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A ciento cinco metros de altura vive para siempre la mano de Nursultan Nazarbayev. Es una mano como todas las manos. Sólo que brilla. Y que es acogedora. Y que en lugar de ser convexa, es cóncava. Espera que pongas tu mano en su mano para acogerte y transmitirte la energía incansable del que no ha parado un segundo desde hace al menos cinco décadas. Tal vez seis. O incluso puede que siete. A los ciento cinco metros de altura el mundo está a tus pies. Aquí no. Está a su mano. La mano que ha apretado con fuerza la mano de Krushev y la de Brezniev y la de Andropov y la de Chernenko y la de Gorbachov y la de Yeltsin y la de Putin y la de Medveded. Una mano que ha apretado con la misma fuerza la manos de Fidel Castro que la de Donald Trump, la del rey Juan Carlos que la de Hugo Chávez, la del papa Benedicto que la de Rafsanjani. Una mano generosa. Tanto que puedes poner la tuya, tu mano, encima de la suya, de su mano, para intentar ponerte, al tiempo, en su pellejo. Sólo noto una sensación de metal frío mientras que a mi alrededor otros curiosos esperan su momento para poner sus manos también donde yo pongo ahora la mía.

La mano de Nazarbayev está, a su vez, en una bola metálica y trasparente que corona una curiosa torre que pretende imitar un árbol. Pero no cualquiera. Quiere imitar el árbol de la vida. Por eso la torre se eleva como si fuera un tronco que se abre allá en las alturas a modo de ramas metálicas para albergar una enorme bola dorada a la que se accede por unos ascensores internos. Pero nada es lo que parece. La bola dorada no es tal sino el huevo gigante de un mítico pájaro de las leyendas kazajas. Un huevo gigantesco con un diámetro de veintidós metros que pertenece a Samruk, el pájaro de la felicidad. Dice la leyenda que Samruk depositó un huevo en un árbol de la montaña Kok-Tobé, o colina verde, que está al sur de la anterior capital del país, Almaty. Como esta ciudad es sumamente plana en lugar de reproducir toda una cadena montañosa han preferido imitar un árbol sobre el que anide ese pájaro mítico que empolla huevos de la felicidad. ¡Huevos de la felicidad! ¡Y yo estoy dentro! ¡Y también la mano! Dice la leyenda que en aquellas tierras desiertas creció un árbol del conocimiento llamado Bayterek y que sus raíces se hundieron tan profundas que abarcaban todo el mundo y que su tronco creció tan alto que se veía desde todas partes. ¡Tan alto estaba su copa que se perdía entre las nubes!

En sus ramas vivía Samruk, el mentado pájaro de la felicidad, que decidía quién era digno de llegar al cielo y quién no. Era un pájaro hermosísimo, justo y digno, no había otro como él. Era capaz incluso de ascender una vez al año a lo más alto de su copa y poner un gran huevo dorado. ¡Y tenía poderes! Como mensajero de Dios tenía el don de separar al hombre justo del pecador y con sólo ponerte delante de él podía adivinar tus intenciones. Pero en lo más profundo de sus raíces vivía Aidahar, un malvado dragón que una vez al año subía a escondidas para comerse el huevo. Dicen los kazajos que la leyenda simboliza la capacidad del ser humano de poder obrar bien o mal y la lucha eterna entre el invierno y el verano, el día y la noche. Tal vez el ying y el yang, el mito de Sísifo, la eterna lucha entre la luz y la oscuridad.

Lo más curioso es que la leyenda tiene un punto verídico que nos lleva ochenta millones de años atrás, cuando un enorme pájaro vivió en esta parte de Asia en la época del Cretácico. Fue un paleontólogo británico, Darren Naish, el que encontró los restos de un pájaro gigante que al principio confundió con un Oviraptosaurio. Pero no. Era un pájaro del que sólo se han conservado dos huesos de la mandíbula inferior que nos permiten imaginar que su talla era cercana a los tres metros. Le llamaron Samurkia….

La bola dorada que no es tal sino huevo mágico de un pájaro feliz que anida en el árbol de la vida no es sólo la Mano y las magníficas vistas de una ciudad en construcción permanente. También pretende ser el centro mundial de la Religión, así en mayúsculas, la Religión. Y para eso ofrece en su superficie diáfana de huevo feliz un elemento más que reposa junto a la Mano.

Un globo terráqueo de madera y diecisiete segmentos firmados por los representantes de las religiones mayoritarias del planeta, un detalle que conmemora el congreso de Dirigentes de Religiones Mundiales, que tiene sede casi que permanente en una desconcertante pirámide situada al otro lado de la ciudad. Otro logro de La Mano, que pretende convertir esta ciudad, Astaná, que prácticamente es su obra, en un remedo moderno de Fatehpur Sikri, el complejo levantado en el norte de la India por el emperador mogol Akbar para aglutinar todas las religiones del mundo. Moderno soñador, Nazarbayev, del que ya he hablado aquí, pretende utilizar su legendaria mano izquierda para unir religiones, para unir a los combatientes en el conflicto sirio, para unir orientales y occidentales. Curioso que su mano izquierda, tan de agradecer, no sea la que habita para siempre y jamás el huevo mágico.

Y pongo entonces mi mano sobre su mano para regocijo de los presentes, no muy habituados a ver occidentales rindiendo cortesía a la Mano.

La mano tiene algo más que brillo y un tacto evocador de gobernantes históricos. Cuando colocas tu mano sobre la mano de Nursultan resuenan los primeros compases del himno nacional y entonces uno no sabe si es que va a aparecerse el propio Nazarbayev, si hay que ponerse firmes con la mano en el pecho o si disimular el sobresalto de una música demasiado alta. De pronto la Mano ya no interpreta mágicamente los sones patrios. ‘Se ha estropeado’, dice un vigilante que llega corriendo con cara de apuro. Los visitantes tuercen el gesto por el contratiempo pero nadie se queja. ¡Al menos está la Mano! La Mano de Nursultan no depende de la técnica porque es de metal. Y si el día de mañana, Allah no lo quiera, se derrumbara la imponente torre que simboliza el árbol de la vida con su huevo dorado en lo alto, no pasaría nada.

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Nazarbayev coloca su mano sobre el Libro en un altorelieve en la ciudad de Almaty

La mano de Nazarbayev es ubicua y aparece en todas partes. En la antigua capital del país, como decía antes, Almaty, hay otra mano del presidente vitalicio. Una mujer se acerca con cierta aprensión y deja a su hijo junto a la mano del presidente. La Mano. El niño gatea torpemente, pareciera una mariposa que no sabe el camino. Pero lo sabe, lo sabe muy bien. Al fin se pone sobre el libro tallado en metal y coloca su pequeña mano temblorosa sobre la Mano esculpida en una hoja de bronce dorado. La Mano de Nursultán controla el país, lo esculpe, lo infla, lo sitúa en el mapa. Cuando Nazarbayev no esté siempre nos quedará su mano. La Mano. Los kazajos esperan que sea suficiente para seguir manteniendo el equilibrio en este enorme país repleto de tesoros ocultos. Siempre nos quedará la Mano.