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Sube la noria entre las risas de unas quinceañeras que miran desde las alturas el horizonte del parque Shishu. Un horizonte cercano, presumo, porque la noria asciende lo justo para que se pueda ver la copa de los árboles mas bajos. Y así debe de ser porque si la noria tuviera más altura las quinceañeras no tendrían problemas en recrearse en el horizonte de la monstruosa ciudad de Dacca pero entonces los muchachos que hacen de motor humano no alcanzarían las cabinas ni con el más portentoso de los saltos. Porque la noria no sólo es de madera coloreada sino que funciona con los empujones de los feriantes, que saltan como gatos para agarrar algún travesaño en las alturas e impulsarlo hacia el más allá. Los feriantes bengalíes montan y desmontan las norias con una facilidad pasmosa y donde había aburrimiento de repente hay risas y colores en movimiento.

Porque Bangladesh está llena de estos artefactos que chirrían como si se desinflara el planeta y me mueven a la compasión más que al entusiasmo. La noria sube y la noria baja y los muchachos sudan la gota gorda para ganarse unos takas (un taka equivale a 0’011 euros…). Aunque la construcción de uno de estos artefactos no debe de ser fácil tampoco es tan complicado y la diversión que ofrece está al nivel de los ingresos de un país con un renta media de mil trescientos cincuenta euros al año. La norias humanas no son únicas de Bangladesh.

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…contando las ganancias…

En Myanmar, por ejemplo, las han evolucionado hasta norias que parecen metálicas más parecidas a las occidentales pero que, como puede verse en este reportaje, no corre uno peligro de electrocutarse porque no tienen electricidad.  Es lo mejor para unos países que no pueden confiar plenamente en el suministro eléctrico, ni en unos emprendedores que no tienen presupuesto para nada que funcione de modo autónomo. Las norias humanas se levantan en un periquete, alegran las fiestas del aislado mundo rural, arrancan sonrisas de los niños condenados a las eternidades de los campos de refugiados. En el vídeo de abajo pueden ver estos artefactos en movimiento y escuchar cómo gimen sus estructuras…

No es un cacharro que necesite mucho: dos ruedas de madera dispuestas en engranaje sobre la que gira la estructura. El término noria proviene del árabe Na’ura y significa literalmente: la que llora, la que gime. El que bautizó el invento no pudo ser más simple y al tiempo más acertado. Las norias bengalíes son literalmente lloronas, plañideras, gritonas, chirriantes. Si en un principio, y hay restos de norias del año 200 AC, se pensó como solución mágica para extraer agua aprovechando la corriente de algún río, hoy es un negocio de lo más básico en ferias y festivales de todo el planeta. Arquímedes habló de la noria tres siglos antes de nacer Cristo, las referencias al invento que revolucionó la Antigüedad dejan huella en muchos clásicos, desde Vitrubio, el arquitecto, al poeta Lucrecio. El invento dejó patidifuso a los árabes, acostumbrados a los hostiles secarrales por los que deambuló Mahoma, que perfeccionaron la idea sustituyendo travesaños por radios, al modo de rueda de bicicleta, para restarles peso y que pudieran moverse con menos fuerza. Cuando la fuerza de la corriente no bastaba empleaban bestias de carga. Y de subir y bajar agua pasó a mover piedras que machacaban lo que encontraban a su paso: por ejemplo, trigo. Y de emplear bueyes mofletudos a usar a los esclavos que habían perdido batallas hubo un paso.

Y de subir y bajar agua a subir y bajar gentes hubo otro paso, aunque habría que esperar unos siglos. En 1893 George Washington Ferris, un ingeniero norteamericano, se dijo que por qué no sacarle dinero a la gente que quisiera sentirse como cubos de agua. Y a partir de ahí la noria en inglés no se conoce simplemente como noria, o wheel (rueda), sino que adoptó el nombre del mentado ingeniero: Ferris Wheel, o rueda de Ferris. Cuando presentó la primera noria recreativa, en la exposición universal de Chicago de 1893, el público flipó, miraba arriba con aprensión y espíritu aventurero. No era para menos: la noria de Ferris medía ochenta metros de altura y setenta y seis de diámetro, constaba de cien mil piezas, tenía treinta y seis cabinas, cada una para cuarenta pasajeros, y tardaba veinte minutos en dar dos vueltas completas. Dicen que se subían miles de personas a diario, que venían desde los confines más remotos y que el vértigo pasó a convertirse oficialmente en una experiencia lúdica y festiva. Hoy la noria es un emblema de ciudades que a su vez son emblemas, como Londres o París.

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Noria de Dacca, capital de Bangladesh, arriba, contra noria de Londres, capital del Reino Unido,la famosa London Eye……

Claro que la noria de madera e impulsada por la fuerza de los brazos de unos muchachos que chirría ante mis ojos no puede estar más alejada de la enorme extravagancia del señor Ferris. De los ochenta metros de aquella noria de Chicago, o los ciento sesenta y cinco que mide la más alta de la actualidad, la Singapore Flyer, de Singapur. Ante todo hay que sonreír. Me alejo de la noria humana pero el chirrido me acompaña hasta el último confín del parque. Ante mis ojos surge la más colorida celebración de fin de Ramadán, con burbujas incluidas.

Y entonces me encuentro la atracción más oxidada que he visto en mi vida. Una niña sonríe mientras se sube a un cochecito al borde de la desintegración. Sus padres sonríen también, el señor que impulsa la atracción sonríe. Yo también sonrío pero de emoción. En Europa sería impensable que ningún niño utilizara ese trasto pero aquí es todo un estatus. La niña sonríe, el padre sonríe y el feriante sonríe. La noria chirría, los cacharritos chirrían, a veces creo que el césped también chirría.

Y lo demás no importa.