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Paulos me abre la puerta de la iglesia de la Sagrada Trinidad de Adis Abbeba con el sigilo del que guarda algo muy valioso. ¡Y vaya si lo es! Al fondo del templo, en una esquinita apenas delimitada del resto del santo lugar, reposan para siempre (es un decir) los restos de un dios. O, dicho de otro modo, del Negus Negast (Rey de Reyes), Señor de Señores, el León Conquistador de la Tribu de Judea, Ras Tafari, Elegido de Dios, Protector de la Fe, el heredero del trono del rey Salomón, descendiente de la reina de Saba y Padre protector de África. Recuerdo entonces mis veinte años y los jerseys con la bandera tricolor de Etiopía, los pines del león de Judea y el reggae en las fiestas, la retahíla aprendida de las letras de Bob Marlye: king of kings, lord of lords, the conquering lion of the tribe of Judah, y resulta que ese tipo, el dios viviente que dio origen a toda una religión en una isla del Caribe, está ahí mismo.

Paulos me antecede el paso: le explica cosas de la iglesia a una hippy italiana de sienes rasuradas. La iglesia está en penumbras, recargada pero con aspecto nuevo. La conozco ya porque unos días atrás estuve en el entierro del señor Chabo y pude ver la parafernalia de los ritos cristianos ortodoxos etíopes. En soledad no impresiona tanto porque no es precisamente una iglesia antigua: fue construida en 1942, en pleno imperio del Rey de Reyes, y probablemente en estos bancos que ahora mismo cruzo se hincaba de rodillas el Señor de los Señores y Príncipe Respetable para rezarle al Altísimo, que para los rastas de medio mundo también era él. Él rezándose a sí mismo. Y ahí está: la tumba de Haile Selassie, el alias que eligió Ras Tafari Makonen, hijo de Ras Makonnen, gobernador de Harar y de Woizero Yeshimebet, nacida en la tradicional familia gobernadora del pueblo Oromo, descendiente directo número 225 del mismísimo rey David y, por tanto, 224 del rey Salomón y de la reina de Saba, que en Etiopía conocen como Makeda.

Esta es la tumba de Ras Tafari

Al lado del Negus reposa su esposa, Menen Asfaw

Porque Hailé Selassie fue todo un personaje, descendiente de Salomón y emperador hierático de Etiopía pero, seamos realistas: sin la chispa que encendió un predicador caribeño no hubiera sido más que una figura curiosa y con cierta relevancia en la historia de África del siglo XX. Marcus Mosiah Garvey nació en Jamaica a finales del siglo XIX y desde muy pequeño sintió el racismo que provocaba su piel negra. A pesar de nacer en una familia pobre, hijo de una empleada del hogar y un albañil y hermano de otras diez criaturas, el joven Marcus vivió en Costa Rica, en Panamá, en Londres y Nueva York. Sus viajes le confirmaron lo que ya sentía en su propio hogar: que los negros eran ciudadanos de tercera. Tras varios intentos infructuosos de revolucionar el mundo del activismo racial conoció en los EEUU a los líderes más importantes del momento y en 1917 recuperó un proyecto que ya ideó en Jamaica: The Universal Negro Improvement Association (UNIA), una organización que debía impulsar la integración civil de los negros, en la economía y en la política de las sociedades blancas. Organizó un periódico en Nueva York, Negro World, impulsó empresas formadas por negros y se destapó como un activo empresario y hombre de oratoria. Intentó, por otra parte, desarrollar las infraestructuras de Liberia como hogar de los negros llevados a EE.UU como esclavos y finalmente terminó siendo deportado a Jamaica por cargos que nunca estuvieron del todo claros.

Ras Tafari rodeado de soldados de su ejército

Un tapiz con el Rey de Reyes en su palacio de Addis Abeba

Todo ello daría para una breve biografía pero el locuaz Marcus lanzó en uno de sus discursos una predicción que cambió el panorama religioso mundial. ‘Estad atentos a África’, susurró a la audiencia, ‘porque cuando un rey negro sea coronado, el día de la liberación estará muy cerca’. Poco después, en 1930, Hailé Selassie obtuvo su corona y los seguidores de Marcus Garvey en su isla natal, Jamaica, sumaron dos y dos: cuatro. Si Marcus Garvey ha profetizado el ascenso de un rey negro en África y poco después aparece un rey negro en África, no puede haber dudas. Hailé Selassie es el elegido que nos traerá un brillante nuevo amanecer. Y si es el elegido para semejante tarea eso significa que no puede ser menos que el Mesías retornado. A la suma se le añadían aditamentos: en Jamaica no llovía desde hacía muchos meses y en la coronación del Negus cayó una tromba de agua. ¡Y además desciende directamente del rey David, el que derrotó a Goliat, y del rey Salomón, el más justo de los reyes! El nuevo emperador, que era Ras (un cargo honorífico en Etiopía) y era Tafari (su verdadero nombre), dio argumentos entonces a sus nuevos adoradores: los rastafaris. ¡Cómo no seguir al hombre que anunció Marcus Garvey (al que a partir de ahora los rastas identificarán para siempre como la reencarnación de San Juan Bautista)!

Haile Selassie reposa bajo una cristalera con su supuesto antepasado, el rey Salomón

Las casualidades no eran tales porque eran demasiadas: el propio Libro de las Revelaciones lo aseguraba rotundo. Tres veces se ha presentado Dios en la tierra. La primera, con la forma de Melquisedec, el rey de la Justicia que aparece mencionado en el Génesis. La segunda como Jesucristo. La tercera tenía que ser, por fuerza, Haile Selassie. Por si todo esto sonaba a complicada broma, el exilio del Negus tras la invasión italiana reforzó la creencia cuando el pequeño emperador retornó en 1941 a su país en loor de multitudes. La creencia se complicó cuando sus seguidores más sabios de Garvey identificaron una cita de los Salmos ‘Haces brotar la hierba para el ganado y las plantas que el hombre cultiva para sacar de la tierra el pan’ (104:14) y otra de los Proverbios, ‘mejor es la comida de hierba donde hay amor que de buey engordado donde hay odio’ (15:17) para justificar su conexión con el propio Jah, derivado de Yahve, a través de la hierba. O de la marihuana, que era lo mismo. Horrorizado por el monumental lío que había montado con su discurso, Marcus Garvey se desentendió de esta disparatada idea y afianzó su compromiso con la iglesia metodista, primero, y con la católica romana al final de su vida.

Haile Selassie, en su hierático convencimiento de su propia divinidad, no sintió precisamente desagrado con su ascensión al cielo de los rastafaris y hasta les regaló tierras en un territorio llamado Shashamane, al sur del país. Curioso como era incluso viajó a Jamaica para ver a esos negros tan raros que se llamaban todos como él y debió de sentirse embargado cuando decenas de miles de delirantes rastafaris lo recibieron a gritos a pie de pista en el propio aeropuerto de Kingston. Tanto entusiasmo que el emperador tuvo que regresar sobre sus propios pasos y refugiarse del fervor en el interior del avión. Los rastas jamaicanos ondeaban banderas etíopes, tocaban palmas y soltaban enormes humaredas de humo de marihuana: qué mejor expresión de respeto a un dios que, en su cosmogonía, aconsejaba la yerba para mejorar el contacto…

En honor al Negus y Rey de Reyes hay que decir que les informó a los líderes rastafaris de que, ‘no somos dios, no somos profeta, tan solo somos esclavos de Dios’, les dijo en su habitual plural mayestético según cuenta su sobrino, Asfa-Wosen Asserate. A pesar de su ego nunca les reconoció que fuera dios en persona, aunque sí que era su enviado… ‘La nariz está tan cerca de los ojos que no podemos verla’, contestaban los rastafaris a los que negaban la naturaleza divina de Selassie. Sea como sea, el movimiento rastafari colocó a un emperador medieval, alejado de cualquier modernidad, en el centro de un mundo popular, entregado, dispuesto a adorarlo. El León de Judea se convirtió en un símbolo y la bandera tricolor etíope en la bandera de los desharrapados, de la libertad, de la liberación del tercer mundo. Su reinado fue una mezcla de momentos heroicos mezclados con una soberana indiferencia al común de sus súbditos, su negativa a liberar ni por un momento ninguno de los variados cargos que atesoraba. Si bien intentó modernizar el país y tuvo eco en el panorama internacional gracias a su carisma (más bien lo veían como un exotismo africano que al menos impulsó la Organización para la Unidad Africana y les dio su sede de Addis Abeba), su negativa a modernizarse atrajo hambrunas, revueltas, golpes de estado y un alejamiento progresivo hacia su pueblo.

En Etiopía el célebre León de Judea es omnipresente

Todo acabó el 27 de agosto de 1975, cuando la junta militar que le dio el último y definitivo golpe de estado lo asesinó ahogándolo con una almohada en su propio lecho. Tenía 83 años y mantenía el mismo gesto imperturbable que le caracterizó siempre y que, según su sobrino Asfa Wossen Asserate, aprendió desde pequeño para demostrar imperio. Su reinado dio paso a una etapa oscura de genocidios y crímenes masivos. Pero su figura creció aún más porque los rastafaris, que hasta entonces eran una secta curiosa y exótica de Jamaica, lograron el mayor altavoz de su época: Bob Marley expandió el mensaje de Marcus Garvey y del Negus de Etiopía. Miro el féretro del Negus, colocado cuidadosamente junto a su esposa, la emperatriz Menen, y recuerdo su bañera, su inodoro, su cama y hasta su caja fuerte, situados en el palacio de Gunete Leul, en pleno centro de la capital Adis Abbeba, cuidados como reliquias de un pasado esplendoroso.

La cama de Haile Selassie junto a su caja fuerte, su lavabo o el inodoro que le servía de trono íntimo, todo lo que una vez tocó el Rey de Reyes se venera hoy en Etiopia

El edificio se me asemeja a una casa de vacaciones antigua en alguna playa del sur de España, amplia y como de escayola, ocupada hoy por una biblioteca, oficinas de la universidad y un pequeño museo. El Negus la mandó construir en 1930 y la convirtió en su residencia habitual hasta 1960, cuando un grupo de militares intentó dar un golpe de estado y asesinó a su gabinete ministerial entre sus paredes. El Negus sobrevivió de milagro pero no quiso seguir viviendo en un lugar ocupado por los espíritus de sus ministros. Años después un segundo intento sí tendría éxito y el todopoderoso emperador sería enterrado en un lugar desconocido durante muchos años. Dicen que bajo unas letrinas, lo que de ser cierto sería una afrenta inimaginable para quien fue rey, emperador y dios. En 1992 el gobierno que derrocó a los sanguinarios Derg trasladó sus restos a la iglesia de Ba’ata Mariam Geda y en el año 2000 el féretro cambió de lugar a esta iglesia de superior categoría donde reposaba su amada esposa.

La tumba hoy parece olvidada, en un rincón, la estancia con papeles desperdigados, cuadros que esperan que alguien los cuelgue y alfombras enrolladas por las esquinas. Ahí reposa un dios, y su esposa.

Los fascistas italianos se llevaron este león a Italia como parte del botín de guerra tras la conquista de Etiopía pero las protestas fueron constantes hasta que lo devolvieron en 1960

 

Aunque a decir verdad su imagen está por muchos rincones fuera de la iglesia, como lo está su padre Menelik y su adorado León de Judea. A los pies de la estación de tren de Adis Abeba el León de Judea otea serio el creciente mar de rascacielos chinos: cuando los italianos ocuparon el país se lo llevaron a Roma pero se desencadenó una cólera que tomó forma en 1938 ante Mussolini, Hitler y el rey Víctor Manuel III, cuando un etíope que desfilaba ante los tiranos se arrodilló ante la estatua para rezarle y cuando intentaron levantarlo mató a cinco italianos con su espada ceremonial. Finalmente Italia devolvió el león en 1960. Paulos me acompaña a la puerta con una sonrisa triste y los labios sellados. ‘Vuelva el sábado a las seis de la tarde’, me aconseja, ‘habrá muchos curas y todo esto estará mucho más animado…’