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‘Caminé por la vastísima sala, de un centenar de pasos de longitud, por entre dos largas hileras de guerreros galla. Eran salvajes semidesnudos, de gran tamaño, quietos como estatuas, con la mirada fiera e inmóvil, cada uno de ellos con una lanza enorme, cuya punta tendría el tamaño de una pala. Deliberadamente, los dejé atrás caminando con altivez, mirándoles fijamente a la cara. Llevaba un revólver oculto al cinto, y estaba dispuesto a la primera muestra de peligro a correr hasta el Emir y encañonarle la sien, si fuese menester, para salvar la vida’. El Emir de Harar resultó ser un macilento veinteañero, barbilampiño, de tez amarillenta, ceño fruncido, ojos saltones y malencarado. Los ayudantes del Emir le obligaron a tumbarse y entonces explicó el motivo de su visita: ‘contemplar con nuestros propios ojos el luminoso semblante de su alteza’.

El Gran Gañán sonrió complacido y le dio cobijo y grandes comilonas durante diez días. Aunque fueron jornadas tan tensas que el gran explorador fue incapaz de tomar un solo apunte. Eso sí, no se privó de acostarse con toda la que pudo y hasta se atrevió a dejar una escandalosa descripción de ‘los músculos constrictores de la vagina’ porque, a su entender, ‘se hallan anormalmente desarrollados’. De los hombres recordaba sus rostros y los calificó de toscos, disolutos, consideraba al pueblo en general ‘sumamente repulsivo’, aunque no rechazó jamás compañía femenina ni una tarde de kat y cháchara principalmente sobre temas religiosos, materia en la que el británico era tan erudito que se ganó la aprobación de los más fanáticos.

En el tejado de una de las muchas mezquitas familiares un anciano tiende ropa húmeda. Me señala con el bastón desde la altura con cara de pocos amigos. Dicen que hay ochenta y dos morabitos, pensados para grupos muy pequeños, y que las tumbas de santos y templos llegan a ciento dos. Dicen que fue un sabio sufí llamado Abadir el que levantó el primer asentamiento junto a otros cuarenta y tres compañeros que habían huido de las luchas intestinas del no tan apacible Dar el Islam. Con un fundador tan pío, y encima sufí, no extraña que la ciudad tenga tantas mezquitas y tumbas escondidas en el dédalo de callejuelas.

Un abuelo tiende ropa en el tejado de una mezquita familiar… Abajo, otra mezquita

El resultado es desconcertante, por aquello de encontrarse un reflejo magrebí en pleno África subsahariana, pero al tiempo encantador. Un grupo de escolares pasa corriendo por entre las coloridas callejuelas dando voces y gritos. Tiradas por el suelo una hilera de mujeres vende cebollas, kat, cafeteras etíopes, granos de sabe Dios qué cosa. No parece que el interior de la ciudad haya cambiado mucho en los últimos siglos. El turismo es más una promesa que una realidad y la gente se detiene para mirarme. ¡Qué no tuvo que sentir Burton!

Por una callejuela baja una hilera de burros azuzados por una señora que me ignora altanera, las figuras de los vecinos se recortan en las coloridas paredes. A lo lejos: cultivos de kat rodean una ciudad que ya no ve en los cristianos un conflicto: ahora los cristianos etíopes consumen con avidez esas hojitas…

Burton rompió la maldición y Harar sufrió las consecuencias: apenas un año después el joven Emir fallecía de fiebres y una generación más tarde la mítica ciudad no tenía relevancia alguna en el contexto islámico… Tal vez fue Burton, tal vez se le acabó el impulso histórico que cogió en el año 1007 D.C, el año de su fundación. En 2006 la UNESCO la adoptó en su catálogo de Patrimonio de la Humanidad y hoy es un reclamo turístico de dudoso éxito porque está demasiado lejos de todo. Como le ocurre a una joya cercana: Lalibela.

La historia de esta ciudad, Harar, en la actual Etiopía relaciona no sólo la península arábiga, gracias a sus fundadores, con el África subsahariana sino también con el reino de Portugal gracias al hijo de Vasco de Gama, Cristóbal, quien apoyó a los cristianos cuando el emir que le dio realce, un tipo llamado Ahmad El Zurdo, quiso borrar a los infieles y terminó subyugado por un ejército de cuatrocientos lusos armados con un arma demoníaca llamada mosquete. El Zurdo antes de caer ante el irresistible empuje lusitano se llevó la cabeza de don Cristóbal, hijo de Vasco da Gama, aunque dicen las leyendas locales que un manantial brotó espontáneo en el lugar donde la enterró.

Sea como consecuencia de la osadía del explorador Richard Burton o fuera por la construcción de una gran ciudad que le robó el protagonismo en el país, Addis Abeba, Harar es hoy una sombra de lo que fue. Pero una sombra colorida, palpitante y encantadora. Un lugar mágico en el que dejar llevarse por la actividad pueblerina de una aldea venida a más de un imperio venido a menos, donde dejarse arrullar por los mulos que caminan por el empedrado, los gritos de la vendedora de cebollas, el sopor de las tardes de charla y kat.