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Las calles de Harar tienen aires moriscos, las fachadas de su avenida principal pintadas de blanco, las de los callejones más escondidos de colores pastel, sus casas de una planta con las puertas verdes, azules, naranjas. El laberinto de su medina, sus paredes encaladas, incluso su misma historia. A medio camino entre los pueblos blancos de Cádiz y la antaño ciudad secreta de Chaouen, Harar es un misterio, como los buques mercantes varados en los desiertos uzbekos. ¿Qué haces aquí, en pleno África negra, Harar?

Dicen de ella que es la última ciudad mediterránea de África, que fue faro del Islam y que los musulmanes etíopes la celebran como la cuarta ciudad más sagrada de su religión. Claro que también dicen eso de Kairouan, en Túnez, o Bujara, en Uzbekistán, y recuerdo haber estado en Diyarbakir, en Turquía, de la que decían que era la quinta. ¿Qué eres pues, Harar? Una ciudad morisca musulmana en el Cuerno de África resulta lo suficientemente atractiva como para que me acerque a observarla. Además, las hienas vagan por sus calles, es el centro del comercio del equivalente africano de la hoja de coca y en ella vivió el poeta francés Artur Rimbaud.

‘Bastaba pensar en ella para que a un hombre de talante aventurero se le pusiera el pelo de punta’. De entre todas las historias que ha vivido, y ha vivido muchas, Harar recordará siempre cómo un británico la desvirgó con su astucia. Richard Burton había luchado en Afganistán, estudiado los burdeles de Pakistán, convivido con los brahmanes de la India, peregrinado a la Meca y hablaba veintinueve idiomas. Pero Harar era otra cosa. Al igual que le ocurría a Chaouen, Harar estaba prohibida a los infieles. ‘Era por tanto cuestión de honor’, escribió, ‘servirme de mi título de Haji, entrar en la ciudad, visitar al gobernador y regresar sano y salvo tras haber quebrado el encantamiento que la guarda’. Cuenta Edward Rice en su libro El capitán Richard Burton que el explorador adoptó la vestimenta de un mercader árabe y se dirigió a lo desconocido desde la costa somalí de Berberá. ‘No pude contener la curiosidad que me inspiraba tan misteriosa ciudad’, contó Burton en un artículo publicado por la Royal Geographical Society de Londres.

Yo llegué desde el lado contrario, Dire Dawa, el del interior de Etiopía, y la primera impresión me llenó la mirada de cultivos de kat. La segunda impresión no fue mucho mejor porque me alojé en la parte nueva de la ciudad y no me pareció gran cosa. La tercera impresión sí fue mayor cuando traspasé una muralla que me llevó en unos pasos del África negra al África del Magreb. De hecho me pareció asombrosamente familiar: tal vez Vejer, puede que Zahara de los Atunes, sin duda muy cercana a Chaouen. En todo caso una ciudad con aires de deja vu pero con una gran diferencia: sus vecinos. Pareciera que los habitantes de Vejer de la Frontera fueran todos negros y yacieran en gran número tirados por las aceras.

Así que el reto para Burton debió de ser mayúsculo: no sólo no había entrado ningún cristiano antes sino que sus habitantes eran una raza extraña, peligrosa y hablaban una lengua desconocida. Por si fuera poco, Harar era un centro esclavista donde confluían caravanas de negreros de toda la costa del cuerno de África. Como remate una leyenda decía que la ciudad perdería su posición de prestigio si algún infiel conseguía colarse. Así que los vecinos vivían una paranoia permanente en busca de infiltrados. Cuando llegó a las murallas se vio rodeado por una multitud que lo investigó minuciosamente y escrutó sus posesiones mientras lo observaba hostil. Eran los harari, un orgulloso pueblo de origen semítico, como los hebreos, los asirios o los fenicios.

Miro a mi alrededor y no les encuentro parecido alguno pero, ¿quién sabe? Tras tantos siglos se han mezclado con oromo, somalíes, tigrays y otras razas negras de la región y yo, en mi infinita incultura, no encuentro diferencias entre ellos. Claro que yo he llegado siglo y medio después de Burton y vestido con vaqueros. Burton se caracterizó como Haji Mirza Abdullah, y al llegar a las murallas se mostró con el suficiente aplomo como para que lo tomaran en serio. Uno de los guardias del gobernador le exigió las armas pero Burton se las negó. Por fin lo dejó pasar. Corría el año de 1855 y por fin un blanco conseguía entrar en la ciudad prohibida. Burton debió dejarse la puerta abierta porque desde entonces no hemos dejado de entrar.

Harar desde la casa de Arthur Rimbaud

 

Si acaso el huésped más universal fue un francés aficionado a declamar que llegó en 1880, Arthur Rimbaud, una estrella de la poesía que entró en la ciudad enfermo y agotado, alquiló un enorme caserón de tejado rojizo y se quedó nada menos que cinco años en tres periodos distintos. Después de haber reinventado la poesía europea con tan solo diecinueve años y de haber viajado por todo Oriente Medio, Rimbaud colgó la pluma a los veintiún años, se dedicó a exportar café de Harar y a importar armas para el caprichoso rey Menelik II. Su casa es hoy un museo que cierra los lunes y que sobrevuelan rapaces en busca de algo más que un recuerdo para comer. Rimbaud murió viajando a Francia mientras soñaba con volver a su querida Harar. Me pregunto qué vio el francés en esta ciudad para caer enamorado mientras paseo por sus callejuelas sin saber que meses después yo mismo suspiraría meses después pensando en ella…

Esta era la casa de Rimbaud en Harar