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Cuando salgo del corredor de piedras milenarias que da acceso a la explanada de Giza y veo la Esfinge no puedo menos que palidecer de asombro y abrir mucho los ojos. Cuando los bajo (los ojos) y veo esa multitud internacional haciendo piruetas para repetir las clásicas monadas fotográficas en las que besan los morros del pobre bicho milenario no puedo menos que recuperar la sangre que perdí en mi primer asombro y apretar el paso. La Esfinge me impacta tanto con su hierática dignidad como los turistas con su descuidada vacuidad. ¡Qué no habrá visto la pobre Esfinge a lo largo de su historia! ¿Harían monerías los antiguos visitantes del Bajo Imperio, los invasores sirios, los persas? ¿Se entretuvieron del mismo modo los ptolomeicos de Alejandro, los primeros árabes, los mamelucos?

La esfinge es tan antigua que los expertos sólo pueden especular sobre sus orígenes. La opinión más extendida dice que se levantó en los tiempos de la IV dinastía, la más gloriosa del Imperio Antiguo. El consenso se alcanza, pues, en el siglo XXVI antes de Cristo. Es decir: hace cuarenta y siete siglos. Hay quien cree que tiene más tiempo, como Edgar Cayce, un visionario con predicciones médicas de una exactitud prodigiosa para alguien que no sabía de medicina y que aseguraba haber sido sacerdote de la desaparecida Atlántida. Cayce dice que la misteriosa escultura tiene al menos diez mil años. Hay quien cree que no, que mucho más: al menos doce mil. La literatura es tan abundante como dudosa, eso sí.

Porque la Esfinge es tan antigua que da lugar a que cualquiera diga lo que crea oportuno y una cohorte de crédulos lo crea a pies juntillas. Estos científicos ucranianos dicen que tiene 800.000 años…  También se dice que la erosión de la Esfinge no sigue el mismo patrón que la erosión de los monumentos que la rodean porque sufrió las aparatosas lluvias de hace diez mil años (por lo que entonces tendría más de ciento veinte siglos…). Por no hablar de las teorías que le conceden un espacio de honor en cielos que cambiaron miles de años atrás.

Sea como sea, aquí, en este mismo punto donde me encuentro, en algún momento se han detenido a observar el extraño monumento desde soldados napoleónicos a judíos huidos de babilónicos y romanos. Con ciertas salvedades, claro. Porque en ocasiones la Esfinge se esconde, desaparece, está sin estar y nadie la ve. ¡Y eso sin moverse jamás del mismo lugar! Porque a lo largo de cuarenta y siete siglos, si estimamos la versión más extendida, nuestra protagonista ha visto de todo. Y a veces hasta se ha cansado de ver. Porque ha visto tanto que los vientos del desierto la han enterrado varias veces, ha dormido siglos bajo las arenas y hasta se cuenta que Tutmosis IV durmió una noche bajo su cabeza y soñó que la mismísima Esfinge le prometió el Imperio si le limpiaba la arena, ¡¡y eso era en el siglo XIV antes de Cristo!! Así que la dichosa Esfinge ha pasado largas temporadas enterrada, tranquila, descansando de la febril actividad que provoca su sola presencia. Sólo así se entiende que Herodoto no la mencione en sus celebérrimos Libros de la Historia. Sí la nombra, en cambio, Plinio el Viejo antes, paradójicamente, de morir él mismo enterrado bajo la lava del Vesubio.

Resulta extraño pensar que la Esfinge haya pasado milenios bajo la arena, sobre todo ahora que parece reinar sobre la ciudad

Los antiguos egipcios la llamaban Shesepankh, o ‘Imagen viviente’, porque reflejaba la cara de un faraón embutido en un cuerpo de león. Una representación de la fuerza y el poder que se le suponen a los faraones. Por eso la Esfinge está tocada con el pañuelo real y debía de acompañarle una cobra y una barba postiza ritual. De la cobra nadie sabe nada pero la barba postiza aún puede verse: eso sí, hay que irse al principal receptor de bienes expoliados del mundo, el museo arqueológico de Londres… Tampoco tiene nariz y la leyenda lo atribuía a un soldado otomano que la voló de un cañonazo en una broma histórica. Sin embargo dibujos previos a la invasión turca ya la muestran sin nariz así que no sabemos qué le ocurrió: parece que un fanático sunita no pudo soportar que los vecinos la adoraran como a un dios…

Los antiguos coptos también la llamaban Bel-hit, que viene a significar Guardián o Vigilante, aunque los árabes entendieron algo así como Hol y la rebautizaron como Abu el-Hol, o ‘Padre del terror’. Extraño bicho pues, un león con cara de faraón que para unos era un guardián pero para otros la viva imagen del Terror. Para mayor confusión, Esfinge es una palabra griega que significa ‘Estrangulador’ y entre los helenos representaba una criatura con rostro y busto de mujer, cuerpo de león y alas de ave. En sus inicios parece ser que estuvo pintada con colores fuertes, el cuerpo y la cara de color rojo, el pañuelo a rayas blancas y azules.

La miro estupefacto porque el bicho lo merece. La Esfinge tiene veinte metros de altura, cincuenta y siete de largo, se esculpió aprovechando un montículo de roca caliza de la meseta y se especula que la parte humana sea el rostro del faraón Kefrén. Se supone que frente a la estatua debió de haber un templo en el que se depositaban las ofrendas necesarias para tan magna deidad. Los egipcios asociaban al león con los jefes tribales y más tarde a los faraones y tal vez por eso esta Esfinge sea la Gran Esfinge, pero no la única. De hecho, este investigador piensa que hubo otra esfinge pero se destruyó hace milenios y no queda ni rastro. Sea como sea, las teorías inquietantes, difícilmente rebatibles, las que juegan con datos dudosos hasta amplificarlos como si fueran obra de seres misteriosos, se multiplican ante una obra que admite todo.

Vuelvo a pensar entonces en Edgar Cayce, el misterioso visionario que aseguraba poder conectar con todas las mentes del mundo y del que ya he hablado en este blog. Pero sólo lo hacía en trance y sin ganas porque le traía malos recuerdos, de cuando sufrió un accidente siendo aún un niño y estuvo a punto de perder la vida. El golpe despertó la conciencia dormida del pequeño Edgar y su inclusión en el mundo de sanadores y charlatanes. Pero también algo más. Edgar decía recordar vidas pasadas. Pero no sólo suyas: cualquier vida sobre la que se concentrara. Podían ser sus vecinos pero también el presidente del país o un profeta de la Biblia. A lo largo de su vida el extravagante y desconcertado Edgar dejó escritos 14.246 lecturas clarividentes de hechos pasados, o más bien remotos. De ellas, 1529 hablaban de Egipto. Como Hom Seti, la británica que después de sufrir otro accidente de joven despertó segura de haber vivido miles de años atrás en Egipto.

Al igual que ella, Edgar aseguraba haber sido un sacerdote del noveno milenio antes de Cristo y formar parte de una población huida del hundimiento de la Atlántida que buscó refugio en las orillas del Nilo. La literatura que dejó Cayce es tan extensa que aún hoy se estudia y su figura alcanza la relevancia de culto entre sus seguidores. Pero sus desvaríos sobre la Atlántida llamaron la atención de más de uno. Sobre todo de su hijo, Hugh Lynn, que quiso ver qué había de cierto en un augurio especialmente espinoso (por lo concreto): en 1998 debía descubrirse bajo las patas de la esfinge un salón oculto por las arenas del desierto donde se demostraría definitivamente que la civilización egipcia había nacido de esos atlantes huidos del cataclismo. Hugh decidió ayudar a cumplirse esa profecía y en 1973 contrata a un entusiasta en egiptología llamado Marc Lehner, entusiasta pero también extraordinariamente inteligente y cautivado por las teorías del ya fallecido Edgar Cayce. Hugh tuvo buen ojo porque Marc Lehner es hoy el mayor experto mundial en las pirámides.

El señor Lehner, convertido en experto egiptólogo a base de pasar noches, semanas, meses y años en la explanada de Gizeh observando y estudiando los vestigios antiguos, llegó a la conclusión de que su mecenas estaba pasado de rosca. Pero le había venido estupendamente porque se interesó tanto por Egipto que se había convertido, como decía, en una referencia mundial. Pero también le vino estupendamente al mundo de la egiptología porque la fundación Cayce invirtió una fortuna en demostrar que las visiones de Edgar eran ciertas y terminó por avanzar la ciencia de Egipto una barbaridad.

Por ejemplo, en 1974 realizan el primer barrido por radar a los pies de la esfinge para encontrar la enigmática sala de la Atlántida. Poco después introdujeron cámaras por los pies de la estatua para insistir en la búsqueda de la dichosa cámara. En las catas incluso llegan a encontrar un trozo de granito rojo de Asuán en un hueco bajo la gran estatua, una cosa inaudita porque en Gizeh no se da el granito de modo alguno.  Hoy parece generalmente asumido que sí, que bajo la Esfinge hay un gran espacio hueco pero aún no sabemos de qué se trata. En todo caso 1998 pasó sin que nada ocurriera.

Sigo mi camino. La Esfinge es fascinante pero es sólo el primer punto de una explanada mágica. La de Gizeh. Detrás me observa sombría la Gran Pirámide, con sus masas de turistas escaladores. La Esfinge me saluda amable: hoy está, mañana puede que decida volver a enterrarse bajo las arenas del desierto para despertar en un par de siglos. El tiempo es suyo…