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En la esquina de la Jiménez con la Séptima de Bogotá Jorge Eliecer Gaitán muere todos los días a eso del mediodía. En el mismo lugar donde cayó asesinado una indígena embera pide limosna bajo la miríada de placas conmemorativas de tan ilustre asesinato. ‘Aquí cayó Jorge Eliecer Gaitán caudillo del pueblo’, puede leerse en una, ‘En este lugar fue asesinado Jorge Eliecer Gaitán, paladín de la democracia’, reza otro. La esquina parece un altar en honor de un hombre que ya perdió su humanidad para convertirse en símbolo. Una pintada lo reproduce, mal que bien, lanzando una de sus diatribas mientras que a su lado mantiene el equilibrio una corona de flores reseca y marchita. ‘Gaitán vive siglo XXI’, garabateó alguna mano nerviosa. Los homenajes se multiplican en la pared: desde el movimiento de restauración liberal al presidente Michelsen. Fundaciones, plataformas, asociaciones de amigos, admiradores anónimos. Llueve y los peatones, eso sí, pasan junto a la emblemática esquina sin detenerse. Gaitán es cosa ya de los libros de historia.

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Gaitán fue en vida un orador de discurso eléctrico que agitaba a la masa con un calambre colectivo que despellejaba a los más pudorosos. Las fotos de Gaitán nos dejan el retrato de un hombre enérgico, repeinado hacia atrás y de larga nariz. Una instantánea repetida en los libros de historia lo muestra ya cadáver, tumbado en una camilla y rodeado de médicos que se afanan por aparecer en una imagen que presumen histórica, el flequillo despeinado, el rostro esforzado en una triste mueca de estupor. Su muerte frenó una carrera fulgurante que comenzó dos décadas atrás, en 1928, cuando los militares colombianos se pusieron al servicio de la odiada United Fruit y asesinaron en la región del Magdalena a un número de braceros que aún hoy genera acaloradas discusiones. Gaitán aspiraba a la presidencia del país al frente del partido liberal pero era un ser libre que no se casaba con nadie: ni siquiera con su partido. Tan libre que todos dan por supuesto que lo mataron los conservadores pero hay quien duda de los suyos (y hasta de la CIA..)

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El 9 de abril de 1948 el abogado Jorge Eliecer Gaitán se dirigió a almorzar en el hotel Continental cuando un hombre apostado en un portal le descerrajó varios disparos y lo hirió gravemente. Pocas horas después el leguleyo metido a político fallecía en el hospital y los vecinos salieron a la calle por miles para destruir Bogotá. Al menos ciento cuarenta y dos edificios ardieron por completo, la violencia se extendió a ciudades cercanas y hasta pueden considerarse detrás de la situación de guerra que ha vivido Colombia hasta hoy. La versión oficial aseguró entonces que un pistolero a sueldo lo esperó para acabar con su vida a tiros aunque con el paso del tiempo se supo que no fue uno sino al menos dos y que el culpable en los libros de historia pudo ni siquiera haber disparado una pistola. Un caso que recuerda, salvando las distancias, al de John F. Kennedy años después en los EE.UU. Tampoco aquí se llegó a conocer jamás el responsable último…

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Porque Jorge Eliecer Gaitán se perfilaba como el político que el colombiano esperaba desde largo tiempo atrás: sus mítines eran multitudinarios, su discurso eléctrico y su lengua larguísima y sin tapujos. Tanta era la adoración que el colombiano medio sentía por Gaitán que el supuesto asesino fue capturado por peatones anónimos, amarrado con corbatas, linchado por una turbamulta creciente y arrastrado dos kilómetros su cuerpo desnudo hasta que quedó desfigurado y morado frente al palacio presidencial. Como si de una instantánea del absurdo se tratara, dos personajes imprescindibles en la historia del siglo XX cruzaron ese día sus caminos en torno al crimen: por un lado un joven estudiante cubano llamado Fidel Castro se quedó esperando al afamado abogado que nunca llegó a su cita porque yacía muerto en una morgue. Por otro lado, un joven periodista con muchas ínfulas en la cabeza llamado Gabriel García Márquez pasó casualmente por la escena del crimen y pudo ver al asesino antes de que lo mataran y un tipo bien vestido que animaba a la multitud a lincharlo antes de que llegara la policía. El político más importante de la historia de Colombia observado por el escritor más importante de la historia de Sudamérica y el dictador más conocido del mundo…

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Fuera como fuera, el abogado y político estaba muerto, la sensación de encerrona y de conspiración unánime, la violencia desatada imparable y Gaitán se elevó al santoral de sus admiradores: la gente mojaba sus pañuelos en el charco de sangre del político para guardarlos como reliquias, la multitud se dividió en grupos, los edificios de madera comenzaron a arder, los tranvías yacían desparramados y fuera de sus raíles. Los saqueos se extendieron por toda la ciudad, luego por todo el departamento de Cundinamarca (cuya capital es Bogotá), más tarde por todo el país. Finalmente se extendieron por toda la historia contemporánea del país hasta llegar a hoy. Los vecinos de la ciudad, que tienen su sentido del humor, llamaron al evento ‘El Bogotazo’ y el eco se extendió por todo un periodo histórico que los colombianos, que tienen su humor pero no para esto, conocen como ‘La Violencia’. Aquí un largometraje con imágenes de la época…

El caos se adueñó de las calles cuando los saqueadores y los revoltosos fueron atacados por unos soldados y policías pero igualmente defendidos por otros soldados y policías, lo que da una idea de los enfrentamientos de ese día. Y de que lo peor estaba por llegar. La Violencia se cebó también, y casi que principalmente, en las zonas rurales, donde los partidarios de los conservadores se liaron a tiros con los partidarios de los liberales, y estos entre ellos. Un buen ejemplo de todo es este post en el que se explica cómo surgió la mítica figura de un guerrillero de provincias al que su extraordinaria puntería le deparó un lugar en la historia del país: Tirofijo.

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Gaitán supo ser un visionario en predecir lo que ocurriría si lo mataban: ‘Ninguna mano del pueblo se levantará contra mí y la oligarquía no me mata porque sabe que el país se vuelca y las aguas demorarán 50 años en volver a su nivel normal’. Un visionario de una exactitud estremecedora porque el conflicto colombiano arrancó con su muerte y sumergió al país en un conflicto durante muchas décadas. Su confianza resultó ser más endeble que su predicción: la oligarquía, o quien sea, consiguió matarlo…

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