La mejor isla del mundo formó parte del imperio español, tenía una forma tan alargada que la llamaron isla de Paragua (o porque Paragua se parecía a la local Palawan) y en el punto más al norte, cuando se descompone en un archipiélago de maravillosos islotes de aguas turquesas, tiene una ciudad llamada Corón que estuvo dirigida por un alcalde que era mi primo. No llegué a conocerlo, todo sea dicho, aunque sí a otros primos de ojos rasgados de la isla de Palawan, o de Paragua, y en todas las Filipinas, en uno de mis más extraños viajes: buscando Hacheros. No me dio el tiempo ni la vida para conocer a ese Hachero alcalde de uno de los lugares más bellos del planeta tierra. De hecho, cuando conseguí llegar, años después, ya no era alcalde ni tampoco encontré rastro del que todos mis otros primos decían que era digno de conocer. En su lugar buceé por aguas transparentes, rodeado de pececillos que me hacían cosquillas, descubrí estrellas de mar tamaño neumático y alguna que otra tortuga que paseaba absorta en sus cosas de tortuga. ¿Qué hace aquí mi apellido? ¿Formó parte de una alguna expedición que decidió quedarse en este remoto rincón para integrarse en el universo de peces Nemo y de islotes paradisíacos? Si así fue no le censuro el gusto: todo lo contrario.

‘Doy por siempre al rey de España la isla de Paragua con la pequeña isla de Balabac, que a otro rey no se la diera aunque me diera por ella 400.000 pesos, y con la voluntad de que se la doy y me despojo de ella como si fuera de una hoja de árbol’. Con esta declaración tan cursi el sultán de Borneo cedió la hermosa isla de Palawan, entonces conocida como la del Paragua, al gobernador general de las Filipinas, el extremeño Francisco José de Ovando. La cesión se hizo en 1752 pero los españoles apenas pisaron la isla y hubo un momento de tensión cuando los británicos, tan pillos ellos, pretendieron apropiársela. La Corona española ordenó peinar los archivos para encontrar la carta de cesión, si existiera aún, y los investigadores españoles sudaron tinta china porque los ingleses habían ocupado Manila en 1762 y se llevaron los archivos a Inglaterra. Los investigadores se trasladaron a Londres y ‘con la mayor discreción’ buscaron algún documento que les diera la razón.

La comisión tuvo graves problemas desde el principio debido ‘al grave problema de la desorganización de que adolecían los archivos españoles, especialmente el de Indias, cuyos legajos se amontonaban dispersos por los pasillos sin ningún tipo de orden’. Nada ajeno a un jugado actual o, mucho me temo, a los archivos históricos. Los archiveros-espías debieron de flipar con el orden británico y con los mapas ingleses ‘con todo tipo de detalles’ que habían levantado de territorios españoles: ¿cuándo han estado estos tipos en nuestras costas?, debieron preguntarse. No mucho después enviaron al Teniente de navío Claudio Montero Gay, hidrógrafo gallego, a levantar, él también, mapas de la Paragua, supongo que más por despecho que por necesidad… Después de tanta trama y de tanto disimulo los expertos volvieron con el rabo entre las piernas y decidieron explorar ese caos que era el Archivo de Indias, por si las moscas. ¡Y las moscas respondieron!

En aquel maremágnum de legajos se encontraba la carta del sultán de Borneo en la que cedía con su estilo cursi la isla de Paragua junto, además, a la de Balabac, que estaba allí a su vera. El regalo no estaba mal: la isla más occidental del archipiélago filipino mide 427 kilómetros y tiene una anchura media de 26 kilómetros, con una superficie de 6.000 kms2. Además en su interior vivían gentes muy curiosas (antes de caer en las redes del turismo masivo y confluir todos en un mismo discurso comercial…). No me extraña el éxito actual de la dichosa islita: desde playas kilométricas a laberintos de frondosos islotes, hotelitos molones en zonas de postureo, incluso un río subterráneo y, sobre todo, aguas transparentes en una región volátil que China quiere a toda costa: las Spratleys.

Hoy es un incesante ir y venir de embarcaciones repletas de guiris de amplia sonrisa que otean el horizonte intentando adivinar la isla donde hundirán sus ilusiones y sus gafas de buceo. El puerto de Corón es un cúmulo de embarcaciones que esperan sus grupitos y de marineros que si en otras vidas fueron piratas hoy son guías. Si España sufre con cada revés del turismo internacional no quiero ni imaginar lo que sufrirá esta gente, sin más horizonte que el de las islas y sus corales. Los antiguos piratas y gitanos del mar hoy diseñan paseos por lugares idílicos, te muestran con un dedo del pie la sorpresa que se esconde en una maraña de islitas y te preparan ensaladas de algas empapadas en vinagre con pescado a la plancha que comerás en un chambao al borde mismo de un mar turquesa.

Esta página especializada ha vuelto a elegir Palawan como ‘la mejor isla del mundo’, seguida de islas griegas, Sri Lanka, la bella Koh Lanta de Tailandia, las islas Mauricio o las Galápagos. Algo tiene Palawan, la isla de Paragua para mis ancestros, que deleita al visitante y le impulsa a volver. Lástima que en el tiempo que pasó bajo el dudoso paraguas de la corona española no tuviera más recorrido que el de una isla remota y desconocida donde la huella hispana no va más allá de algún topónimo, tipo El Nido, o de algún apellido, como el de mis queridos Hacheros filipinos.

¿Tandulanos? ¿Tachanauas? ¿Tachaneras?

En lugar de los colonos que podrían haber adelantado el turismo de masas aquí no vino ni el tato, al menos de buen grado. Y eso que el lugar lo merece. Según el tomo I de la ‘Guía oficial de Filipinas’ de 1889, en el momento de escribirse, a finales del siglo XIX, la población ascendía a ‘unos 5.000 cristianos y 3.000 infieles’ distribuida en varios pueblos y rancherías. El autor decía que los ‘Tachanuas’ ocupaban la parte oriental de la isla, que muchos eran cristianos, conocían la escritura, negociaban con los chinos y usaban flechas envenenadas y cerbatana para la caza y la defensa contra los moros (aunque la mayor parte de ellos confíanse a las piernas…. sic). También estaban los Tachaneras, que viven junto a los ríos y cultivan arroz, pero desconocen la industria y el comercio, usan jeroglíficos grabados en cortezas de árboles o cañas, son polígamos, venden y empeñan a sus mujeres e hijos ‘como la cosa más natural del mundo’ e idolatran a un dios que premia o castiga tras la muerte.

En Corón se celebra una feria callejera y no consigo adivinar quién es Tachanaua y quién Tachanera

Luego están los Tandulanos, a los que califica como de ‘raza raquítica y pobre’, gente sin religión, ‘son muy holgazanes’ y viven en las playas, donde pescan peces y mariscos, su único sustento. Al menos reconoce que con el arpón son muy hábiles… De la isla dice que el paludismo es endémico y muy extendido y que la disentería abunda en época seca. En 1871 una comisión estudió la zona para explotarla y un año después fundó Puerto Princesa con una población heterogénea como poco: medio centenar de familias locales, cien chinos y un destacamento de soldados españoles. La colonia tuvo desde el principio un grave problema: por cada mujer había hasta cuatro hombres, lo cual ‘establece un principio de inmoralidad que sin llegar al escándalo, es el vicio de la población’, según la referida Guía Oficial de las Filipinas de 1889. ¿Vicio nefando en el paraíso? ¿Onán desatado? Tan solo dios sabe…

Escenas bucólicas de unas vacaciones como dios manda.

Entre esos cristianos debían encontrarse aquellos remotos Hacheros que desembocaron en el reciente alcalde de la muy caótica ciudad de Corón. No sabría diferenciar a los Tachanuas de los Tachaneras ni de los Tandulanos, sobre todo porque pareciera que todos, al unísono, se hayan empleado a fondo en cuartear la zona para ofrecer menús turísticos de consumo rápido: visite en un día el lago Kayangan, nade en las Twin Lagoon, disfrute del snorkel en Skeleton Wreck y pasee alegremente por la playa de Siete Pecados: el paquete incluye kayak y equipo de snorkel para que conozca a la familia Nemo (no pierda las gafas porque pagará entonces unas nuevas…). O también: bucee sobre el cañonero Lusong hundido en la II G.M, nade en Pass Island, intente ver la barracuda de Barracuda Lake y flipe con las tonalidades de Blue Lagoon (almuerzo buffet….). Las posibilidades son infinitas en un escenario kárstico de islas que sobresalen de mares transparentes envueltas en tupidas selvas que hacen aún más impresionante el regreso de las profundidades. Los traslados tienen un punto entre el viaje paradisíaco y la trashumancia de rebaño vacuno en el que un granjero viaja alegre cuando las ubres están llenas y las devuelve vacías y sin ganas siquiera de sonreír.

Apenas a cien metros de la orilla de una exuberante isla sobresale un nutrido racimo de piernas que apuntan al cielo. ¿Algún conjunto de natación sincronizada? ¡No! ¡Ni mucho menos! ¡Un grupo de chinos intentando vislumbrar el caparazón inerte de un destructor japonés hundido décadas atrás! Los turistas se entrechocan en sus vuelos rasantes sobre las arenas sumergidas y decido apartarme un poco de la ruta para disfrutar de un baño doble: un nube de pececillos da vueltas mi alrededor. Un deleite que enfurece al tipo del motor: ¡pasó la hora! No hay nada que más me enfurezca a mí también que me acoten los tiempos de este modo tan de rebaño y vuelvo a las profundidades de un paraíso que el extinto Imperio español no supo ver. ‘Llegaremos tarde a Malcapuya Island’, me dice al subir al balangay, la típica embarcación filipina que parece un mosquito despanzurrado.

¡Quién me iba a decir que el conejo de Alicia en el país de las maravillas tenía un negocio turístico en las Filipinas!. ¡Qué diría mi primo, el alcalde, qué dirían los colonos nefandos, los restos de todo un imperio! Son los nuevos tiempos, imagino, y el precio a pagar por llevar ese sonoro título. La más bella isla del planeta Tierra..