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Valla de Melilla por Hachero

Valla de Melilla por Hachero

Durante trece kilómetros y medio la tierra sufre surcada por enormes cicatrices. Cicatrices paralelas, costurón tras costurón, herida tras herida. Arrancan las cicatrices de las turquesas aguas del Mediterráneo, serpentean por laderas y montículos, esquivan camposantos, salvan el cauce de un río seco, bordean un colorido campo de golf, asisten al humillante hormigueo de los escarabajos-porteadores, y mueren en el mismo Mediterráneo del que arrancó. Cada kilómetro cuenta triple porque tres son las cicatrices que España ha levantado para evitar el paso del Otro Lado a Este Lado y las cicatrices no dejan de multiplicarse porque Marruecos, tal vez fascinado por el aspecto arrabalero de la tierra así surcada, ha decidido rajar también su terreno y contribuir al hipnótico paisaje de vallas, rejas, concertinas, estacas y cables de acero. Y cámaras térmicas, cámaras detectoras de movimientos, alarmas sonoras y ópticas, torretas de vigilancia, altavoces, patrullas en movimiento y patrullas estáticas. Puestos de vigilancia, tiendas de campaña, ojos avizores y oídos atentos. Y dos fosos, no nos olvidemos de los fosos, uno de dos metros de profundidad y otro, el que ahora construye Marruecos, de cuatro de ancho y dos de calado.

Valla de Melilla por Hachero

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Adrián me muestra el inicio de la valla de Melilla. ‘Este es el kilómetro cero’, me dice, ‘y sigue ahí abajo con otra valla a pie de mar’. Efectivamente: si usted mira precipicio abajo, la valla aún continúa por un escuálido espigón que indica que el cambio de país sigue aguas adentro y quién sabe si no se interna en las profundidades dividiendo también a los lenguados y las merluzas.

Valla de Melilla por Hachero

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Las patrullas vigilan permanentemente abajo y arriba y un todoterreno de la guardia civil aparcado a la sombra de unos árboles da fe. Al otro lado veo, a través del lío de alambres y cables, la némesis de la Benemérita. ‘Antes sólo había una valla de metro y medio’, me cuenta Adrián, un agente destinado en Melilla. Por increíble que parezca, aquella valla se respetaba más que la tupida maraña de alambres, concertinas, hierros cruzados, trampas metálicas y vallas de metal enrevesado. En 1998 se inició la construcción de la primera de esta jungla de vallas. A la primera siguió una segunda que se elevó hasta los tres metros de altura. En 2005 se subió aún más, en el punto álgido de los intentos por cruzarla, y alcanzó entonces los seis metros y se la dotó de cuchillas que dificultaban de un modo grotesco los intentos. Tan grotesco como el catálogo de heridas gore que causaba y que obligó al gobierno a retirarlas meses después. La cosa no paró ahí. En 2007 se añadió un cable rotatorio de tres metros que hacía aún más difícil el ascenso. La complejidad creció conforme crecían sus metros y entonces se entrelazó su calle central con cables para que no pudiera correrse por dentro. Los cables dan cierta grima, uno no puede menos que imaginarse saltando por ese infierno de maromas metálicas y dando de bruces contra el suelo.

Valla de Melilla por Hachero

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‘El modelo es tan efectivo’, me dice Adrián, ‘que vienen de todas partes del mundo: yo mismo he recibido gente de Japón, Alemania, Finlandia, México o los Estados Unidos’. Miro entonces la valla con cierto asombro y le digo: es imposible pasar. ‘Ni hablar’, responde, ‘tardan exactamente un minuto en cruzarla’.

¿Un minuto?

¡¡Un minuto!!

‘Traen ganchos con los que se agarran y escaleras, trepan con una velocidad de atleta, saltan de una a otra en grupos y muchos se cuelan aunque intentemos evitarlo’.

¡Y así trece kilómetros y medio!

Tres vallas, una maraña de cables y de hierros, y por si fuera poco, otra valla más, esta vez en el lado marroquí, al que se añade un foso de tres metros de profundidad entre la valla de aquel lado y la de este. ¡Y todo esto lo saltan en un minuto!

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La valla de Melilla tiene un paso internacional, el de Beni Enzar, y tres de ‘buena vecindad’. A través de uno de estos, el del barrio chino, los porteadores se afanan en arrastrar esos enormes paquetes de los que ya he hablado AQUÍ. En el paso inmediatamente anterior, el de Mari Guari, son niños marroquíes los que pasan dos veces al día para dar clases en un colegio islámico situado en la ciudad de Melilla. Y el de Ferhana, habilitado sólo para melillenses y vecinos de Nador, es un deambular de gentes cargadas con barras de pan. ‘Por el precio de una aquí te compras allí diez’, me dice un agente de la policía nacional, ‘y claro, no dejan de venir cargados de barras…’

Valla de Melilla por Hachero

La valla es, además de un ecosistema social y un catálogo de cicatrices, un pozo donde cae dinero sin fin. La de 1998 costó 33 millones de euros pero pronto hubo que duplicarla porque más que evitar entradas parecía un adorno de la carretera de circunvalación de Melilla. También tiene su propio foso, de cuatro metros de ancho y dos de profundidad, y no es sino un previo para la última valla levantada, una barrera con una alambrada de siete metros de altura inclinada diez grados hacia Marruecos para dificultar la escalada y coronada de concertinas barbadas, que suena muy aséptico para referirse a una hilera de cuchillas y mallas antitrepa que impiden el apoyo de escaleras. Y todo esto con la mentada sirga en medio, ese entramado de cables anclados al suelo con pivotes. Por si fuera poco, cámaras de visión diurna y nocturna que detectan movimiento, sensores que saltan cuando alguien se apoya en la parte exterior, focos que deslumbran cuando la alarma se activa y que ofrecen una aullante sirena. Y además de todo ello, torretas de vigilancia instaladas cada quinientos metros, patrullas motorizadas que recorren incesantemente toda la extensión de la valla… En el centro de control de la guardia civil de Melilla, un panel repleto de monitores: puedes ver cualquier cosa que se mueva junto a cualquier kilómetro de la valla.

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‘Pues aún así, si se empeñan en pasar, pasan’. Miro asombrado y me digo que yo no llegaría ni a la mitad de la primera valla. ‘Nos observan desde el monte Gurugú’, me dice Adrián, ‘antes calculaban el momento en el que el CETI, (el centro de estancia temporal de inmigrantes), liberaba plazas observando los aviones que despegaban del aeropuerto, sabían cuáles eran y tenían conocimiento de que se había desplazado cierta cantidad de inmigrantes a la península: esa noche intentaban el salto’. El monte Gurugú reluce allá al fondo entre una ligera bruma, ‘pero muchas veces ni siquiera se adivina que hay una montaña allá’, dice el agente, ‘las nubes lo suelen cubrir’.

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Al otro lado de la valla los obreros marroquíes se esfuerzan en terminar su propia versión de otra valla

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Al otro lado, la valla marroquí ya está prácticamente acabada. Una dificultad más para una protección que protege de los desprotegidos. Meto foco al otro lado y me encuentro un malencarado soldado marroquí que me observa en silencio. ‘No les hagas foto, que se enfadan’.

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Los soldados marroquíes viven junto a la valla, puedo verlos calentando ollas, los calcetines colgados de improvisados tendederos. A su lado pasa un abuelo en burro, un niño cargado de barras de pan, otro burro, dos jóvenes hablando por teléfono. De no ser por las cicatrices podrías alargar la mano y tocar a los vecinos de Nador. Puede que la valla atrape también las pelotas de golf del campo recreativo que verdea junto a la frontera y que ha ofrecido morbosas fotografías de golfistas esforzándose en mejorar su swing mientras subsaharianos heridos permanecían horas subidos en la cresta de la cicatriz.

Valla de Melilla por Hachero

El cementerio y el campo de golf son dos puntos de color que rompen la monotonía de la valla

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Al final de la valla, del catálogo de cicatrices, de la hipnótica acumulación de enrejados y metales se abre un curioso puerto que comparte bocana con otro puerto, el de Melilla y el de Nador, y con otro país y casi que podríamos decir con otro continente (aún siendo el mismo). Los pescadores marroquíes pasan rozando el espigón sobre el que desemboca el tramo final de la valla, como le ocurre a su hermana gemela, la de Ceuta, de la que también hablé AQUÍ. Una valla que termina como empezó, sobre aguas turquesas, mirando al Mediterráneo, una extraña red que pareciera especializada en pescar presas humanas.

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