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El 24 de agosto de 1943 una formación de bombarderos británicos de la RAF dejó caer una lluvia de bombas sobre posiciones del ejército nazi en el yacimiento arqueológico de Pompeya y dio una segunda muerte a los vecinos de molde que no consiguió borrar el Vesubio. Decenas de esos cuerpos de piedra que se resistían a desaparecer se esfumaron hechos añicos, pulverizados y aplastados bajo el peso de bombas de hasta quinientos kilos. Los vecinos de Pompeya volvían a morir, esta vez a manos del hombre, y por una nefasta casualidad lo volvían a hacer el mismo día y el mismo mes de la erupción, sólo que 1864 años después.

Las bombas de la operación Avalanche destruyeron, además, los arcos del Foro de Pompeya, la casa de Triptólemo, la casa de Rómulo y Remo, y hasta dos salas del museo pompeyano que albergaban miles de objetos de las primeras excavaciones de 1748 (iniciadas por Carlos III, en aquel entonces también rey de Nápoles).

Las bombas hicieron añicos lo que no se atrevió a destrozar el Vesubio, agrietaron el terreno, borraron frescos milenarios, hundieron plazas y plazuelas, derribaron muros. Desdibujaron el fresco de Diana y Acteón de la casa Salustio, tumbaron la Porta Marina, hundieron parte de la casa de la Diana Arcaizante y el atrio de la de Epidio Rufo y once de las dieciséis columnas corintias de la casa de los Diadúmenos. La segunda destrucción de Pompeya no fue cosa del azar, no fue cosa de un día, no fue cosa a olvidar. Unas semanas después del infame cumpleaños los aliados vuelven a las andadas y dejan caer una lluvia mayor de artefactos: desde el 13 de septiembre al 22 del mismo mes los norteamericanos bombardean día y noche la ciudad congelada en el tiempo. Según el documental Target for Tonight el objetivo fue minuciosamente elegido y no tuvo nada de azar.

La Porta Marina también se vio afectada por los bombardeos

La lava del volcán se demostró letal para los vecinos y la lluvia de piedras para los tejados. Las bombas humanas se demostraron letal para las infraestructuras que habían soportado la furia de la naturaleza. Aún hoy se encuentran, de cuando en cuando, bombas sin explotar en las ruinas de Pompeya. El investigador español Laurentino García y García fue el primero en romper el silencio atronador impuesto sobre el irracional bombardeo (impuesto obviamente por el bando agresor porque, al tiempo, fue el bando ganador). Amedeo Maiuir, que en aquel entonces era el superintendente de Pompeya, había en vano gritado a los cuatro vientos la envergadura de la agresión. Nadie le hizo caso. Sólo cuando Italia capituló ante los aliados y cambió de bando en la guerra pudo enderezarse la tragedia. El país quedó dividido en dos, el norte para los nazis, el sur para los aliados. Para Pompeya la división llegaba tarde: lo que no consiguió el volcán lo habían conseguido las bombas.

Según el libro de Laurentino, Daños de guerra en Pompeya, al menos cayeron 190 bombas sobre la ciudad congelada en el tiempo. Los daños se escondieron al gran público para evitar críticas en un momento tan delicado como el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Pero también se ocultaron más tarde por causas políticas. Eso sí: el silencio no evita que salgan bombas de cuando en cuando. En 2006, por ejemplo, apareció una bomba de mortero en la Casa del Quirurgo, y las autoridades italianas cerraron todo el yacimiento mientras actuaban los artificieros con la excusa de una ‘amenaza terrorista’. Tan sólo la aparición en el museo de Nápoles de veinte placas de vidrio con fotografías nos prueban que lo impensable había ocurrido. De hecho, en los archivos norteamericanos y en los británicos no hay ni rastro de los aberrantes bombardeos…

Con ser grave, el bombardeo de Pompeya no se cuenta entre los peores episodios de destrucción de joyas arqueológicas en Europa. La ciudad de Elblag, en Polonia, por ejemplo, sigue reconstruyéndose a partir de modelos informáticos y el 85% de Varsovia se volatilizó (el 43% de todos los monumentos polacos desaparecieron, desde iglesias medievales a palacios modernistas del siglo XIX), los puentes de Florencia volaron por los aires dinamitados por los nazis en su retirada, en Alemania Dresden perdió absolutamente todos sus monumentos históricos, en Francia la catedral de Reims sufrió daños irreparables por su condición de símbolo nacional al igual que la de Coventry en el Reino Unido o el palacio germánico de Wurzburg.

La destrucción del legado histórico y cultural parece formar parte de la estrategia de guerra y el propio Joseph Goebbels lo corroboró: ‘transformar en unas horas en escombro y ceniza lo que ha costado siglos construir pone en juego mucho más que el terror de la población’. Hoy podemos verlo en Siria con la destrucción de Palmira y Alepo, en Afganistán, con los budas de Bamiyan, en Irak con la estrategia destructiva de los restos asirios y sumerios. El hombre no es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. El hombre es la piedra…