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Dacca por Hachero

Dacca por Hachero

A las puertas de un vagón una mujer grita desesperada. Ha perdido a su hijo pero la marea humana hace difícil incluso el moverse, ¡cuánto más encontrar a otra persona! ¡Y peor aún si mide menos de metro y medio! La señora grita, palmotea, gime y llora pero la multitud avanza inmutable, lenta y parsimoniosa, arrastra cualquier cosa a su paso. ‘¡Mi hijo!’, hipea intentando abrirse paso entre la gente. Hay quien mira curioso, hay quien ríe, hay quien suda porque no puede permitirse el lujo de perder el tren. De hecho nadie puede permitirse el lujo de perder el tren porque todos tienen los días contados, las horas ajustadas y las ganas acumuladas durante todo un año. La señora desaparece tragada por la multitud, la criatura no aparece y pronto la pierdo de vista completamente. La muchedumbre empuja compacta, los que han conseguido entrar asoman sus caras sudorosas y agobiadas, y yo me quedaré para siempre con la duda de qué pasó con el pequeño…

Dacca por Hachero

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Dacca por Hachero

Cuando acaba el ramadán y comienza la festividad islámica de Eid Ul Fitr las masas de Dacca, una de las naciones más superpobladas del mundo, se movilizan movidas por un misterioso resorte. Salen gentes de los barrios más populosos del sur de la ciudad, desfilan familias completas de los suburbios del norte, se vacían las fábricas textiles (pincha aquí para ver la actividad textil de Bangladesh) donde apenas se para el resto del año, y la ciudad adquiere un aspecto como de urgencia. La estación central de trenes, Kamalapur, es un ir y venir de multitudes, las colas ante las taquillas son monumentales y los andenes rebosan de gente.

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Entre las vías los hombres orinan en hileras, agachados mientras abren disimuladamente los sarongs, esas faldas con las que se cubren, los niños juegan, las niñas lucen sus mejores ropas, cada poco hay una discusión…

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En las paradas a lo largo de las vías del tren se acumulan miles de personas que tratarán de subir casi que en marcha mientras los techos de los vagones aparecen abarrotados de gentes que se refugian sin ganas de la persistente lluvia bajo un poblado bosque de paraguas.

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operación salida de Bangladesh, por Hachero

Los barcos van tan abarrotados que la gente duerme donde puede pero el que tiene posibles opta por los ‘cómodos’ camarotes. ‘Venga que le enseño el mío’, me dice este señor, ‘tiene hasta aire acondicionado’, repite insistentemente…

En el puerto fluvial Sadarghat del río Buriganga, ese río tan lleno de colorida basura como de buscavidas (pincha aquí), los barcos se acumulan sin ningún pudor, proas sobre quillas, cascos rozándose unos con otros, nuevas hileras de funambulistas caminando sobre los pasillos exteriores, decenas de miles al tiempo intentando encontrar cuál de las cuarenta y una rutas distintas que ofrecen las navieras es la que más le conviene.

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Multitudes que abarrotan transportes que rozan lo indigno en edad y mantenimiento.

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Bangladesh tiene ciento sesenta millones de habitantes, cuatro veces la población de España, en apenas un tercio del territorio español, y la inmensa mayoría es musulmana: de hecho es el cuarto país más poblado del Islam, tras Indonesia, Pakistán y la India, todas ellas naciones con mucho más espacio físico para vivir una vida normal. De Dacca se dice que alberga unos dieciséis millones de habitantes, aunque hay quien dice que llega a los veinte. En tan sólo dos días, más de cinco millones abandonan la ciudad para volver a sus lugares de origen, normalmente aldeas rurales de un país que es eminentemente rural pero tan pobre que la migración interior es moneda habitual. Tras las privaciones del ramadán, con sus oraciones y sus ayunos, el país estalla en alegría, en celebraciones y algarabías. Y las vacaciones originan la mayor operación salida del mundo. Porque esos cinco millones puede que sean seis. O tal vez más. Nadie sabe la cantidad de gente que se desplaza como nadie sabe la cantidad de gente que vive en la ciudad.

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Pongamos que son cinco millones…

…saliendo de la ciudad…

…en apenas dos días…

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Trenes y barcos son los medios más socorridos. Trenes como legado del imperio británico. Barcos como medio más razonable de un país que es un inmenso delta con más de setecientos ríos. Bangladesh es un país predominantemente agrícola y tres cuartas partes de su población, es decir, más de ciento veinte millones, vive en aldeas rurales. La gente está deseosa de llegar al destino y los lazos con las familias son tan fuertes que la dificultad del viaje, subirse al techo de un vagón o sufrir una persistente lluvia durante días no importa.

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Lo importante es que durante una semana las atascos crónicos de Dacca se suavizan, las multitudes se relajan, los parques son más accesibles y los mercados menos intensos. Hay que aprovecharse porque en una semana volverán esos cinco millones.

O seis.

O tal vez más…

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