La piedra de Abdul tiene casi veinte metros de largo, seis de ancho y una altura de cinco metros y medio. Es el orgullo de Abdul, no hace falta decirlo. Podemos decir que quiere tanto a su piedra como a su familia. Y no es un menosprecio, ni mucho menos: su esposa, sonriente a su lado, descarta cualquier tipo de celos con una amplia sonrisa: entre ellos siempre habrá una piedra. Ambos posan para mi cámara ante la piedra de Abdul. La piedra de casi veinte metros de largo, seis de ancho y una altura de cinco metros y medio. Y mil seiscientas cincuenta toneladas, que se dice pronto. Una piedra que unas manos hábiles tallaron dos mil años atrás y que un grupo de arquitectos planeó sirviera de base al enorme templo de Júpiter que está unos mil metros más allá del hogar de la piedra de Abdul. En el recinto arqueológico que alberga el templo de Júpiter y el de Baco las proporciones son tan gigantescas que ahora no me extraña el tamaño de la piedra de Abdul. Por no extrañarme ya ni me extraña que Abdul encontrara su piedra en un vertedero y dedicara media vida a sacarla de entre las basuras.

Abdul me muestra en su tienda la evolución de la piedra, desde que era todo un vertedero hasta hoy, que es un atractivo turístico más.

‘Así es’, me dice Abdul, ‘la saqué de la basura yo solo’. ¡Pero qué me dice usted! Miro la piedra y miro a Abdul. Usted bromea, le digo. ‘Mire aquí’, me dice mientras me lleva a su tienda de souvenirs: tiene la pared forrada de recortes de periódicos, fotografías antiguas en las que se ve el yacimiento cubierto de porquería, él mismo de joven, de adulto, de cincuentón. ‘¿Lo ve?’, me pregunta triunfal, ‘soy yo y puedo asegurarle que yo he sacado esa piedra de un vertedero’. Abdul Nabi al-Afi es una celebridad en Baalbek por su particular empeño en demostrarle al mundo que esa roca que asomaba del fondo de un vertedero era algo más que una simple piedra. ‘Ahí había de todo, desde restos de animales a basura casera, bolsas de plástico, detritus…’.

La piedra de Abdul es tan grande que ese hombre a su lado parece una mota de polvo. Y para que nadie dude, la piedra de Abdul lleva el nombre de Abdul pintado en un extremo…

Abdul recuerda su empeño mientras me prepara un café de cortesía, como hace con todo curioso que se acerca a ver su piedra. Alguna mano experta, como decía, talló esa roca hace dos mil años para servir de podio al templo de Júpiter pero algo ocurrió que impidió el traslado y la enorme roca quedó olvidada en lo que había sido la cantera del templo. Y los años pasaron y pasaron hasta que nadie recordaba que ahí había una piedra enorme tallada por manos expertas. O mejor dicho: sí, a principios de siglo aún venía gente a verla porque se consideraba una maravilla y la piedra tallada más grande del mundo. Pero luego vinieron las guerras: otomanas, mundiales, civiles, guerras contra los vecinos de Israel, contra el mundo entero. Y la gente, ocupada como estaba con tanto trasiego, olvidó que ahí se encontraba una piedra tallada por manos expertas hace dos mil años.

A un kilómetro de distancia se levanta el complejo de los enormes templos romanos y hay entonces que pensar en cómo diantres trasladaron piedras como la de Abdul hasta allí…

Abdul, que es vecino de Baalbek, trataba de convencer a los vecinos de que no tiraran ahí la basura, que esa piedra prometía y que seguro que había cosas ahí abajo. No es nada raro que haya cosas bajo cualquier cosa en Baalbek porque es una acumulación de civilizaciones que marea al más escéptico. Solo el yacimiento del templo de Júpiter hace que este lugar sea un enigma único con edificios que superan por mucho la majestuosidad y altura de la mismísima Roma. Pero nadie hacía caso a Abdul. ‘Nadie’, menea la cabeza con una sonrisa: la sonrisa del que tenía razón. Pero Abdul tuvo que prestar servicio en el ejército y sus vecinos aprovecharon que el pesado friki de las piedras se había ido para tirar aún más basura en el recinto. La piedra, que sobresalía solo en parte, se hundía más aún con cada bolsa de basura, desaparecía de la vista como vestigio histórico, olía regular, no había quien se acercara. A excepción de Abdul, claro está, que en cada permiso venía con cara de Sísifo a limpiar lo que sus vecinos habían tirado.

Reconoce que fueron tiempos difíciles, que tenía que compaginar el trabajo en el ejército con su obsesión pétrea, que sus vecinos lo tomaban a rechifla y que pensó en darle a más de uno con la dichosa piedra en la coronilla. En 1991 Abdul se propuso recuperar esa piedra ya en serio y como proyecto de vida pero necesitaba un permiso oficial. ‘Por si alguien viniera a detenerme’, dice Abdul buscando mi comprensión. ¡Y vaya si la encuentra! Este país tiene muchas cosas magníficas pero la corrupción no está entre ellas y eso lo conocen de sobra los locales: mejor tener un permiso oficial, que viste mucho y calla bocas. He dicho que la corrupción no es lo mejor del Líbano pero debería de añadir que la burocracia tampoco: dos años le costó al bueno de Abdul conseguir la pertinente firma. ¡Y eso que era un militar! Con el permiso en la mano, Abdul tuvo entonces que lograr un préstamo porque era tanta la basura que sus manos no daban abasto. ‘Afortunadamente mi cuñado me echó una mano y en el banco me dieron una ayuda’. Y así pudo alquilar un bulldozer y empezar una excavación arqueológica con maquinaria, algo que pondrá los nervios de punta a cualquier arqueólogo que me esté leyendo.

Cuando los arqueólogos excavaron en el yacimiento de Abdul encontraron otra piedra más, hasta entonces desconocida, esta tumbada y enterrada. Ahora Abdul tiene no una piedra sino dos….

Abdul superaba los problemas con maestría pero le faltaba tiempo. ‘Seguía en el ejército y solo trabajaba en mis permisos’. La sombra de Sísifo le vuelve a cruzar la cara: ‘cada vez que regresaba a Baalbek me encontraba el recinto lleno de basura otra vez’. Así que consiguió licenciarse para convertirse en arqueólogo a tiempo completo, ante las miradas divertidas de sus vecinos, para los que debía de ser algo así como el loco del pueblo. ‘Me decían que solo era una roca y que yo había perdido el juicio’. Pero Abdul sembró arbolitos alrededor del recinto, colocó parterres, construyó escaleras, rebajó el terreno. ‘Por la noche venían vecinos y para tocarme las narices tiraban bolsas de basura’. Abdul se desesperaba pero no cejó en su empeño: estudió la basura para encontrar a sus dueños. ‘Siempre encontraba algo en su interior’, dice risueño aunque puedo imaginarlo como poseído en aquel momento, ‘podía ser una factura, el nombre de un niño, una dirección….’. ¡Pero ni aún así! Finalmente Abdul, que además de militar y arqueólogo aficionado a las piedras es un hombre resolutivo, tuvo una idea: pidió a los vecinos una cantidad de dinero muy pequeña para contratar un servicio de basuras y él mismo aportó lo que los renuentes se negaban a poner. ‘Encontré un hombre con una pickup que aceptó recoger la basura y los vecinos vieron que era bueno porque la basura ya no se pudría al sol’. Su ejemplo despejó el yacimiento y unos años después incluso el ayuntamiento copió el sistema y absorbió la idea de Abdul: institucionalizó la recogida de basuras.

El tiempo ha dejado una marca indeleble en la parte de la piedra que permaneció enterrada durante siglos.

El yacimiento comenzaba a coger color. Abdul montó una tienda, la llenó de souvenirs baratos, guías de viajes, fotografías, postales y un gran cartel con el que se anuncia a los turistas: ‘La piedra más grande del mundo’. ¡La piedra de Abdul ya era una realidad! Y los visitantes comenzaron a llegar. De hecho, mientras me sirve el café aparece un autobús con turistas polacos que trotan escaleras arriba y abajo, se suben a las tumbas, se toman fotos, ríen como solo los polacos ríen. Y ahora viene un coche con cuatro venezolanos. Todos reciben una taza de café, cortesía de la casa dice siempre con una sonrisa, la cafetera silba asfixiada cuando los picos de visitas se suceden, su esposa trae más tazas. ‘Firme aquí, por favor’, me dice alargando un grueso cuaderno de no menos gruesas tapas, ‘es el libro de firmas de honor’.

El yacimiento de Abdul fue tomando forma y relevancia y ya a nadie se le ocurre tirar una bolsa de basura. Tampoco tiran neumáticos y tubos de escape y trozos de guantera los muchachos del vecino taller mecánico. ¡De hecho el yacimiento está mucho más limpio que cualquier mono de los mecánicos! ‘En 1999 vinieron representantes del gobierno de Francia para felicitarme’, dice orgulloso Abdul, ‘y un año después dos mil personas acudieron a un concierto que organizamos junto a la piedra: vino un grupo de folclore francés…’. Abdul ya no es el loco de la piedra, el friki que recoge basura y se la devuelve a los vecinos. Ahora es un empresario respetado, querido, incluso envidiado. Su obsesión por la piedra le ha dado un trabajo, unos ingresos, emplea a su mujer y a su hijo, que merodea por ahí abajo barriendo un rincón. Cada mañana Abdul limpia el recinto y a veces duerme en la tienda, por si acaso. Esto no deja de ser Líbano, Oriente Medio, Baalbek. Sitios todos propicios para un tiroteo, un secuestro, una situación fea y complicada. Mientras viva Abdul su piedra estará protegida.

Los cincelazos en la piedra de las hábiles manos de dos mil años atrás son perfectamente visibles hoy

La piedra de Abdul también es conocida como la piedra de Midi, o de la colina de Hajjar el Hibla. Entre los vecinos corrió la leyenda de que era una piedra mágica que ayuda a las mujeres a tener hijos y entonces la llamaron Hayar el Hubla, o la piedra de la mujer embarazada. ‘Vienen muchas mujeres que no pueden quedarse encinta a tocarla para ver qué hay de cierto’. ¿Puedo quedarme embarazado si la toco? ¡Demasiado tarde, ya la he tocado! A pesar de Abdul, la piedra ya era conocida mucho tiempo atrás. Por ejemplo, Felicien de Saulcy, un noble arqueólogo del siglo XIX, la menciona en su libro ‘Viaje alrededor del Mar Muerto’  y en su momento la contempló maravillado calculando que harían falta unos cuarenta mil hombres para moverla. También el escritor francés Alphonse de Lamartine estuvo ante la piedra antes de ser vertedero y su conclusión fue más fantasiosa que la de Felicien: solo una raza de gigantes antediluvianos pudo hacer semejante trabajo…

La piedra de Abdul está rodeada de casas construidas, según sospechamos todos, sobre innumerables vestigios históricos…
En este agujero introducían los obreros las vigas para el traslado de la monstruosa piedra

La tesis más extendida afirma que las piedras se cortaban gracias al estallido de vigas de madera insertadas en ranuras cavadas en puntos estratégicos de la piedra. Observo uno de esos puntos estratégicos, excavado por unas manos hábiles dos milenios atrás y flipo, claro. El transporte se hacía mediante rodillos de madera y vigas, un sistema de poleas que multiplicaba la fuerza humana y la paciencia del que no tiene otra cosa que hacer que construir templos faraónicos. Al parecer necesitaban dieciséis complejos sistemas de cuerdas fijadas en el frontal de la piedra que aseguraban su movimiento, un movimiento que se hacía a base de cabrestantes y poleas situados simétricamente en la dichosa roca y una rampa por la que se conducía hasta el recinto de los templos, un kilómetro más allá. Cada una de esas máquinas necesitaba treinta y dos hombres, lo que nos da un total de quinientos doce individuos, muy lejos de los cuarenta mil que decía Saulcy y supongo que personas normales muy lejos también de los gigantescos antediluvianos que imaginó Lamartine.

Junto a la piedra de Abdul también encontraron un complejo funerarios de tumbas excavados en la roca desde las que tienes esta vista.
Estas tumbas estuvieron enterradas hasta que Abdul se empeñó en excavar la gran piedra

Para alegría de Abdul, una vez que se empezó a excavar las sorpresas no tardaron en llegar. Bajo la gran piedra hay otra más, tumbada y desconocida para los antiguos, que solo salió a la luz en 2014. Es más: hay quince grutas funerarias excavadas en la misma roca de la piedra, cámaras con arcos donde se enterraron romanos y bizantinos y árabes y hasta mamelucos. A excepción de una de las cámaras, que aún conservaba su puerta, del resto no queda más que un hueco en una pared en la que puede usted introducirse para sentirse por un rato un muerto romano que contempla desde su tumba la gran piedra de Abdul. Yo lo hice. Aunque debo confesar que me fue más fácil imaginarme muerto que ponerme en el pellejo del hombre que hace posible que esa gran piedra tallada, la más grande del mundo, esté ahí, quitando basura, señalado como el loco del pueblo. Salgo a despedirme de Abdul, que me espera sentado bajo la sombra de uno de sus arbolitos. Me da la mano con efusividad y agradecimiento. Me pide que escriba lo que he visto para que lo sepa todo el mundo. Y luego, con mirada sospechosa, saca del bolsillo un pañuelo que sirve de envoltorio a un puñado de objetos parduzcos. ‘Son monedas’, me dice, ‘hay fenicias, romanas, árabes, bizantinas… ¿cuántas quiere….?’