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Hubo un tiempo en el que Nápoles tenía la última palabra en la moda, a la altura del Londres o del París actual, muy por delante de su archienemiga Milán. Claro que eso fue siglos atrás y ahora Nápoles presume de su relación con la ropa a través de mafiosos que falsifican marcas, como cuenta Roberto Saviano, o bien de tendederos. El sol del cielo napolitano apenas llega al suelo porque los rayos caen en una de las mayores trampas trenzadas por el género humano: el de las cuerdas suspendidas en los aires del Quartieri Spagnolo, con su abundancia de ropa al fresco, sus amplísimas colecciones de calcetines, calzoncillos, bragas, camisas, sábanas, jerseys y cubrecamas.

Hay algo íntimo en esta profusión de prendas usadas que huelen a lavanda, una intimidad que convierte las calles en pasillos de viviendas, en algo propio, hogareño, la vía pública como continuación de las azoteas y de los balcones y de los pasillos y de las propias habitaciones. Una impresión que se acrecienta con las mujeres que caminan ensimismadas hablando a voces con sus teléfonos móviles, ataviadas con batas y en zapatillas de felpa mientras evitan charcos y colillas y basuras desparramadas entre paredes desconchadas y suelos irregulares.

Los altares de las vírgenes y cristos y Maradonas que decoran todas y cada una de las paredes, las esquelas pegadas en los muros y muretes, los anuncios comerciales, las cañerías a ojos vista, todo parece envuelto en halos mágicos e irrepetibles que no son más que ropa húmeda, ropa goteante, ropa limpia que brilla sobre las cabezas napolitanas y parecieran rodear la ciudad en una cúpula textil.

Porque no hay nada más transparente que tu ropa íntima a la vista de todos, tus interioridades, tu calzoncillos desgastados por el roce, tus bragas holgadas color carne, tus calcetines con tomates y hasta peras y melones, tus camisetas desgarradas, pasadas de moda o demasiado atrevidas, tus pijamas con manchas indelebles, tu camisón con ribetes cursis, tus colchas, tus cortinas. No es difícil saber qué posición ocupas en la sociedad nada más que mirando la ropa tendida y aquí todos pueden verlo, no hay nada escondido. Curioso, pienso pensando en la famosa camorra napolitana, que todo el casco histórico, toda la ciudad en suma, sea una enorme prisión en la que esa expresión, ‘hay ropa tendida’, se usa para advertir de que se acercaban los funcionarios y era hora de cambiar de tema. Si aquí la usaran para despistar a la policía terminarían también por despistar a los mafiosi…

En México, por ejemplo, esa frase se usa cuando los que se acercan son niños y aquí los niños circulan en sus vespas a toda velocidad esquivando peatones y las sempiternas cagadas de perro y por supuesto y también las gotas asesinas que caen de las alturas. La ropa tendida de Nápoles iguala clases más allá de la pública exhibición: sólo en los barrios realmente distinguidos los balcones lucen impolutos, limpios de ropa tendida, y uno adivina patios interiores en los que la ropa cara de gente cara se seca al carísimo fresco de carísimas sombras. Pero sólo algunos barrios distinguidos porque veo aquel palacio de fachada renovada y portero en portería que también luce su colección de corsés y de sujetadores y de faldas cortas.

De aquel balcón desciende parsimonioso un cubo azul en busca de una prenda caída, de una pinza perdida, del pan recién hecho. Para todo sirve el cubo, para todo vale, sobre todo para evitar bajar de un quinto sin ascensor para recoger una simple pinza. Porque los ascensores napolitanos son un lujo tan excesivo que algunos sólo funcionan si les echas diez céntimos para el trayecto. Y en Nápoles, como en todo el sur de Italia, no está el horno para bollos. Por eso los bollos se cuecen en los hornos y no en tendederos. Aunque si a algún alcalde español le diera por pasearse por las calles napolitanas igual la cosa cambiaba y calentaban la ropa en los microondas. Recordemos que en muchas ciudades españolas, como Alicante , Tenerife  o Barcelona, está prohibida esta práctica y multan a los insumisos con sumas hirientes…