He entrado en el cementerio judío del centro de Beirut aprovechando que la puerta estaba abierta porque un muchacho que trabaja en un bar cercano ha entrado a reponer bebidas: ¡los espíritus de los judíos libaneses comparten espacio con cajas de coca cola! Y entonces veo fascinado que los muertos del camposanto han muerto muchas veces: las huellas de las balas son visibles en algunas lápidas, hay tumbas despanzurradas por algún proyectil, tropiezo con trozos de mármol por los senderos. Me escurro entre las sombras porque el muchacho no me ha visto entrar y no sé si me echará si me encuentra. Lo veo allá a lo lejos cargar una caja de refrescos y cerrar dando un portazo. ¡Me he quedado dentro rodeado de muertos olvidados!

El cementerio está encajonado entre edificios de apartamentos y las tumbas están ciertamente deterioradas por el paso del tiempo y de la historia…

Y descubro entonces un cementerio de lo más normal y al tiempo de lo más extraño. Extraño porque los judíos enterrados en el cementerio de Ras El Nabaa han muerto tantas veces que ya han perdido la cuenta. No es un cementerio antiguo: el primer huésped se enterró en 1829 y se llamaba Rabbi Moise Yedid Levy. Tras él vinieron muchos más, pero no tantos: aquí puede haber unos tres mil. Primero murieron de lo que mueren las gentes: hay quien murió de viejo, o de una enfermedad, están los muertos por accidentes, por asesinatos, por causas desconocidas. Luego murieron una segunda vez, esta de pena, cuando sus familiares abandonaron el barrio, la ciudad y hasta el país para vivir vidas más apacibles y los dejaron atrás como el que deja unos zapatos viejos.

Por ejemplo, entre la creación del estado de Israel en 1947 y  la primera guerra civil libanesa de 1958 alrededor de veinte mil judíos dejaron sus casas y enfilaron proa no solo al país vecino (a donde solo fueron unos cuatro mil) sino también a Estados Unidos y Francia. No es mucho si pensamos que tras la creación de Israel 140.000 judíos de Argelia también tomaron las de Villadiego, la misma cantidad de judíos iraquíes, los 80.000 judíos de Egipto, los más de 100.000 de Túnez, 250.000 de Marruecos, los casi 150.000 de Irán o casi 40.000 de Libia. Supongo pues que habrá cementerios similares a estos en todos esos países, cementerios con muertos de pena, con recuerdos muertos colgados de los cipreses, jirones de vidas que ya no existen, mundos que se evaporaron y que los vecinos de hoy no podrían ni creer como yo no podría creer que a pocos metros de mi casa desembarcaran navíos romanos, tartesos, fenicios… 

Algunas tumbas guardan los impactos de las balas como un hito más en su memoria.

En este cementerio de Beirut hay quien después de sufrir la pena de encontrarse solo despertó de su sueño eterno por el estruendo de las batallas entre cristianos maronitas y palestinos en una guerra civil que tenía poco de civil porque los palestinos y los israelíes tenían una presencia determinante en el conflicto. Hay incluso algún muerto que volvió a morir cuando explotó alguna de las muchas minas que los falangistas sembraron en el recinto sagrado y desmoronaron mausoleos, lápidas, panteones. Porque estas tumbas sirvieron a las milicias falangistas como parapetos con los que protegerse de los palestinos del fragor de las batallas. Una guerra tan cruel que las minas mandaban a freír espárragos a los guerrilleros infiltrados que trataban de alcanzar el lado enemigo de Damascus Road arrojando sus despojos a alguna tumba abierta… A finales de 2019 los muertos supervivientes de tantas matanzas post mortem volvieron a morir cuando unas fuertes lluvias provocaron un desplazamiento del terreno y algunas tumbas terminaron en mitad de la carretera, los sarcófagos podridos y ametrallados y olvidados y hasta que odiados por muchos de los vecinos tirados de cualquier manera y a la vista de todos. ¡Qué peor muerte que la pública y vergonzante!

El 26 de diciembre de 2019 se desató una gran tormenta sobre Beirut: tumbas enteras rodaron hasta el suelo arrastradas por unas inundaciones que se llevaron por delante el muro de contención, abrieron tumbas y esparcieron esqueletos por El Barrio de Ras al-Nabaa (Photo by ANWAR AMRO / AFP)

¿Y es normal que no haya más que judíos muertos en Líbano, tan cerca de Israel, tan pegado a los sitios bíblicos? ¿Dónde están los vivos? Hubo un tiempo glorioso en los que Sidón, apenas una hora al sur de Beirut, marcaba el punto norte de los reinos judíos, los reinos míticos en los que las doce tribus de Israel ocupaban la franja costera de esta región desde el mar Muerto. Cuando Josué conquistó Canaán repartió sus tierras entre sus adeptos y el bueno de Neftalí se quedó las tierras del interior en el norte del mítico reino, la parte oriental de Galilea, en un reino muy poco reino, más bien una confederación de tribus israelíes sin gobierno central, enfrentados a los filisteos y tan solo unidos de cuando en cuando por los jueces del Libro de los Jueces, que aparecían de cuando en cuando para solventar problemillas puntuales sin pretender gobernar a nadie.

La parte costera de Galilea, mucho más fértil y próspera, se la quedó otra tribu, la de Aser, también judíos, llamados así por Aaser, el octavo hijo de Jacob. Eran tribus judías, sí, pero cada una iba a su bola hasta que llegó uno de esos seres mesiánicos que tanto nos gustan a los judeocristianos, un tal Saúl, que terminó por reunificarlos y liderarlos hasta entrar en una confederación mayor, la de los reinos judíos, que con el tiempo se convirtió en un verdadero reino liderado por el mítico rey David. Pero siete siglos antes de que Cristo lo cambiara todo, hubo otro cambio que también lo cambió todo. Una región de cambios absolutos cada poco tiempo. El rey asirio Tiglath-Pileser III y sus huestes invadieron los reinos judíos, arrasaron a los vecinos arameos y se llevaron a toda la tribu de Neftalí y a la de Aser. Desde entonces, y así lo dice Miqueas 1:6: Haré, pues, de Samaria montones de ruinas, y tierra para plantar viñas; y derramaré sus piedras por el valle, y descubriré sus cimientos, ambas tribus son, oficialmente, dos de las diez tribus perdidas de Israel. Luego los judíos no son nuevos en estas tierras: más bien todo lo contrario.

¿Qué ocurrió entre los pobres judíos esclavizados por ese rey asirio de nombre tan raro y el entierro de Rabbi Moise Yedid Levy en 1829? Pues parece ser que nada relevante. Hay menciones de comunidades judías en el actual Líbano tras la furia romana que destruyó el templo de Jerusalén, hay constancia de que Muawiya, el primer califa musulmán tras los míticos herederos de Mahoma y fundador de los Omeyas que nos dejaron incluso una catedral en Córdoba, estableció una colonia judía en Trípoli, parece ser que hubo una Academia judía en Tiro en tiempos de los cruzados. Pero la historia no ha sido especialmente pródiga en recordarlos. Ese tal Rabbi Moise Yedid Levy no pasó a la historia más que por ser el primer judío en inaugurar este camposanto. Pero en la segunda década del siglo XX la comunidad vuelve a crecer conforme los otomanos pierden los papeles y pagan su decadencia con las minorías. Al Líbano no solo llegaron armenios del agonizante imperio Otomano sino también judíos procedentes de Grecia, Irak, Turquía, Egipto…

El afrancesamiento de la región, en manos de París tras el reparto de las tierras otomanas de Oriente Medio entre británicos y galos, les da vidilla y la comunidad prospera, abre periódicos, escuelas, sinagogas, se alían con los cristianos maronitas, la comunidad contribuye al nuevo país. Pero conforme crece la ilusión del Sionismo entre los judíos de todo el mundo, Líbano incluido, la hostilidad contra ellos aumenta hasta alcanzar el clímax de las guerras entre árabes e israelíes. La creación del estado de Israel provoca un intercambio: cientos de miles de palestinos del otro lado de la frontera cruzan expulsados por los judíos del éxodo, miles de judíos sienten que sus vecinos musulmanes los miran mal. Tan mal que los nueve mil judíos que viven en Beirut en 1948 pasan a dos mil quinientos en 1969. Arrojan bombas a sus sinagogas, se discute en el país si expulsarlos del ejército (donde solo había dos oficiales judíos, por cierto), se les veta en la política. A mi alrededor siento muertos que preferirían haber muerto unos kilómetros más al sur, para estar rodeados de vivos menos hostiles. Sobre todo porque a día de hoy solo restan veintinueve judíos en el país. ¡¡Veintinueve!! Un número con aristas, nada redondo, un número lacio, irrelevante, un número que invita a pensar que la presencia hebrea en el territorio vecino a los hebreos llega a su fin, sobre todo porque en esta página hicieron el recuento y eran treinta.

Aún así, o tal vez por eso, las tumbas tienen algo de fascinante, sus aspiraciones a Pere Lachaise con árboles que rompen lápidas, tumbas levantadas, nombres hebreos que suenan raros en un país sin judíos. No es la primera vez que deambulo por un cementerio perdido y olvidado. En Dacca, la capital de Bangladesh, deambulé por entre las tumbas armenias de la ciudad, un cementerio inaudito porque allí no hay armenios, pero también por entre las tumbas portuguesas del país, no menos interesante porque en Bangladesh ya no hay portugueses. En el Líbano aún quedan judíos. Veintinueve para ser exactos, aunque previsiblemente, insisto, a la baja. Aprovecho que la puerta no está cerrada para salir a la calle nuevamente. Los tipos del barecillo me miran asombrados: ¿quién es este tipo y de dónde sale? Saludo cortésmente y me despido. El muchacho cierra la puerta con cara de pocos amigos. Tal vez piense que me he bebido algún refresco caliente…

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