Por la plaza de los Mártires de Beirut camina una pareja de recién casados. Ella va radiante, su traje plateado, su rostro exultante, no suelta el ramo de flores. El novio sonríe feliz, no cabe en el traje de júbilo. A su alrededor se arremolinan revolucionarios que sonríen exultantes ellos también. No sabría decir si vienen de la ceremonia o si van, si pasan por aquí o se han solidarizado con el movimiento de protesta. Pero a su alrededor la gente baila, suena música, parece que estamos en el convite, solo falta la tarta nupcial.

Suena un ulular lejano, asoman luces tras el escenario de la plaza. Tengo sensación de fiesta, de fiesta nupcial, de fiesta en la que los abuelos bailan con los nietos, fiesta en la que los adultos parecen niños y los niños dirigen la orquesta. Una fiesta familiar en la que puede sonar una canción de bebés tiburones que entusiasma a los niños y de pronto un rap de conciencia que saca a los adolescentes su cara más malota para seguir con un clásico entre los clásicos que emociona a la abuela y acaba con el himno nacional que a todos une en rostros serios y sentidos.

En una calle en penumbras un grupo de amigos baila. Al final de la misma calle, otro grupo de amigos baila. Al principio de la calle, donde se abre la plaza, un tercer grupo de amigos baila. Entre las penumbras se mueven tres tipos que arrastran algo: unos enormes altavoces. Subidos en dos sillas dos amigos bailan y a sus pies una pareja danza. Hay bailongos subidos en poyetes, en columnas, en los techos de algún coche. Bajo la estatua de la Plaza de los Mártires una chica toca algo parecido a un arpa electrónica y arrastra en una improvisada rave a una pequeña multitud que ondea banderas rojiblancas.

En Baalbek los manifestantes también bailan ante las narices de los simpatizantes de Hezbollah, poco aficionados a estos saraos.

¿Por qué es tan musical esta revolución? ¡Y no solo musical! Yo diría ruidosa. En la calle El Amir un grupo, dos grupos, muchos grupos, personas solas, parejas, gente en general, golpea con fuerza las paredes en una cacerolada que tiene algo de anarcorítmico. ¿Por qué todo el mundo se empeña en hacer ruido, cuanto más mejor?

Este video muestra lo que cuento en el post con videos del móvil y de la cámara de fotos: los días en los que Beirut fue una fiesta

‘La revolución está encendida’ parece la proclama y todos encienden las linternas de sus teléfonos móviles, cantan serios el himno nacional con reminiciscencias falangistas, cantan una amplia lista de canciones que ya rula por spotify con alguna melodía infantil como ‘Baby Shark’ liderando la más extraña de las listas musicales revolucionarias.

La lista tiene su interés: baby shark es la más desconcertante pero hay otras muchas. Por ejemplo, las versiones del Bella Ciao que la serie española La casa de Papel ha propiciado y que ha resucitado a los viejos combatientes italianos.

Por ejemplo, el hit de Mohamed Ramadan y Saad Lamjarred ‘Ensay’ despierta pasiones entre el respetable, un grupito de chicas musulmanas salta como un resorte, parecen enloquecidas, dos muchachos interpretan algo que se me escapa, tengo ganas bailar.

Tiene algo de musical la revolución: un grupo se planta ante la mezquita Mohammad AlAmin e interpreta canciones muy serias entre el fervor de un amplio grupo de chicas con chador. Los vendedores de agua se entremezclan con los bailarines, en una esquina dos muchachos fuman narguile, un señor anuncia linternas volantes junto a otro que vende banderas rojiblancas. Definitivamente tiene algo de feria ambulante, de fervor revolucionario de ocho a tres, una revuelta amable y cantarina, con luces que iluminan el negro cielo beirutí entre gritos de admiración. Siempre bajo la amenaza de que un día todo cambie y la paz musical y el buen rollo terminen en otra temida guerra civil. Espera: ¡suena Ensay y la plaza enloquece de nuevo! 

Pero no son las únicas melodías que despiertan pasiones. Mi favorita es la historia de Julia Boutros, una de las voces más destacadas de la lista de canciones revolucionarias. Porque Julia es una cantante con más de treinta años de carrera y adorada por todo el país pero hoy es la esposa de Elias Bou Saab, ministro de defensa y, supuestamente, hombre de malas pulgas. Su canción ‘Kellon yaani kellon’ (todos ellos significa todos ellos) se ha puesto de moda, cambiándole alguna estrofa, para convertir lo que fue un himno contra la invasión israelí en un himno contra el gobierno … de su marido… 

El señor Bou Saab debe de estar que trina en su casa mientras escucha la canción de su querida esposa convertida en arma arrojadiza pero también Ziad Boutros, el hermano de su querida esposa y, por tanto, cuñado, intérprete de unas letras conocidas como ‘Ana Betnaffas Horriye’ (yo respiro libertad)  (aquí abajo interpretado por Julia entre un mar de admiradores) y de otra más, ‘Nehna el-sawra wel ghadab (Somos la revolución y el cabreo) que si bien fueron compuestas con otro objetivo en esta revolución tan sonora se insertan del todo bien.

Julia tiene más pelotazos en esta revolución, para mayor deshonra de su marido: ‘Ghabet shams el-Hak’  (El sol de la justicia se ha puesto, merece la pena ver el vídeo porque la marea humana de admiradores casi no la dejan cantar…) denunciaba la ocupación del sur del Líbano por el ejército israelí: en Trípoli, al norte del país, de mayoría sunita, la han cantado extendiendo sus manos al modo chiíta, como guiño a sus paisanos del sur.

‘Lebnan Rah Yerjaa’ (Líbano volverá), de Joseph Attieh, aquí arriba, también envuelve las plazas y los manifestantes cantan emocionados sobre todo una estrofa en la que Attieh cuenta que el libanés seguirá en el Líbano aunque solo queden cinco casas en pie en todo el país: una canción también descontextualizada del periodo de la guerra con Israel. Solo su inicio, tan épico y serio, estremece las multitudes:

La famosa ‘Ya Mustapha’ de Bob Azzam ha resurgido de sus cenizas para extender decenas de versiones tuneadas del no menos famoso Hela Hela Ho como un insulto a la madre del ministro de asuntos exteriores, Gebran Bassil, responsable de los cortes de luz que padece el país y, por si fuera poco, nuero del presidente del Líbano, el no menos vilipendiado señor Miachel Aoun: un compendio de nepotismo y corrupción que los manifestantes rechazan. La expresión que alude a su señora madre puede también traducirse como ‘que te jodan’ y esa es la opción que prefieren los manifestantes. Algunos la rechazan por misógina y desagradable pero aún así ha vuelto en los labios de las feministas, que ahora la toman con el tío del ministro en lugar de con su madre… Para terminar de liar la cosa los partidarios de Bassil han compuesto versiones alternativas en las que le declaran su amor.  

La plaza de los Mártires sigue como un solo ser las indicaciones del maestro de ceremonias, un tipo subido a un escenario con una voz que parece un rayo: ‘encended las luces’, truena y un mar de manos se eleva con sus teléfonos móviles encendidos. El efecto, visto desde las alturas, es desconcertante y parece una consecuencia lógica de unas protestas tan rítmicas. Pero nadie se fía: el peligro de que todo se desmadre en una violencia desmedida, tan conocida aquí, es grande. ‘Lo peor es que al gobierno se le ocurra ponernos otro impuesto’, me bromea un muchacho que baila en una rave improvisada con un DJ subido sobre el techo de un vehículo. ‘Todavía se les puede ocurrir ponernos un impuesto cada vez que queramos bailar…’. 

No demos ideas…