Pierden forma sus contornos, no sabemos ya si sus ojos fueron grandes o pequeños, si espesas sus cejas, si gruesos sus labios. A duras penas podemos leer su nombre y es de pensar que su rostro seguirá desvaneciéndose y que desaparecerá de la memoria colectiva el día en que el último ser humano que pueda recordarlo desaparezca también. Manuel se esfuma en un mar de rostros que se diluyen y de nombres que se borran y de tumbas que se descascarillan.

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Al menos de Manuel sé que tuvo un rostro, aunque sólo pueda intuirlo siguiendo el contorno de sus formas. De Franky Alberto o de Jorge Atanacio (sic) ni siquiera puedo especular con su rostro, si fue negro o blanco, si indio o mestizo. El cementerio de Tumaco es espectacular en su decadencia y abandono, en su emotiva pobreza. ¡Cuántos rostros olvidados porque ni dinero tienen sus familias para recordarlos con una simple foto! ¡Cuántos no habrán muerto violentamente! Es fácil que así sea porque es un municipio especialmente complicado en este sentido. Pero al tiempo, ¡cuántos no habrán desaparecido ya de todo recuerdo! ¿Quién fue Gutabo Castillo (sic) para que su nombre permanezca mal escrito con un simple rotulador verde cuyo trazo desaparecerá lentamente? ¿Y Aura Lolai, a quien alguien ha decorado colorido su nombre sin más referencia ni imagen? ¿Y quién Luz Yurani para ameritar ese racimo de pequeñas muñecas rodeadas de flores de plástico? ¿Quién está en esa tumba que ni nombre tiene y al que se recordará como un simple número sobre la inscripción CNI (cuerpo no identificado)? ¿Qué rostro tenían los nombres que sólo siguen entre nosotros porque alguien los esculpió en el cemento fresco de un nicho con la punta de una navajita o con un bolígrafo barato?

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No soy el insensato que se aferra

al mágico sonido de su nombre;

pienso con esperanza en aquel hombre

que no sabrá quien fui sobre la tierra.

 

 

(Ya somos el olvido que seremos)

Jorge Luis Borges

 

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No sé el motivo que me impulsa a pasear por los cementerios de los lugares remotos que tanto me gusta visitar. No sé quiénes fueron esos dos niños que duermen para siempre en una tumba de Shushi, en el Nagorno Karabagh, rodeado de sus juguetes favoritos, su coche amarillo, el azul, el rojo, el de carreras, sus dos pistolas de plástico, sus rostros inocentes mirándome desde la lápida serigrafiada. No sé quién es ese señor sin rostro cuya lápida reposa entre piedras y nieve en deshielo, su cara reventada para siempre y jamás, su compañero, o compañera, si es que tuvo, avanzado aún más el proceso de desaparición total y absoluta.

www.losmundosdehachero.com

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No importan ya los logros en vida más que para alargar la disolución en la memoria colectiva. Paseo ahora por un cementerio perdido en la campiña moldava, camino a la extraña región de la Gagauzia, cuando una estrella roja me indica que ahí yace alguien que tuvo su papel en el extinto imperio soviético. ¡Y más allá yace un atleta olímpico! ¡Qué razón tenía Jorge Manrique!

Ved de cuán poco valor

son las cosas tras que andamos

y corremos,

que en este mundo traidor

aun primero que muramos

las perdemos.

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Hay quien permanece en la memoria de los que le recuerdan hasta que estos mismos siguen tus pasos y se llevan consigo tu mismo recuerdo. Otros perduran algo más porque dejaron huella escrita: fue concejal en un ayuntamiento, escribió en el periódico local, participó en una película que aún se puede ver, pregonó las fiestas de su pueblo. Otros adquieren otra envergadura: fue una persona reconocida, protagonizó acciones de renombre, su apellido suena a generaciones posteriores. Y luego están los grandes. Da igual que ordenaras el exterminio de una raza como que escribieras una obra magna. ¡Hitler y Shakespeare, Nefertiti y Gengis Khan, Aristóteles y Colón unidos por la memoria! De los monarcas y grandes estrategas de la historia quedan retratos, fronteras y el recuerdo de sus conquistas, de los artistas sus cuadros, sus melodías y sus templos, de los filósofos sus pensamientos. ¡Aún se recuerdan los nombres de los faraones, de los reyes sumerios, fenicios, babilónicos! ¿Cuál fue el primer nombre de la historia? ¡Nadie lo recuerda! ¿Hasta dónde permanece la huella de un ser humano? Hay un nombre que se hunde en las brumas de la historia: Kushin, un escriba sumerio que vivió en Uruk hace la friolera de 5.400 años.  Una tableta de arcilla así lo acredita porque consta su nombre dando fe de haber recibido una cierta cantidad de cebada para su cervecería. Eso según el libro: Sapiens: A Brief History of Humankind, de Yuval Noah Harari. ¿Qué pasó con los que vivieron antes?

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Te levantas de la cama y haces lo de todos los días: abres el cajón, eliges ropa, enciendes la luz del cuarto de baño, miras por la ventana, al salir cierras la puerta de la calle. No hay nada novedoso, nada distinto. Y sin embargo, todo lo es porque ya no volverás a abrir ese cajón, no volverás a ponerte la ropa que desechaste, nunca más encenderás ni apagarás la luz del cuarto de baño ni abrirás la puerta de la calle que cerraste al salir. Y no lo harás más porque, aunque aún no lo sabes, en un rato, en unas horas, en unos minutos, estarás muerto. La factura impagada que tanto te atormenta, la discusión que tuviste con aquel amigo, el trabajo que debías presentar, la película que nunca llegaste a ver. Nada importa ya. ¡A saber quién descubre ahora esa página que escondías en internet, ese video que nadie debía de ver, aquella carta que te avergonzó enviar! Un buen día sales a la calle y mueres y todo lo que te importa se marcha contigo al mismísimo infierno. O al propio cielo. O a ninguna parte. De pronto eres historia, pasado, ayer. ¡Y eso con suerte! Antes o después tu rostro se borrará de la memoria de los tuyos, de la lápida del cementerio, de la misma historia.

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