Si desea conocer el destino de los niños armenios tan solo siga las huellas de sus pies desnudos impresos sobre el duro suelo de Byblos. Vea sus figuras mendigando con miserables escudillas sentadas en el piso, figuras de hierro forjado que mendigan mendrugos de pan metálicos para sus metálicas escudillas. Las huellas de los piesecitos desnudos y las figuras metálicas de unos niños que murieron de viejo hace ya mucho tiempo te conducen al castillo donde perduran sus recuerdos, sus espíritus, sus tragedias.

Son los niños huérfanos del genocidio armenio y mirando sus fotos, sus espíritus de hierro forjado y las huellas de sus piesecitos desnudos no veo fantasmas de otro tiempo sino de este. Son las réplicas de los miles de niños con piesecitos desnudos que caminan nada lejos sino todo lo contrario. A las puertas del museo una refugiada siria se me acerca con su hijo en brazos, la misma cabeza gorda y de pelo ralo que los niños armenios huérfanos de un siglo atrás, la misma mirada perdida, la misma miseria. ¡Y son de carne y hueso, no de hierro forjado!

Observando la historia de oriente medio pareciera tierra de huérfanos vagabundos, de matanzas infinitas y guerras inmisericordes, que los niños sirios fueran el último eslabón de una cadena de eslabones llena, con niños sirios que le dan la mano a niños yazidíes que se unen a los niños palestinos que le dan la mano a los niños iraquíes quienes van unidos a niños iraníes con sus manos asiendo niños afganos que se unen a niños kurdos cuyos padres mataron a los padres de estos niños armenios. Todos dejan huellas de piesecitos desnudos, todos tienen las cabezas gordas y visten harapos y miran sin ver y no sienten ni padecen, todos sueñan con sus mamis y sus papis y sus abuelos y abuelas, sus rincones, sus juguetes, sus carreras a destiempo, sus primeras palabras, que a saber por dónde andan.

Vagan millones de niños por oriente medio, tantos que se derraman al Mediterráneo, niños de carne y niños de metal, niños vivos y niños muertos, un inmenso flujo de piesecitos desnudos y escudillas de metal, de espíritus insepultos, de niños secuestrados, rehenes, esclavos, niños que sufren vidas de adultos pecadores víctimas de una Sodoma cíclica por culpa de sabe Dios qué, de adultos malos de solemnidad que se enfrentan a pelotones de fusilamiento y a cámaras de gas y a bayonetas caladas pero que no lo son, adultos me refiero, y mucho menos culpables de nada más que de ser niños con piesecitos desnudos que dejan sus huellas impresas en el duro suelo de Byblos.

¿Cómo gestionar la ayuda a miles, a decenas de miles, incluso a cientos de miles de huérfanos?

El museo de Byblos de los niños huérfanos de Armenia dice que no tienen por qué sentir vergüenza, que la vergüenza es un sentimiento que debería albergar el que comete esas matanzas, no los niños inocentes porque todos los niños lo son, no las víctimas inocentes porque todas las víctimas lo son, no todo un pueblo porque un pueblo no puede sentir vergüenza. Pero sí los asesinos, los que lo planearon, los que lo ordenaron, los que lo justifican. Si acaso podemos sentir vergüenza ajena.

Resulta difícil imaginar una cantidad tan grande de niños sin padres pero hace un siglo todo Oriente Medio estaba lleno de huérfanos.

Los piesecitos desnudos me llevan hasta Gregorio, un armenio que proviene de aquellos luctuosos tiempos pero cuyos antepasados no llevaban escudillas de metal: sus abuelos llegaron con la familia al completo. ‘Hoy los niños armenios son los niños sirios, están por todas partes’, me dice triste y yo lo miro triste también mientras siento la presión creciente de unas huellas de piedra que algún escultor dejó con mucho tino en el patio del museo. El museo de los huérfanos del genocidio armenio. ¿Y por qué aquí?, le pregunto a Gregorio, que fantasea con su nombre, ‘me llamo como el Iluminador’, me dice. ‘Porque el Líbano fue un gran orfanato para los niños armenios y porque todavía hoy vivimos unos trescientos mil aquí’, me cuenta sentado en el despacho del museo, ‘ y sobre todo porque esta casa fue un gran orfanato hace ya casi un siglo…’.

En un ambiente de castillo cruzado los huérfanos armenios de un siglo atrás se asoman a las fotos como fantasmas de miradas turbadoras, fantasmitas de cabeza gorda con el reproche en sus miradas, cuerpos famélicos tirados por cualquier esquina.

En la mañana del 18 de julio de 2015, como lúgubre celebración del centenario de aquel genocidio, Su Santidad Aram I, cabeza del Catolicós de la Gran Casa de Cilicia, inauguró este museo que ahora visito, único en su especie porque no hay memoriales así fuera de Armenia, un museo dedicado a los miles, a las decenas de miles, de huérfanos de un genocidio tan cruel como olvidado. Junto a Su Santidad Aram: Aleccos, el portavoz de la familia Bezikian, los patrocinadores de la idea, una familia acaudalada que comenzó aquí, en Byblos, con la figura del patriarca, precisamente el que da nombre al centro: Aram Bezikian, también niño de pies descalzos y escudilla vacía.

No solo es una deuda con el padre huérfano ni con el pueblo armenio en general: este museo es el primero que tiene la diáspora armenia fuera de su país, de esa Armenia que pocos conocen. ¡Y qué mejor manera que aprovechar ese antiguo orfanato que parece un castillo! Donde ahora unos niños metálicos piden mendrugos de metal antes, en 1922, fueron niños de carne y lágrimas los que pedían a gritos la vuelta de sus papás y mamás. El museo es un homenaje también a Maria Jacobsen, un misionera danesa que se ocupó de todas esas criaturas hasta tal punto que terminaron por llamarla, a ella más que a nadie en este mundo, ‘mamá’. Ahí detrás, en el jardín, está Maria, enterrada desde su muerte en 1960, aunque su espíritu parece aún cuidar a los niños de las fotos. Una sensación de angustia como la que viví en este cementerio de Kazajistán donde alguien dejaba ositos de peluche a los niños de los gulags muertos décadas atrás.

Un museo con más historias de las que uno pueda sospechar porque el edificio, que tiene más de doscientos años, se sitúa sobre el gran yacimiento arqueológico de Byblos, un disparate histórico en el que se superponen aldeas neolíticas con fenicias, romanas con omeyas, cruzados con griegos que se suponen continúan bajo los cimientos de la casa museo. Tienen su propio Facebook, por si quieres entrar.

Y dentro del museo, una campana rescatada de una iglesia armenia, un recordatorio para el que no lo conozca de qué fue eso del genocidio, de quiénes era esos tipos llamados armenios, de qué ocurrió para que se llegara a eso y de por qué estamos aquí. Y pasado el prólogo, el impacto brutal, los piesecitos desnudos del exterior aquí cobran vida y se rascan nerviosos bajo las fotos de niños sin pies, se frotan los empeines, desnudos o en precarias alpargatas, envueltos en vendas que son lazos de mariposas, doloridos por callos, heridas y miserias que ni siquiera pretendo ver. Sobre los piesecitos desnudos las cabezas gordas de sus dueños, cabezas contrahechas por el hambre y por las prisas, por llantos y terrores, por los otomanos tirando sacos de cadáveres al Tigris y al Éufrates. ¡Cómo no debió de ser el impacto de aquella masacre que aún hoy lloran los piesecitos desnudos y yo lloro con ellos!

Pensemos: tienes tres años, cuatro, siete, diez: qué más da. Tropas de bárbaros armados entran en tu pueblo, en tu calle, en tu casa, matan a tu madre, a tu padre, corres buscando una mano que dar, atraviesas caminos desérticos evitando cuerpos caídos que huelen mal, eres un niño, no eres más que un niño, tan solo eres un niño. ¡Y ya has perdido todo, desde hermanos a padres, desde vergüenza a dignidad! En Yerevan, la actual capital de los armenios, el memorial en recuerdo de esos cientos de miles, millones tal vez, de asesinados eriza la piel, los cabellos y la conciencia, en los desiertos de la Anatolia y Siria aún brotan costillas de prófugos del imperio otomano, si escarbas un poco salen tibias, cráneos, huesos. En Líbano la conciencia y los recuerdos adoptan forma de niño, de niño metálico, de niño con escudilla vacía.

El embajador norteamericano de la época en la región, Henry Morgentau, constató el desastre, lo vio con sus ojos, revolvió su conciencia, y lanzó al mundo un grito de angustia que atraparon al vuelo dos paisanos suyos, James L. Barton y Cleveland Hodge. Los dos al alimón crearon en 1915 Ayuda al Próximo Oriente, una protoONG que recibió el apoyo incluso del presidente Woodrow Wilson. Durante décadas envió comida, ropa y materiales para campos de refugiados, hospitales, orfanatos y centros de formación a los refugiados armenios. Y eso que cuando comenzaron a actuar aún no se conocía la verdadera dimensión del desastre.

Hasta que en 1917 las tropas británicas, estacionadas en el frente egipcio contra el imperio otomano, lanzaron toda una ofensiva en el Sinaí para subir hacia la actual Turquía a través del eje Sinaí-Damasco-Homs-Hama. Donde quiera que llegaran encontraban supervivientes armenios abandonados a su suerte, familias desperdigadas y rotas, pequeños que no sabían dónde estaban sus parientes, muchos tomados por familias árabes como sirvientes y esclavos o acogidos para esconderlos de la ira otomana. La ayuda comenzó a llegar a paletadas una vez que la noticia recorrió el mundo. Cuando les dio por contar vieron que eran más de ciento treinta mil huérfanos armenios de Tbilisi, Yerevan, Estambul, Beirut, Damasco y Jerusalén. La ofensiva británica convirtió entonces Bagdad y Jerusalén en enormes centros para deportados. Solo el campo de Baqubah, al norte de Bagdad, reunió a miles de asirios deportados por los otomanos al sur de la Anatolia y armenios de la región de Van. Porque concretamos el genocidio en los armenios pero afectó a todos los cristianos de la región.

En las paredes del museo vuelven a la vida los armenios asesinados en 1915. De Nerses Papazia solo sabemos que tenía cara de intelectual tiquismiquis, de Ardashes Haroutiounian que parecía un pianista de prestigio, de Mirhdat Haygazn que portaba nuca de toro y de Persegg Chahbaz que se cuidaba mucho el cabello. Y junto a ellos, cientos de rostros desconocidos, parecidos en sus bigotes y pajaritas, en sus enrevesados nombres, vestigios desaparecidos de una época remota y de un universo agrietado: el de los cristianos en Oriente Medio. Todos vieron interrumpidos en 1915 sus peinados, sus manías y sus aspiraciones. ¿Tendrían hijos? Si los tuvieran, y hay demasiados rostros para que ninguno los tenga, serían padres de esos niños errantes, vagabundos, abandonados, que dan nombre a este museo.

Los alemanes de principios de siglo XX también levantaron un orfanato para mil doscientos niños antes de que el infame Adolf Hitler contemplara el ejemplo armenio como espejo para su soñado genocidio judío: ‘¿quién se acuerda de los armenios?. Conforme los aliados derrotaban a las fuerzas otomanas afloraban más deportados: Damasco, Alepo y Beirut se convirtieron en centros seguros para los desfallecidos restos del pueblo armenio y aún hoy pueden encontrarse miles de descendientes de aquellos desarraigados. Como Gregorio. ¿Viviría usted en Armenia?, le pregunto. ‘No’, contesta Gregorio con cierta incomodidad, ‘nací aquí, aquí crecí y aunque viajo con frecuencia a Armenia mi sitio está aquí’. ¿Sabe usted que en el Nagorno Karabagh hay un grave problema de despoblación? La incomodidad de Gregorio ya es manifiesta, culpable incluso: ‘lo sé pero soy de aquí’, se excusa con la mayor educación. ‘Y conozco Nagorno Karabagh, es cierto que está despoblado, y es una pena’. Recuerdo entonces cuando Armen, un armenio de origen francés que dejó Marsella para instalarse en la tierra de sus ancestros, me decía en Shusha que pocos armenios están dispuestos a luchar por recuperar su memoria.

Los vestigios, los rostros y los nombres configuran una suerte de paraíso perdido, desperdigado, reventado.

En 1919 los gobiernos militares de británicos y franceses organizaron el regreso de los supervivientes de Siria y Mesopotamia a sus hogares, sobre todo a Cilicia. A finales de 1919 las regiones de Cilicia, Urfa y Gaziantep concentraban una enorme cantidad de huérfanos y la administración francesa militar se empeñó en reunirlos con lo que quedara de sus familias. Había grandes orfanatos en Marash, Gaziantep, Urfa, Kilis, orfanatos con más de mil niños cada uno, pero también en Harput, Kharpet, Mezire, Sepasdia, Marzovan, Konia o Malatia. Y en Kayseri, en Diyarbakir. En todas partes había huérfanos armenios. Por miles. Recuerdo entonces mis desventuras por esos mismos lugares topándome con columnas de refugiados sirios, niños descalzos con la mirada perdida, a las puertas de las tiendas en campamentos de desplazados: ¡qué cíclica es la historia!

Con el nacimiento de la república de Armenia en 1918 las fuerzas aliadas vieron un buen lugar para enviar huérfanos, que llegaron cruzando los desiertos o en barcos a través del puerto georgiano de Batumi. En 1922 la ciudad de Gyumri era el hogar de nada menos que veinte mil huérfanos. También Estambul albergó a miles de huérfanos: la Asociación para el Cercano Oriente velaba por ellos en una ciudad tomada por los británicos y el Patriarcado Armenio, con sede en ella, se desvivía por lo que quedaba de su pueblo. 

Porque los que esperaban en Cilicia no tuvieron paz: los franceses se retiraron en 1921 y los refugiados armenios huyeron nuevamente porque los turcos volvían a ocupar sus antiguos feudos. Solo en 1922 diez mil huérfanos abandonaron Turquía rumbo a Siria y Líbano, territorio bajo mandato francés. Por si fuera poco, en 1922 los turcos derrotaron a los griegos y expulsaron a un millón doscientos cincuenta mil de ellos que vivían en el moribundo imperio Otomano mientras miles de turcos que vivían en la actual Grecia hacían el camino contrario. ¡Qué gran disparate! Y entre esos miles de gentes que cambiaban de ubicación, siete mil huérfanos armenios huyeron de Estambul para encontrar acomodo en Atenas, en Corfú, en Kavala

El museo acaba, no obstante, con esperanza, con fotos de esos niños armenios creciendo, trabajando en fábricas, amparados por la eterna mamá María, encontrando oficios, integrándose en la sociedad libanesa, prosperando. Prosperando tanto que hay familias tan enormemente ricas que pueden aportar una buena cantidad de dinero para abrir museos como este. En la memoria solo una pena: los huérfanos perdidos. Porque no hay año en que algún abuelo no descubra que es armenio y que ha vivido una vida de turco, o kurdo, sin saber que en su infancia fue adoptado por alguna familia que le evitó así una muerte segura. Pero también lo dejó sin memoria histórica. Sus huellas también están impresas en el duro suelo de Byblos aunque no pueden verse. Son las huellas perdidas de los piesecitos que nunca supieron que andaban perdidos.