Los niños llevan un ventilador a pilas con el que refrescarse bajo el paraguas con protección para los rayos UVA de sus padres. Así pueden atender mejor a las palabras que ese señor les dirige desde lo alto de una escalera. Porque el calor es inclemente y no hay nadie en la ciudad que se atreva a salir a la calle sin su correspondiente aparatito a pilas. El suelo arde por el sol y los lápices de cera se derriten sobre el ardiente acerado, queman las tijeritas con las que recortar las figuras que la organización de los indignados hongkoneses ha imprimido, huye al cielo un globo de colores liberado de la torpe presión de unas débiles manitas, en un carrito llora un bebé. Es domingo por la mañana temprano pero ya cae a plomo el peor de los soles africanos sobre el asfalto de Hong Kong y la protesta de hoy quiere demostrarle al mundo que los indignados no tienen edad. O que tienen todas. 

Aquel niño no lleva un ventilador a pilas: lleva dos. Bajo los soportales de un ramillete de comercios cerrados hace su agosto un vendedor callejero de agua. Le pido dos litros de la mas fría pero antes de abrir la primera botella el calor ha convertido el liquido en sopa. ¿Quién en su sano juicio está aquí y no en uno de esos enormes edificios acondicionados con el frescor del polo? Son los retoños de la revolución hongkonesa, la cantera de un movimiento que no entienden ahora pero que entenderán en un futuro porque solamente cuando el más viejo de estos niños tenga la edad de los más jóvenes de los manifestantes que cortan avenidas y se cuelan en el parlamento sabremos si todo esto sirvió de algo. 

El gobierno chino prometió a Londres, y a la comunidad internacional, que hasta 2047 mantendría quietas las zarpas de gran dragón devorador. Pero la tentación es demasiado grande: ¿cómo no van a meterle mano a ese bocado exquisito? ¡Si ya controlan medio África, si han hecho suyos Laos, Camboya, Kirguizistan o Myanmar, si la expansión es tan grande que parecen más bien una versión oriental de Alicia creciendo a toda pastilla en el interior de aquella casa! Cuando los padres de estos niños nacieron, al otro lado de la frontera, ya en China, había un villorrio de pescadores llamado Shenzen, con apenas treinta mil habitantes y un solo taxi, un brumoso pueblecito que lindaba con uno de los centros financieros más vibrantes del planeta. Pero en 1980 el gobierno de Deng Xiaoping concedió la primera Zona Económica Especial del país precisamente a ese lugar de tranquilos pescadores y la cosa se fue de madre: la ciudad hoy tiene oficialmente doce millones de almas (pero en realidad viven unos veinte millones), se la considera la Silicon Valley de Asia, los antiguos pescadores han creado gigantes como Huawei o WeChat, hay más de ocho mil empresas de alta tecnología, el metro cuadrado cuesta cinco mil quinientos euros de media y su PIB es similar al de Irlanda

Visto desde el aire Shenzen deja en ridículo a su vecino Hong Kong con sus doce millones de habitantes, sobre todo porque la ciudad se une a otras como Dongguan o Cantón y parece no tener final. Una macrourbe futurista en expansión que devora todo lo que tiene a su alcance y que supongo Pekín creó para hacer sombra a la entonces colonia británica. Y ahí radica el problema para estos tiernos infantes que buscan desesperadamente sombra y líquido. Cuando tengan la edad del señor que dice cosas extrañas subido en esa escalera Hong Kong y Macau serán la guinda de un clúster de ciudades en el delta del río de la Perla. Se acabará entonces, supongo yo, eso de conducir por la izquierda, de que todo esté rotulado en dos alfabetos, se acabó que la gente se organice para protestar por todo. Basta de sandeces. Los chinos no protestan, al menos que se sepa públicamente, los chinos pueden enriquecerse, trabajar hasta la extenuación, prosperar, conducir caros deportivos y viajar a donde les plazca: se acabó el comunismo de cuello Mao con restricciones individuales de todo tipo. Ahora solo hay una: no se chista. El clúster de ciudades del Delta del río de la Perla tendría, de ser una realidad mañana mismo, casi setenta millones de personas. Un país en una macrourbe. 

En el lado chino la actividad es frenética, como de hormigas tropicales: trenes de excelsa velocidad, más puentes, más carreteras, más autopistas, más empresas, más tecnología. El puente más largo del mundo, la mayor cantidad de rascacielos construidos en el menor tiempo posible. Dice la Hurun Rich List of China que solo en Shenzen hay 50.400 millonarios relacionados con las tecnologías. Las inversiones, las subvenciones estatales, las mejores mentes de la ingeniería y tecnología del mundo llueven sobre la ciudad. ‘No somos chinos, somos hongkoneses’, dice una señora al mundo a través de un cartoncito pintarrajeado, precisamente, en chino. Me recuerdan a la última carta de los gibraltareños: no somos españoles ni brexitanos, somos yanitos…

Los niños están a punto de caramelo. En los selfies salen mustios, empapados en sudor, las miradas perdidas. Parecen menos combativos que sus mayores: ¿para qué?, parecen decir con sus ojitos acuosos, la ola es demasiado grande, son gigantes y no molinos señor Quijano. ‘El futuro pertenece a los niños y por eso les hablamos de lo que ocurre hoy día en Hong Kong’, dice una señora sentada junto a una gran pancarta pintarrajeada con colorines en el suelo. Lo que empezó como una protesta por una controvertida ley que permitía la extradición a Pekín ha terminado en una explosión de miedo ciudadano al mismísimo futuro. Hasta ahora los hongkoneses han seguido viviendo su particular burbuja, liberados ya de esos colonialistas estirados que venían de Londres a explotarnos sin querer pensar que los cambiaban por estirados emperadores venidos de Pekín. La ley que encendió la mecha proponía extraditar a China, Taiwan y Macao a criminales sospechosos, por ejemplos, de delitos como homicidio o violación. Ocurrió porque un joven hongkonés asesinó a su novia en Taiwan y volvió a casa seguro de quedar impune porque no existe un acuerdo de extradición entre Taiwan y Hong Kong. Las autoridades hongkonesas insistían en que cada decisión se abordaría individualmente, que estaban exentos los delitos políticos, religiosos y de evasión de impuestos. 

Los niños están mustios bajo el implacable sol y sudan a chorros

¿Defienden los manifestantes a un asesino? ‘El sistema judicial chino es kafkiano’, me contaba un joven en el aeropuerto, ‘entras para no salir más y que nadie sepa ni dónde estás, la tortura está generalizada, los jueces toman decisiones políticas y esta ley abría una puerta muy peligrosa para todos’. Comienzan las sospechas: ¿y si me detienen por protestón? ¿por defender la causa equivocada? ¿por cuestionar decisiones del gobierno? Los hongkoneses disfrutan de libertad de expresión (solo hay que verlo estos días), tienen libertad de reunión, libertad de prensa y de publicación, una organización diferente del resto de la China continental. Y así debería ser hasta el traspaso definitivo en 2047, según lo acordado.

Pero China es un niño gordinflas que mira con deseo la gran tarta de merengue y nata que alguien ha puesto a su alcance sobre una mesa bajita. Ya le ha dado un lengüetazo sin que nadie se diera cuenta, le ha rebañado una esquinita con el dedo gordo, ha desaparecido una guinda y el chocolate está maltrecho. Y el niño gordinflas sigue con hambre. Un ejemplo: Reporteros Sin Fronteras ha descendido a Hong Kong desde el puesto 18 en 2002 al 73 en el 2019 por el deterioro de la libertad de prensa. Los manifestantes acusan a la jefa del gobierno autónomo de la ciudad, Carrie Lam, de ser una marioneta de Pekín y piden que se vaya. Nada nuevo porque todos sus antecesores han sido acusados de lo mismo desde 1997 debido a un sistema de elección muy rígido, en el que el sufragio es indirecto a través de un comité de notables que, ellos sí, designan al ministro jefe entre las propuestas que lanza, quién si no, Pekín. A mi alrededor las madres de los niños tienen otro grito: ‘Carrie, no eres mi madre’. Al principio no lo entiendo pero una me lo aclara: ‘la señora Lam trató a los hongkoneses como si fuéramos niños mimados a los que no puede estar dando caprichitos permanentemente’.

Desde entonces, la señora Lam ha caído en la peor de las desgracias: considerada una marioneta de China, alejada del pueblo hongkonés (ha declarado que se retirará a la campiña británica cuando se jubile), seca y de modales adustos, los hongkoneses le tienen de todo menos simpatía. ¡Y encima los acusa de niños malcriados! Lo peor es que todo está cerca de la verdad: China la corteja desde que se hizo cargo de las conversaciones con los manifestantes de la revolución de los paraguas de 2014, bajo su mandato los cuerpos policiales han perfeccionado sus métodos coercitivos y ahora se parecen sospechosamente a sus colegas del otro lado de la frontera, su sequedad en el trato la convierte en una estatua zen en la que las lágrimas parecen de cocodrilo. Por si fuera poco Reuters desvela que sus planes para terminar con la revuelta, desde retirar definitivamente la ley de extradición a investigar la brutalidad policial pasando por elecciones democráticas que supere el actual sistema, no volver a hablar de disturbios sino de protestas y liberar a los detenidos, ¡¡¡fueron rechazados por China y ella no pudo más que bajar la cabeza y obedecer!! Tienen pues razón los manifestantes cuando la tachan de títere o de cosas más feas…

Los recortables que reparte la organización tienen todo el arte: puedes recortar figuritas de periodista internacional, manifestante con paraguas, paramédico, manifestante con casco y hasta manifestante con la imprescindible botellita de agua. Puedes recortar los cuerpos de dos personas y vestirlos a tu bola: los manifestantes pueden llevar camisetas negras, paraguas de colores, cámaras de fotos, cascos, gorras, viseras, gafas especiales. Los policías también son desmontables: hay máscaras antigas, conos, gorros de Bobby, cascos, metralletas, porras extensibles, chalecos antibalas… Falta un muñeco con la cara de la señora Lam y unos hilos que se pierdan en la lejanía. Pongamos que en Pekín…

Los niños siguen derritiéndose bajo el inclemente sol mientras suenan músicas festivas, las familias se refugian en la disputadísima sombra, los líderes de la protesta desfilan por el micrófono pidiendo un futuro para los niños. Allá lejos, detrás de los rascacielos, los chinos siguen a lo suyo, construyendo la mayor macrourbe del mundo, comiendo el chocolate de la tarta a su alcance y soñando con la nata y las guindas al otro lado de la frontera. Parece que es cuestión de tiempo y que el niño gordinflas que es China no podrá esperar al 2047 para devorar su pastel….