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Serpentean por las calles, se encaraman en descansillos, rodean plazoletas, se cuelan con descaro en parques infantiles, dificultan la salida de los vecinos, afean el paisaje y lo convierten en la pesadilla de algún niño gigante que juega desde las alturas con las ciudades como si fueran maquetas de lego. En ocasiones van dos en paralelo, otras veces son más, tal vez cinco, diez, enormes racimos de tubos plateados que se adentran en jardines, discurren paralelas a las viviendas, saltan carreteras y canales. Son horribles pero dentro viaja a toda pastilla el confort de los vecinos. En su interior vuela el agua caliente desde grandes centrales de ciclo combinado que las impulsan hasta los grifos de los cuartos de baño, de las cocinas, de los edificios públicos, de los polideportivos, de las oficinas.

Tubería en Kyzylorda

El agua ardiente sube por los tubos y entra en los radiadores de los vecinos que tienen que optar entre asarse o morir del frío y que optan por la solución intermedia de regular la temperatura del interior de sus hogares abriendo y cerrando rendijas de sus ventanas para que entre el frío glacial. Porque no hay reguladores individuales así que en invierno no es raro ver desde las heladas calles a menos treinta grados el interior de algunas viviendas donde los vecinos viven en calzoncillos, sin camisetas, sudando la gota gorda e incluso dejando una rendija de la ventana abierta para que el aire glacial refresque el caluroso trópico del interior. Así fue mi primera noche en Bucarest, Rumanía, con la cabeza helada por la corriente de aire mientras mis pies se inflaban por el calor. Otras veces ocurre todo lo contrario y las autoridades tardan tanto en darle al interruptor que la gente se congela en sus casas…

Los tubos de la calefacción, del agua, del gas, los tubos de lo que se te pueda ocurrir, colisionan con mezquitas, con iglesias ortodoxas, con centros comerciales, hacen piruetas en el aire para permitir el paso de los vehículos, de las personas, de un perro que (harto, supongo) las salta y se mea en una de ellas. Las hay brillantes, oxidadas, corrugadas, lisas, las hay que parecen estar a punto de reventar, de deshacerse, de explotar. En la mayoría de los antiguos estados de la antigua URSS no existen los sistemas modernos de alcantarillado de occidente así que todo va sobre la tierra. Tampoco se entierran las tuberías de la calefacción, del gas, pocas veces las del agua caliente (que a veces explotan y se convierten en geyseres de chorros ardientes).

Sigo una de estas tuberías al aire en la ciudad de Kyzylorda, una antigua aldea en la que obligaron a asentarse a los nómadas de los desiertos kazajos, y compruebo que está tan integrada en el paisaje que los vecinos no parecen verlas. Pero sí las ven. Una mujer de ojos rasgados hundidos en una mejillas regordetas me mira con cierta guasa. Menea la cabeza. No le gusta la tubería porque incluso dificulta la entrada en una vivienda. ‘Es lo que hay’, me dice con sus ojos, con sus manos, con sus hombros. El delirio se roza en un parque infantil en el que los columpios y toboganes se confunden con las tuberías de la calefacción…

Y sí, es lo que hay. Hasta que deje de haberlo. Porque el sistema elegido por los soviets para armonizar la vida diaria con las industrias sacrificó la estética por lo práctico. A partir de la segunda guerra mundial la URSS se esforzó en lograr el sueño comunista y poner a disposición de todos sus ciudadanos las ventajas del mundo moderno. Los núcleos de chabolas fueron sustituidos por grandes y grises bloques de apartamentos donde el pueblo llano subió de categoría.

Y ya con ciudades que parecían más ciudades el siguiente paso fue darles una comodidad que no conocían. En las tres últimas décadas de la Unión Soviética se construyó y afianzó este gran sistema de tuberías. Al principio la red unía las principales fuentes de energía, sobre todo los depósitos de gas siberiano, pero pronto el gas se convirtió en una de las más importantes formas de financiación del país. Y ya puestos, unieron los apartamentos para mejorar la vida de los ciudadanos en unas extrañas mezclas de hormigón y metal que en su momento debieron de parecer urbes futuristas.

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En Astaná las tuberías resisten en los barrios antiguos aunque los nuevos planes de ordenamiento urbanístico no los pueden ni ver. Aún siguen frente a la modernización que se ve en el horizonte pero no casan con los adelantos que salpican las calles, como el banco solar que recarga teléfonos por USB de aquí abajo…

Lo cuenta muy bien Stephen Collier: los complejos energéticos más grandes abastecían las ciudades más grandes, los más pequeños a las poblaciones más pequeñas. Se sustanciaba así parte del proyecto soviético, la dignidad del hombre, que pasaba irresolublemente por un cuerpo caliente en un país muy frío. Además, un país tan grande con núcleos habitados tan separados y aislados no podía menos que sentirse más unido gracias a un bien irrenunciable como era la calefacción. Porque la política del calor en Rusia es un asunto de vida o muerte. Cortar la calefacción en otra nación puede ser molesto pero en las exrepúblicas soviéticas es mortal.

Pero el tiempo pasa, los gustos cambian, las técnicas mejoran, se superan y nada permanece eternamente. No duran los países cuanto más la estética. Y hoy, con la URSS en la memoria como una pesadilla, un paraíso o un exotismo de la historia, dependiendo de cada cuál, las tuberías y el confort se ven como se ven los libros viejos de historia. Desfasado. Porque las tuberías se oxidan y deterioran, claro está, sobre todo porque están expuestos a las inclemencias meteorológicas y porque cuesta dinero repararlas y en las exrepúblicas de la URSS nunca ha habido demasiado dinero para según qué cosas. ‘Corrupción’, me dice Alexander, un kazajo ruso que maltrata el inglés y que se comunica con una mezcla de lenguaje ininteligible y mímica exagerada, ‘el gobierno podría enterrarlo y a veces hace el intento pero las tuberías siguen ahí y en los documentos dice que ya no lo están’. Todo puede ser peor: ‘en Rusia la corrupción se nota aún más…’.

Sea como sea, es más barato dejarlas a la vista que bajo tierra. ‘Tampoco podemos excavar durante gran parte del año porque el suelo está duro como una roca’. Pienso en las temperaturas que alcanza esta ciudad, Kyrzilorda, de menos cuarenta grados, y asiento convencido. Y así por todas partes. El aire modernizador que el inefable y eterno Nursultan Nazarbayev le ha dado a su país pasa también por superar una imagen que se repite en todas las exrepúblicas soviéticas, Rusia incluida. La de frondosos árboles en enormes parques surcados por tuberías oxidadas que parecieran las raíces de un bosque metálico y alienígena. Por eso las partes nuevas de las ciudades ya no muestran esos extraños paisajes plateados. Pero sí las partes antiguas. Como les ocurre a otras naciones de la antigua órbita socialista.

Porque he visto estas tuberías en Rumanía, en Moldavia, en el Cáucaso, y pareciera que es un modo oficial de hacer las cosas. Los vecinos odian estas tuberías porque el espectáculo es igualmente odioso. Pero al tiempo es tan vital que no pueden sino tragarse el enfado. Porque las tuberías de calefacción, por ejemplo, son herencia de la URSS y abastece a tres de cada cuatro viviendas. En Almaty esto comienza también a cambiar, aunque poco a poco…

Las centrales eléctricas de ciclo combinado, que producen estas bombas caloríficas, no están acostumbradas al ahorro y el derroche de carburante es llamativo. Sí hay algunas que han enterrado sus tuberías aunque no tienen aislamiento y pierden por el camino más energía de la que consiguen llevar a las casas. Así que tenemos fugas bajo tierra y sobre tierra, ineficacia elevada al máximo y riesgo permanente de tragedia. Y no es poco porque la calefacción consume un tercio de la energía del país. Y el cambio es difícil porque la calefacción con esas temperaturas no es un lujo sino una necesidad básica. En Rusia una ley federal dice que los gastos no pueden superar el 22% de los ingresos de un hogar y que por encima de ese porcentaje el estado está obligado a asumir el exceso (menos en Moscú, que es tan caro que el porcentaje ha descendido al 10%). Cuando en Rusia el gobierno se planteó cambiar este sistema salieron a las calles cientos de miles de personas y Moscú dio marcha atrás. Pero el tema no es cualquier cosa: sólo el sistema de calefacción de Moscú gasta tanto como toda Francia junta… Imagino que con el tiempo las tuberías desaparecerán, como ocurre en la moderna Kazajistán, y los desconcertantes paisajes de tubos entrelazados con las vidas diarias de los ciudadanos será un recuerdo. Hasta entonces solo queda saltarlas, vadearlas, evitarlas y asumirlas como parte indisoluble de la vida de millones de personas.