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Si Bete Giorgis impresiona por su simbolismo y su imagen icónica en un lugar de imágenes icónicas, el resto del conjunto monumental incrementa la sensación de estupor. Porque Bete Giorgis es un emblema mundial que causa asombro pero no deja adivinar la envergadura total del trabajo que los antiguos etíopes acometieron sabe Dios por qué motivo. El conjunto es patrimonio de la Humanidad desde 1978 y abarca un total de once iglesias tan impresionantes como la de Bete Giorgis.

Dicen las crónicas que fueron los súbditos de la dinastía Zagüe, herederos a su vez de un antiguo imperio llamado Askum los que se establecieron en estas tierras y levantaron estos templos. Aunque levantarlo no es la palabra. Más bien los hundieron. Y tampoco es así. Los levantaron de las profundidades excavando montañas de roca volcánica que dejaron huecas y deambulables, si es que deambulables existe.

Todo comenzó con el sueño de un rey, Lalibela, en el que el mismísimo Dios le dejó caer que si Jerusalem era un lugar tan lejano como sagrado y tan sagrado como inaccesible (porque los musulmanes habían expulsado a los cruzados y se enseñorearon de los lugares santos), él mismo habría de levantar una ciudad paralela para evitarse la caminata. Por si la declaración hubiera dejado alguna duda, el rey supuestamente ordenó construir el complejo al norte de un pequeño arroyo que aquí llaman, nada menos, río Jordán y que tiene clavada una gran cruz de piedra para despejar dudas.

La cruz monolítica clavada en el río Jordán de Lalibela

Y así, por ejemplo, los canteros vaciaron una montaña entera y tallaron en su centro la impresionante Biet Medhani Alem (la casa del salvador del mundo), nada menos que una basílica de cinco naves que, dice la UNESCO, es el templo monolítico más grande del mundo. Es la mayor, la más grande y más alta de las once iglesias patrimonio de la Humanidad, alberga un espacio interior de diez mil metros cúbicos y los arquitectos de la época tuvieron que retirar otros quince mil metros cúbicos de roca para que yo, entre otros, pudieran deslizarse por un túnel y pasear a su alrededor.

Posee cinco naves, la caracterizan las columnas que la rodean y tiene un techo de dos aguas que hoy parece frágil y enfermizo porque una enorme estructura la cobija de la erosión. Si todo esto parece impresionante, el que los sacerdotes te aseguren, con los ojos muy abiertos y absolutamente convencidos, que fue el rey con un ejército de ángeles quien la construyó en una sola noche te deja admirado y con ganas de no ser tan descreído. Dentro está la cruz de Lalibela, una pieza de oro de siete kilos con ochocientos años a sus espaldas que alguien robó en 1997 y que casi crea un conflicto diplomático porque apareció en Bélgica en manos de un coleccionista de arte. La cruz volvió a Biet Medhani Alem en 2001 y el sacerdote pudo continuar con sus ritos de frotarla a los feligreses para bendecirlos y sanarlos.

Mi cara de asombro no debe de ser nada en comparación con la de Francisco Alvares, un capellán portugués con ansias exploradoras que en 1520 se adentró en la región en busca del mítico reino del Preste Juan. En lugar del legendario rey cristiano el lusitano se encontró con este delirante complejo sin tener indicaciones previas de lo que iba a visitar. Al menos yo he visto fotografías que rebajan la impresión. Alvares flipó tanto que lo dejó escrito: ‘me cuesta describir lo que veo porque estoy seguro de que me acusarán de mentiroso… y eso que hay mucho más de lo que he escrito pero que no me atrevo a nombrar porque me llamarán farsante…’  

A poca distancia de Medhani Alem se encuentra otra maravillosa iglesia, menos recargada y más austera, pero igualmente magnífica: Biet Mariam, la iglesia de María. Los feligreses caminan apresurados entre unos muros que guardan los martillazos de hace diez siglos, envueltos en sus telas blancas y con permanente cara de preocupación. Una señora medita sentada sobre un banco de piedra, un sacerdote pasa como una aparición misteriosa, un niño corre apresurado, una gran alfombra descansa enrollada apoyada en una pared. No es un monumento muerto, precisamente.

Nuevamente se pregunta el visitante los motivos del delirio volcánico de aquellos arquitectos que tallaron las iglesias al revés, de arriba hacia abajo. Por eso la pretendida simpleza mueve a risa: no está ricamente tallada en su exterior pero sí en su interior y sólo ver las extravagantes formas de sus ventanas ya merece la pena. Por si fuera poco, a estos tallistas de lo imposible se les ocurrió dotar a la iglesia de María de tres porches, construidos también de arriba abajo. Una dificultad que no llego a valorar hasta revisar las fotografías porque, sinceramente, todo mueve a asombro. A estupor. Y asombro sobre estupor, maravilla sobre pasmo, caigo en la cuenta de que apenas he llegado a la mitad del complejo.