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A principios de los años ochenta los hermanos Alfredo y Humberto Sanjuán Arévalo pintaron una imagen del Che Guevera en el auditorio León de Greiff, en la Universidad Nacional de Bogotá. La pintada tuvo tanto éxito que se olvidó definitivamente su anterior denominación, plaza Santander, en honor de uno de los próceres de la nación, y el nombre con el que los estudiantes la conocían, plaza del Che, se afianzó para siempre con el propio guerrillero presidiéndola. El 8 de marzo de 9182 los hermanos Sanjuán Arévalo salieron de su casa con distintas direcciones: Alfredo a sus clases de ingeniería, Humberto a recoger un certificado para una oferta de trabajo. Nunca más volvieron, ni vivos ni muertos.

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El 19 de octubre de 2016 este muchacho entrevistado por VICE se encaramó sobre unas escaleras y borró el rostro del Che Guevara que enseñoreaba el patio principal de la Universidad Nacional. Dos días después un grupo de estudiantes volvía a encaramarse sobre otras escaleras pero en el mismo lugar para devolver al patio el icónico rostro del guerrillero argentino. Durante décadas la presencia de Ernesto Guevara fue innegociable e incontestable y a nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido agarrar un estropajo y borrarlo.

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Pero los tiempos cambian y el fin del conflicto fuera de los muros universitarios comienza a infiltrarse en el dinámico, pero a veces inmovilista, mundo estudiantil. ¡Y con todo eso el recinto universitario es de los más coloridos! Porque la figura del Che es ya un clásico en esta universidad, conocida por las muchas figuras relevantes que ha producido pero también por el espíritu revolucionario que se respira entre el alumnado. Por decirlo de otro modo: el dibujo del Che forma parte de la memoria histórica del movimiento estudiantil. Claro que hay quien forma parte de ese movimiento y no se siente representado por el barbudo revolucionario. Para otros es, como decía, innegociable, como declaró este estudiante al diario El Tiempo, ‘esta imagen la pintaron unos estudiantes que fueron desaparecidos’, lo que le añade un plus de dramatismo emocional a la cosa. ¡¡Cómo borrar la obra de unos estudiantes asesinados por eso mismo!! Otros protestan. ¡¡Y por qué no!!

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Un poco más allá aparece la figura inconfundible de Camilo Torres, su boina calada, su AK47 al hombro. Camilo Torres fue un sacerdote colombiano pionero de la teología de la liberación y antiguo capellán de la propia Universidad Nacional de Bogotá. Aburrido de luchar contra la desigualdad y los abusos de las élites colombianas el cura Camilo se enroló en el Ejército de Liberación Nacional, el ELN, y murió acribillado en el primer combate en el que tomó parte. ‘El deber de todo cristiano es ser revolucionario, y el deber de todo revolucionario es hacer la revolución’. Su vida duró menos que su obra y sus frases hoy resuenan por doquier, sobre todo en las paredes de la que fue su universidad. A lo largo de las últimas décadas las pintadas han reivindicado todo tipo de movimientos subversivos, desde los dirigentes de las FARC (el Mono Jojoy o Marulanda) a la ETA, amén de las clásicas pintadas contra el imperialismo, la situación de Haití o contra el capitalismo. Un paseo por la Nacho es un paseo por un catálogo ideológico de pinturas de izquierdas.

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La moda de las pintadas políticas en los muros y paredes de la Universidad Nacional surgió a finales de los años setenta y principios de los ochenta en un contexto de impacto creciente de las guerrillas, represión paramilitar y escuadrones de la muerte. Hablamos de una universidad pública, con profesionales muy refutados, instalaciones enormes y con recursos, a pesar de la imagen descuidada y de muchos problemas, una universidad a la que acudían hijos de clases populares, caldo idóneo para las ideas de izquierda de una época además en la que ocurrían cosas muy graves, desde las dictaduras del cono sur a las intervenciones norteamericanas en centroamérica y el Caribe y, por supuesto, la explosiva situación en Colombia.

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En los patios de la UN se discutía de política, se desarrollaban ideas alternativas, se cruzaban pensamientos. Y se miraba al exterior. Si Nueva York se elevó a las alturas gracias a su arte callejero, un arte residual y protestón que acudía a sprays en lugar a pinceles, en la UN no iban a ser menos. No menos que el resto de Bogotá, claro. Sus paredes se llenaron de frases rotundas, ideas políticas, protestas de una sola frase, efigies y figuras. La mayoría son efímeras y pintadas a toda prisa pero otras son elaboradísimas y muy coloridas. La Universidad Nacional de Bogotá es tan del pueblo que la conocen como la Nacho, hay un grafiti en el muro exterior que despide al visitante con la frase: ‘precaución: realidad del otro lado’ y en sus patios se han celebrado incluso presencia guerrillera de las FARC y del ELN (y hasta de la Unión Camilista Revolucionaria, aquí está el video). Las grandes manifestaciones que tienen lugar en Bogotá comienzan indefectiblemente en la UN y no es raro ver grupos de indígenas o de víctimas del conflicto acampando en su extensos predios. Unos predios tan extensos que incluso pastan las vacas de alguna facultad y hasta llamas he llegado a ver alguna vez…

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Nadie sabe qué deparará a la Nacho en el futuro, una vez que acabe definitivamente la guerra que asola el país desde tiempos inmemoriales. Su ambiente revolucionario estudiantil y su implicación en la política lo convierten en un foco permanente de interés. Sea como sea, el Che seguirá observándolo todo desde la pared del auditorio, símbolo de un pasado indeleble que hoy se alterna, y mucho, con la ilusionante palabra de moda. Paz.

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