El 14 de abril de 1918 las mujeres soviéticas pasaron a formar parte de las infraestructuras nacionales, como las carreteras, los parques y jardines, los edificios oficiales, las estaciones del ferrocarril. Fue el día en el que los sufridos trabajadores, hartos de que los burgueses y los nobles y los ricos y todo el que fuera algo o alguien se apropiara de las mejores hembras, de las más hermosas, de las más buenorras, dijeron basta y socializaron el tesoro nacional. ¡Ningún hombre volvería a pasar penurias! ¡Cualquier hombre podría gozar de cualquier mujer, sin importar belleza ni abolengo! Es más: sin importar su opinión… Porque el 14 de abril de 1918 el periódico antibolchevique Svoboda Rossii de Moscú reveló que en Saratov, una importante ciudad rusa a las orillas del río Volga, habían aprobado un edicto en el que declaraban que todas las mujeres pasaban a formar parte de la propiedad pública. Presumiblemente los maridos podrían mantener el uso y disfrute de sus esposas pero cualquier ciudadano en posesión de un certificado del Comité del Consejo de Soldados, Trabajadores y Campesinos tenía el mismo derecho a disfrutar igualmente de lo que se consideraba ya propiedad de todos.

Mural con Lenin y Stalin dibujado por prisioneros del gulag de Karaganda

‘La propiedad privada de las mujeres queda abolida’, decía el supuesto decreto de la Asociación de Anarquistas de Saratov (…) ‘ya que la institución del matrimonio ha sido un instrumento en manos de la burguesía gracias al cual se han quedado las mujeres más hermosas de la sociedad’ mientras que los campesinos y proletarios tenían que conformarse con las de segunda categoría. Puedo imaginar los ojos muy abiertos de los obreros, soñando con hermosas muchachas, y los de sus esposas, calificadas de ‘segunda categoría’… La noticia se encontraba en una página de misceláneas como una curiosidad más en un país, y en una época, llena de curiosidades (recuerden: la Rusia revolucionaria de 1918). Otra versión dice que fue un periódico local de Saratov el que aseguraba que el edicto había aparecido en las paredes de la vecina Syzran, y así lo publicó el célebre escritor inglés Peter Hopkirk en su fabuloso Settin the east ablaze.

Ocurriera donde ocurriera algunas familias hicieron las maletas y huyeron de Saratov, sobre todo las que tenían hijas adolescentes. Por si fuera poco, la idea se extendió y había quien pensaba que la medida era nacional porque también se hizo eco Izvestia, el órgano de propaganda oficial de los bolcheviques. ‘Toda chica con 18 años cumplidos pasa a ser propiedad del estado. Si la chica no estuviera casada o comprometida queda obligada, bajo la amenaza de la más severa condena, a registrarse en la Oficina del Amor Libre en el Comisariado de Vigilancia…’ Una vez registrada tenía el derecho de elegir hombres con edades comprendidas entre los 19 y los 50 años como marido temporal con el que cohabitar. La gente se miraba estupefacta: ¿cómo es posible?

Los detalles del edicto ponían los pelos de punta: desde el 1 de marzo de 1919 ‘el derecho a poseer mujeres con edades comprendidas entre los 17 y los 32 años queda abolida’. Los maridos poseían, como he dicho, el uso y disfrute de sus esposas sin tener que guardar turno (sic) pero no podían considerar esas propiedades públicas como uso exclusivo: cualquier resistencia les privaría del usufructo. Según la nueva norma, los ciudadanos tenían derecho de uso tres veces a la semana por tres horas en cada ocasión aunque quedaban exentas las mujeres que tuvieran ya cinco hijos o más. Las mujeres embarazadas quedaban exentas del uso público durante los tres meses previos al nacimiento y un mes posterior, los niños debían entregarse a una institución pública cuando cumplieran el mes para ser instruidos y educados hasta los 17 años. Si la mujer diera a luz gemelos recibiría una compensación económica suplementaria al sueldo estatal que toda mujer tendría asignado. Si algún usuario contagiara una enfermedad venérea siendo consciente sería severamente castigado…

La noticia en Vancouver World, de Canadá

La Federación de grupos Anarquistas de Moscú respondió calificando la noticia de patraña para desacreditarlos. Además aseguraban que la publicación no se hizo en Saratov sino en Samara, no lejos de Saratov, pero el comité local de aquella negó estar detrás. Mientras unos negaban, otros seguían publicando detalles del decreto, como el Zarya Rossii, otro diario contrario a los bolcheviques: la bola había engordado tanto que rodaba cuesta abajo a toda velocidad. En Gran Bretaña, atemorizados por el empuje de los soviets y temiendo que quisieran dominar no solo Europa sino arrebatarles su más preciada colonia, la de India, el tema alcanza categoría de indignación popular. The New Europe del 31 de octubre habla de que el estado sustituye el matrimonio por la prostitución, The Daily Telegraph en 4 de noviembre de 1918 lo titula ‘La última infamia bolchevique’. El 4 de enero The Times publica una carta de Lord Denbigh en el que lo califica de ‘interesante ejemplo de ideas bolcheviques’ que denota que para los rusos la mujer no es más que un animal de compañía. La noticia se extiende: el Daily Telegraph publica novedades procedentes de Estocolmo, a donde supuestamente envía información un ‘garganta profunda’ en el gobierno ruso que asegura que en Petrogrado el gobierno de la Comuna del Norte ha revisado el decreto y eleva la edad de las mujeres de los 18 a los 45 años…

Obra de Evgeny Sidorkin

La noticia ya ha llegado a oídos de Vladimir Lenin, que ha colapsado de cólera. La oficina de información de los pueblos rusos publica en febrero de 1919 un desmentido que localiza el origen del bulo en el periódico de Máximo Gorki, Novaya Zhizn, furibundo látigo del bolchevismo, y menciona la carta de una mujer de una ciudad llamada Vladimir, en el lejano oriente, donde habla de que se ha creado una sociedad de amor libre. Un inglés llamado John Rickman escribe entonces a The Times diciendo que cree saber que todo comenzó en Samara como una parodia y que como tal causó mucha risa pero el diario de Londres no la publicó. The New Europe publica en marzo la carta de Harold Williams, colaborador del diario, en el que dice que ‘la situación de la mujer es demasiado trágica como para creerse además semejantes caricaturas’ y que le consta que el gobierno bolchevique, al que acusa por otra parte de terribles crímenes, no es responsable de esta gran tontería. Una nota de la Federación de Anarquistas de Samara repite su rechazo a esta historia, ‘¿cómo hay alguien que pueda dar pábulo a estas patrañas?’, se preguntan antes de amenazar con su habitual estilo macarra: ‘para contestarles tenemos suficiente fuego…’. En este libro, ‘La nacionalización de las mujeres: historia natural de una mentira’ se hace un seguimiento de todo el lío desde el principio.

La noticia en The northern territory times and gazette, de Australia

La sola idea de una sociedad con todas las mujeres a disposición de cualquier machote debió de crear sueños húmedos entre los viriles eslavos, entre vodka y vodka, y hubo quien se decidió a imitar el ejemplo. En la región de Simbirsk (cuna nada menos que de Lenin) el Comité de Pobres (sí, había comités de pobres) quedó impresionado con el decreto que supuestamente colgaba de las paredes de Savatov y copió la idea: se organizaron jornadas para repartir las mujeres del pueblo en nombre de la ‘redistribución de las propiedades’. Pero no todos los vecinos de la ciudad estaban tan entusiasmados por lo que enviaron una carta a su vecino más famoso, el tal Vladimir, quejándose de lo que no era sino una violación sexual en nombre del estado: ‘el comité de los pobres dispone del destino de las mujeres jóvenes ofreciéndolas a sus amigos sin tener en cuenta el consentimiento de sus padres’. Cuando Lenin leyó la misiva estalló nuevamente en cólera y llamó inmediatamente a la policía secreta de la ciudad, la temida Cheka, para que descubriera al culpable de semejante barrabasada. ‘Arresten a los culpables. Los bastardos deben ser castigados severamente y del modo más rápido, y la población informada’. Nadie sabe cuánta gente murió, pero morir murieron varios y no debieron de ser pocos.

Mientras en Moscú comienzan a tomar medidas: The Evening Life de Moscú recibe una multa de 25.000 rublos y la orden de cierre por publicar el falso edicto. Pero la supuesta norma sigue circulando ampliamente por los países rivales. The Times del 11 de febrero habla de un decreto ‘indignante, inexplicable e increíble en cualquier parte a excepción de la Rusia de hoy’. Los anarquistas de Samara creen que el origen del bulo está en Saratov, los de Saratov que en Samara. El Manchester Guardian de 6 de mayo de 1919 publica entonces una comunicación oficial de Moscú y la Oficina de los soviets en Nueva York (que haberla habíala) el 6 de septiembre en el que hablan de ‘calumnias contra la Rusia soviética’, de ‘ridículas patrañas sobre las mujeres’, y centra el verdadero origen en Chvalynsk, en la región de Saratov. ‘Un burgués de nombre Fedorova publicó en el periódico local, Izvestia, un ensayo sobre la socialización de las mujeres según el que prostitución y relaciones ilícitas quedaban prohibidas pero también el celibato de las mujeres’.

Según la nota, Fedorova decía que en las ciudades de Luga y Kolpino, de la región de Petrogrado, se había introducido parecido sistema de reglas, cosa que también se inventó. La ocurrencia se tomó como tal en la región pero la bola, o el bulo, ya se reveló imparable. La noticia prendió en todo el mundo con tal fuerza que en EE.UU la supuesta historia se propagó interesadamente e incluso se discutió en un comité especial del Senado de la Nación: ‘No satisfechos con la tortura, el robo y el asesinato, los comunistas, bajo el principio de que el fin justifica los medios, buscan el apoyo de ciertas clases ofreciéndoles a respetables mujeres rusas’, y ponían el ejemplo del decreto de Saratov. En esta otra página de la Liga Anti Sabotaje de Nueva York se da pábulo a toda la historia.

Casi un siglo después The Guardian volvió sobre los pasos de toda esta historia para saber el origen real. Según sus averiguaciones, el dueño de una cafetería de Saratov, tal vez ese Fedorova, un burgués monárquico y contrario a la revolución, pero sobre todo al comité local de los anarquistas, falseó los edictos locales y le dio la forma que hemos visto para que pareciera que pretendían establecer una comunidad sexual de mujeres para todos. Hizo muchas copias y las repartió por la ciudad, las pegó en paredes y escaparates hasta que todos se dieron por enterado. Los anarquistas entraron en el mismo colapso de Lenin, estallaron también en cólera y asesinaron al ingenioso dueño del café  después de quemarle el local. Sin embargo los Rusos Blancos, opuestos al régimen revolucionario, se hicieron con varias copias del edicto y las enviaron en todas direcciones de la URSS. 

Los machotes volvieron entonces a sus casas, cabizbajos, disipadas sus ansias socializadoras, dispuestos a redescubrir a sus ‘mujeres de segunda’. Fedorova pagó con su vida las bromas en un país repleto de chistes pero poco amante de hacerlos públicos. Las mujeres respiraron aliviadas: las penurias seguirían siendo las mismas pero al menos no eran propiedad pública. Seguirían siendo propiedad, sí, pero privada…