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‘Irán todos a una isla que se están construyendo frente a la isla de Bashan Char’, me dice Ansar, un refugiado rohingya que huyó de Myanmar hace ya veinte años. Al principio me pareció un disparate porque, ¿a quién se le ocurre construir una isla? ¿Se construyen las islas? Los chinos sí lo hacen en el mar de China, apenas a tiro de piedra de las islas Filipinas.  Pero más tarde lo leí en la prensa bengalí y sentí un escalofrío: sí, es posible que a alguien se le haya ocurrido la idea de ‘construir’ una isla para albergar refugiados. Dicho de otro modo: para albergar gentes que no quieres ver. Lamentablemente está demasiado lejos de la costa como para vislumbrarla en el horizonte: al menos treinta y siete millas de la playa más cercana. Entre los refugiados ya existía cierto rumor: ‘nos llevarán a una isla sólo para rohingyas’, me decía Zayed Jack en Teknaf, una de las puertas de entrada de esta etnia en Bangladesh. Porque ya no caben en los campos de refugiados. El de Leda, en Teknaf, está repleto y mucho más los de Cox Bazaar, Kutupalong y Nayapara, que ya tenían colgados el cartel de Completo desde antes de la última gran estampida de 2017. ¿Dónde meter a tanta gente en un país que ya de por sí está abarrotado? El gobierno de Bangladesh, como dije antes, construía su propia solución: una isla en la bahía de Bengala. Lo que parecía un disparate, ya no lo era tanto. Lo que no me queda claro es dónde situar esta iniciativa en el debate de los derechos humanos.

La web The Stateless Rohingya, una página que mantiene al día la situación de sus compatriotas, publicó recientemente este video  en el que muestra que la fantasiosa isla no es tan fantasiosa. Por eso las campañas se suceden con llamadas al público internacional a que actúen de algún modo y brindar ayuda a los rohingyas.

La relación de los rohingyas, musulmanes de la región de Arakan, en el suroeste de Myanmar, con sus vecinos de la antigua Birmania, mayoritariamente budistas, no ha sido tradicionalmente buena. Pero todo se torció en 1982, cuando el gobierno de la dictadura militar de aquel entonces, promulgó la Ley de Ciudadanía que los excluía de la lista de 135 ‘razas nacionales’. Una exclusión que los condena a vivir sin propiedades, sin libertad de movimientos, sin educación ni sanidad, sin derechos fundamentales. Los motivos son confusos y van desde una enemistad ancestral entre ambas religiones a limpieza étnica y religiosa pasando por excesos de algunos musulmanes en el pasado que ahora les pasan factura. Sea como sea los rohingyas de la actualidad no tienen más mancha que la que han adquirido por el camino porque el éxodo es frecuente y se repite desde hace décadas. Porque la Ley de Ciudadanía de 1982 les condena además a no tener tierras, ni herramientas, a no poder casarse sin permiso de la autoridad, a no cultivar terreno. Viajar sí está permitido: siempre que sea al extranjero sin posibilidad de volver atrás… Muchos mueren en una huida que no siempre les lleva a Bangladesh, donde solo hay que cruzar un río, sino a Tailandia, Malasia y hasta Indonesia a bordo de pesqueros y mercantes absolutamente abarrotados.

La isla en la bahía de Bengala toma forma y todo indica que estará lista para recibir a los primeros vecinos en 2019. Se trata de una plataforma anexa a una isla deshabitada llamada Bashan Char, cuyo uso actual es casi exclusivamente para pasto del ganado. Una solución tal vez desesperada pero que muestra cierto desdén para las cien mil personas que espera alojar porque hablamos de un país en primera línea del cambio climático, azotado anualmente por un monzón especialmente violento y a merced de las frecuentes subidas del nivel del mar que provocan inundaciones en un país construido sobre un delta. O dicho de otro modo: trasladarán a decenas de miles de refugiados traumatizados a una isla inundable. El gobierno bengali asegura que no se inundará, que la Marina nacional ha gastado 280 millones de dólares para que las instalaciones sean acogedoras y estén a salvo. Pero no hay que olvidar que Bangladesh es uno de los países más pobres del mundo y también de los más habitados: casi 170 millones de personas en una superficie equivalente a la de Andalucía. Tal vez la comunidad internacional debería decir algo al respecto y no dejar la carga en un país tan débil y tan amenazado por el cambio climático. Para entonces tal vez no queden rohingyas en tierra firme…