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En el interior de este edificio se encuentra la cabeza de Hussein, el nieto de Mahoma. Dicho así suena tétrico. Incluso gore. Pero el asombro crece cuando alguien me dice que en Damasco, Siria, hay otra y que en Kerbala, en Irak, otra más. ¿Es que acaso Hussein tuvo en vida tres cabezas? Pues esperen porque algunos han contado hasta seis. Me descalzo para entrar en el interior del edificio, que no es otro que la mezquita Saiyidna al-Hussein de El Cairo, y sigo a los fieles al interior de una sala donde se guarda una gran caja metálica y plateada decorada con filigranas.

Ahí dentro, dicen los fieles, reposa la reliquia, la sagrada cabeza del nieto de Mahoma, el imán Hussein Ibn Alí, en una deslumbrante Maqsurah rodeada de peregrinos que rezan con los ojos cerrados, las manos en alto, lágrimas rodando por las mejillas. Los hay tumbados y también sentados, hay quien está de pie en soledad, otros rodeados, apretujados. Una cuarta parte de la maqsurah está reservada para las mujeres, que salen por una puerta de la sala de oraciones femenina. También ellas lloran, elevan los brazos, besan todo lo besable, murmuran y rezan. Parece que la cabeza merece lo mejor porque entre los musulmanes la Maqsurah estaba reservada para que los grandes líderes religiosos rezaran sin miedo a ser asesinados. Hussein no goza de esa protección: ya está muerto. Pero tiene Maqsurah. Y no cualquiera.

Dicen que esta gran caja metálica fue construida para la mezquita de los Abasidas de Kerbala, en Irak, pero que cuando fueron a instalarla no cabía en la sala. ¡Y eso que la habían hecho a propósito! ¿Qué había pasado? Pues que el espíritu de Abbas, el tío de Mahoma que dio nombre a la dinastía de los Abasidas, no podía permitir que la cabeza de su pariente Hussein reposara sin la protección de una obra de arte tan perfecta. Así que la llevaron a Egipto y, cosas de la santidad, en esta sala sí cupo perfectamente. Desde entonces la cabeza de Hussein reposa en ella. O eso dicen.

Hussein fue hijo de un califa y nieto de un profeta. Con semejante parentesco no es de extrañar que tenga tres cabezas. Y hasta seis. Su padre fue el legendario Alí, yerno de Mahoma, cuarto califa del Islam y hombre díscolo por su empeño en heredar el trono espiritual que dejó su suegro. Aunque me temo que perseguía sobre todo el mundano. Y su madre fue Fátima, la más popular de las hijas de Mahoma.

Hussein nació pues en loor de santidad, su nombre elegido por el mismísimo Profeta, aspirante él mismo al trono musulmán (el mundano y el espiritual). Su padre, el califa Alí, murió asesinado por orden del pujante poder musulmán de la época, los Omeya, cuyo líder indiscutible, Muawiya, se arrogó el poder del islam y lo extendió por medio mundo conocido. Muerto Alí la familia de Mahoma quedó estupefacta: ¿cómo podía alguien matar al yerno del profeta, del que llegó a decir que era su ser más querido? Alí aspiraba a crear una línea dinástica en la que la sangre de Mahoma dirigiera a los musulmanes. ¡Pero el nuevo poder, los Omeya, pretendían lo mismo sólo que con otra familia que no era la del líder espiritual! Muerto Alí y desganado su hijo mayor, Hasan, la responsabilidad recayó sobre Hussein, hijo también de Alí y hermano menor de Hasan. ¡Y ahí se lió todo!

Los Omeya colocaron en el poder que había inaugurado Mahoma a un gañán con fama de bebedor, jugador y mujeriego llamado Yazid. La indignación sacudió el incipiente mundo musulmán y el nietísimo, Hussein, tomó cartas en el asunto. Arropado por sus fieles Hussein salió de la Meca rumbo a la ciudad de Kufa, en el actual Irak, con la idea de planear una respuesta con su primo Muslim ibn Aquil, que vivía allí, y recuperar el trono, espiritual y mundano, del Islam. Pero Yazid, el gañán Omeya, tenía apoyos en Kufa y la cosa se torció irremediablemente para la sangre del Profeta: primero murió Muslim a manos de sus vecinos, luego les negaron comida y agua en la eterna canícula del desierto, más tarde llegó todo un ejército proveniente de Damasco, por último la expedición de Hussein, el nietísimo, terminó desbaratada, los hombres muertos y las mujeres y los niños esclavizados. Y Hussein, claro está, sin cabeza.

¿Hay pues algo de cierto en que dentro de esta caja metálica está la cabeza que da nombre a toda la mezquita? A los devotos parece darles igual. ‘Lo importante es que las oraciones se hagan con el corazón’, me dice un muchacho que se empeña en sacarme una foto en el mihrab. La dichosa cabeza de Hussein viajó clavada sobre una lanza hasta Damasco como prueba de su muerte y el gran gañán Yazid, complacido como estaba, ordenó guardarla en su cámara del tesoro de Damasco aunque hay quien dice que la envió a Medina, en Arabia Saudí. Otros dicen que un sucesor de Yazid la encontró en el tesoro y le dio sepultura en la gran mezquita, donde ya reposa otra famosa cabeza, la de San Juan Bautista, y aún hay otra versión que dice que el octavo califa omeya se apiadó del pobre cráneo y ordenó enterrarlo con el resto del cuerpo en Kerbala, Irak.

La muerte de Hussein acabó con el problema de la sucesión pero creó otro mucho más duradero: la división del Islam entre los seguidores de la línea dinástica del Profeta, que hoy se llaman chiítas, y los que creen que la palabra de Allah se encuentra en Mahoma y no necesariamente en sus descendientes. El día de la muerte de Hussein, el 10 de octubre, el mundo chiíta explota en vistosas muestras de pesar conocidas como Ashura. Por eso la mezquita Al-Hussein es tan importante: porque aquí confluyen devotos sunitas, que son la mayoría, con chiítas: Hussein une, siglos después, a unos y otros en este conjunto de rostros compungidos que desfilan ante la supuesta cabeza. Y digo supuesta porque por más que mires no verás nada en ese amasijo de rejas y columnas. Bueno, sí: un señor se ha subido al techo de la tumba y le saca brillo con un líquido y una esponjita. Los feligreses miran hacia arriba con desinterés y vuelven a sus oraciones…

La historia que nos ocupa, la de Egipto, dice que la cabeza permaneció nada menos que 250 años en Damasco hasta que los Omeyas fueron derrotados por los Abasidas, que se suponían emparentados con el tío de Mahoma, Abbas. La familia del Profeta se tomaba, siglos después, severa venganza por el ultraje de los Omeya. Damasco perdió importancia frente a la ahora pujante Bagdad y la cabeza salió de su ostracismo. ¡¡Sus parientes habían tardado pero por fin volvía a la familia!! La cabeza comenzó entonces otro viaje, esta vez dicen que a la ciudad de Ascalón, en la franja de Gaza, donde los abasidas se habían hecho fuertes en una ciudad inexpugnable. Con sumo secretismo trasladaron la reliquia a un lugar donde podría recibir todo tipo de honores sin que nadie les molestara: hoy el lugar es un hospital israelí llamado Centro Médico Barzilai y los fieles chiítas vienen de todas partes para llorar por su mártir.

Pero el destino quería que la cabeza no tuviera paz ni viva ni muerta. Después de su martirio a manos de los Omeya y sufrir bamboleos a manos de los descendientes del tío de su abuelo, Hussein aún tendría que huir de unos nuevos enemigos: los cruzados. Y es que aunque Ascalón era una ciudad inexpugnable el peligro de que cayera en manos infieles hacía palidecer a los buenos musulmanes. Y con el paso del tiempo, el poder abasida terminó también por tambalearse y la amenaza de los Cruzados se convirtió en algo más que una amenaza. Pero a los abasidas les sucedió un nuevo poder en boga, los fatimíes, tribus bereberes de fe chiíta que salvaron la santa cabeza para llevarla al centro de su imperio: Qahera. O, dicho de un modo más reconocible: El Cairo. O de un modo aún más cercano: a esa caja metálica que observo rodeado de decenas de feligreses. Los cairotas reconocen entre dientes que el cráneo que con tanto ahínco veneran tal vez no sea el del nieto del profeta. Pero, qué más da. La oración comunica el alma con el supremo y da igual rezar a ese enrejado que a una pared desconchada.

Habría de pasar casi otro siglo para que el monarca fatimida Al-Zafir, convencido de que la reliquia no recibía el mejor de los tratos y viendo que los cruzados estaban a punto de romper la inexpugnabilidad de la ciudad, trasladara lo que quedaba de Hussein algo más al sur. Corría ya el año 1153 cuando una expedición entró triunfante y gozosa en El Cairo. ‘Cuando sacaron la cabeza del Imán Hussein de su féretro’, dice la leyenda, ‘tenía gotas de sangre aún fresca y un intenso aroma a almizcle inundó la estancia…’ Cosas de santos, pienso entonces, como ese brazo incorrupto de Santa Teresa y esas momias que te miran desde urnas. Los fatimidas la colocaron en un lugar de honor (¡qué menos para la cabeza más viajera de la historia!) llamado Qubbat al Daylam, conocido hoy como B’ab Mukhallf’at al Rasul. O dicho de otro modo: la mezquita de Al Hussein. No podía haber suelo más sagrado en toda la ciudad que un lugar donde ya dormían su sueño eterno al menos trece imanes fatimidas.

Aún le quedaba un nuevo sobresalto a la reliquia de Hussein. Cuando Saladino, el triunfante conquistador del Jerusalén de los cruzados, invadió Egipto saqueó palacios y tesoros, destruyó miles de libros de las bibliotecas del Nilo y tomó como rehén a uno de los guardias custodios de la dichosa cabeza. ¿Dónde está el resto de tesoros?, le preguntó. No tengo ni idea, dijo el hombre. Bien, pues aplíquenle el tercer grado, dijo el iracundo héroe musulmán. El pobre custodio sufrió todo tipo de tormentos pero seguía sin abrir el pico. El gorro, ordenó entonces Saladino. Para los que no lo conozcan se trataba de un gorro repleto de ciempiés venenosos que colocaban sobre la cabeza del infortunado, una tortura que dejaba a la víctima agonizando en minutos. Para acelerar su tormento le raparon al cero y los repulsivos bichos le hicieron agujeritos que le traspasaban el cráneo. Pero el custodio seguía sin inmutarse. Volvieron a rellenar el gorro con más ciempiés venenosos pero el hombre no sufría lo más mínimo y los bichos incluso murieron por agotamiento. ‘Yo trasladé el féretro del Imán Hussein sobre mi cabeza’, dijo como excusa…

Otro custodio, pero el del templo, se me acerca circunspecto: no haga fotos, por favor. Los fieles siguen llegando. Hay quien llora amargamente, hay quien hipea desconsolado, hay quien sufre en silencio. No es para menos: desde el interior de la gran caja metálica la cabeza de Hussein nos observa atenta. O no.