Francisco de Cesar comenzó su carrera de conquistador creando una leyenda de valles de plata y la terminó buscando un mito de ciudades de oro. La primera le dio fama, la segunda le costó la vida. Francisco era un cordobés culto y carismático que se había enrolado en la flota del italiano Sebastián Gaboto en busca del paso para las islas de las Especias. Llegados al río de la Plata encontraron a un indio guaraní que, cosas de la vida, había nacido en El Puerto de Santa María. El muchacho, que ha pasado a la historia con el nombre de Francisco del Puerto, se había transformado en indio local, un caso que curiosamente no era raro en estos inicios de la conquista de América: hubo un maya de Huelva y un traductor maya que fue de Écija. Francisco del Puerto contó a la expedición que, según decían los indios, si remontaban el río Paraná encontrarían una ciudad construida en oro y un valle de plata. Gaboto olvida entonces su misión y ordena construir una base junto al río Carcarañá desde la que envía dos buques con catorce hombres y Cesar al frente para que aclarara el misterio. Según relata Pedro de Ángelis, el primer historiador de Argentina:

«La ciudad principal estaba en medio de la laguna de Payegué, cerca de un estero llamado Llanquecó, muy correntoso y profundo. Tenía murallas con fosos, revellines y una sola entrada, protegida por un puente levadizo y artillería. Sus edificios eran suntuosos, casi todos de piedra labrada, y bien techados al modo de España. Nada igualaba la magnificencia de sus templos, cubiertos de plata maciza, y de este mismo metal eran sus ollas, cuchillos, y hasta las rejas de arado. Para formarse una idea de sus riquezas, baste saber que los habitantes se sentaban en sus casas ¡en asientos de oro! Gastaban casaca de paño azul, chupa amarilla, calzones de buché, o bombachos, con zapatos grandes, y un sombrero chico de tres picos. Eran blancos y rubios, con ojos azules y barba cerrada. Hablaban en un idioma ininteligible a los españoles y a los indios; pero las marcas de que se servían para herrar su ganado eran como las de España, y sus rodeos considerables. Se ocupaban en la labranza, y lo que más sembraban era ají, de que hacían un vasto comercio con sus vecinos. Acostumbran tener un centinela en un cerro inmediato para impedir el paso a los extraños; poniendo todo su cuidado en ocultar su paradero, y en mantenerse en un completo aislamiento. A pesar de todas estas precauciones, no habían podido lograr su objeto, y algunos indios y españoles se habían acercado a la ciudad hasta oír el tañido de las campanas».

selva Amazonas

Los Césares, como se conoció a la expedición por extensión del nombre de su capitán, tomaron rumbo hacia la cordillera andina, puede que a los alrededores del Cuzco, tal vez los alrededores de Valdivia, y los ecos de la expedición llegaron al mismo gobierno del recién conquistado Perú. Decía Rafael Jijena, poeta de Tucumán, que la ciudad estaba enclavada junto a un lago, a caballo entre dos cerros, uno aurífero y otro de diamantes y que sus templos y palacios eran de oro. Con el tiempo los colonos intentaron racionalizar el hallazgo especulando con un posible naufragio de alguna nave de los tiempos de Carlos I. 

En realidad Cesar fue el primer europeo que pisó las regiones de Córdoba y San Luis y sus relatos se amplificaron hasta convertirse en leyenda. Mientras los Césares exploraban su particular odisea tierra adentro en la costa aparece Diego García de Moguer, un onubense designado por la corona para conquistar la región pero en la que se encontró un fuerte español, el de Gaboto. Diego García, que ya tenía tablas en esto porque había dado la vuelta al mundo con Magallanes, montó en cólera y ordenó desmantelar la construcción. El destacamento se desmontó, pero no como quería García sino a base de flechazos porque los indios atacaron el fuerte y hundieron parte de la flota. Diego, que ya conocía la zona porque también había formado parte de la expedición de Díaz de Solís, la que dejó atrás a Francisco del Puerto, decidió que lo mejor sería olvidar su trifulca con Gaboto y abandonar la comarca. El de Moguer murió años después en su segunda vuelta al mundo, frente a las costas de Sudáfrica y dejó a la posteridad una minúscula isla en el Océano Índico: la isla de Diego García. 

Cesar encuentra al regresar un panorama de destrucción y desánimo que sólo se animó con su extraño relato: ¡una ciudad de oro en un valle de plata!. Durante los siguientes siglos docenas de aventureros seguirán los pasos de los Césares, de su bien detallado derrotero y de los ecos de la leyenda pero nada hallaron. Los supervivientes emprendieron el regreso con el cordobés como héroe y sin saber la que habían liado en el imaginario de los buscatesoros futuros, y Cesar abandona el cono sur con un curriculum que para cualquiera supondría un epílogo dignísimo pero que con apenas treinta años para Francisco era tan sólo el inicio. En su viaje de vuelta fondea en Puerto Rico pero se deja convencer para conquistar el norte de Colombia. Francisco, nombrado teniente general de la flota y sin apenas descanso, se lanza a tomar posesión de la bahía de Cartagena de Indias en enero de 1533 al frente de una expedición con un punto suicida.

La expedición estaba patrocinada por el Visitador Vadillo, en teoría encargado por la Corona para poner orden entre los colonos españoles, dispuestos a todo por encontrar oro. En la práctica, la corona otorgó el mando a una suerte de psicópata que ensombreció a los vecinos de Cartagena con su avaricia desmedida. Vadillo conoce ya la fama de Francisco, ha escuchado a sus hombres contar maravillas de su honradez y sabe que los soldados lo seguirán sin preguntar. Convencido ya Cesar para montar una de las expediciones más numerosas de la Conquista, mil hombres y quinientos caballos, el colorido grupo se interna en la selva. Los ataques de los indígenas, la poca comida, los animales salvajes y las misteriosas enfermedades se cebaron en la expedición hasta desquiciarla. Y en una crisis de fiebres Francisco fallece en la desembocadura del río San Juan, en la región del Cauca. Los aventureros, reducidos en número y por la falta de liderazgo, permanecieron aún varios meses en marcha, espoleados por el Visitador. Pero sin el carisma de César acabaron su aventura en la recién fundada Cali, exhaustos y acabados tras la calamitosa búsqueda de Eldorado. Allá quedó para siempre la tumba de un hombre crucial en dos leyendas: una de plata, la otra de oro…

Bibliografía

Marcos Jiménez de Espada, ‘Relaciones geográficas de Indias, cuatro tomos sobre el Virreinato  de Perú, 1881-1897’.

Pedro de Ángelis, Derroteros y viages à la Ciudad Encantada, ó de los Césares. Que se creía existiese en la Cordillera, al sud de Valdivia, The Echo Library, www.echo-library.com

Rafael Jijena, «El curioso entretenido«. Buenos Aires, 1961.

Elegías de varones ilustres de las Indias’, Juan de Castellanos, Biblioteca de Autores Españoles, Tomo IV, Madrid, 1847