Las torres de Cádiz tienen espíritu de árboles de bosque espeso, de espiga que huye de la maleza bruta, de hierba rala que se niega a serlo. Las torres de Cádiz estiran el cuello buscando luz, escapando de la penumbra, hastiadas de suelo. Porque Cádiz es salada claridad pero sólo en las alturas, sólo escapando del asfalto y el empedrado. Abajo es salada oscuridad, achicados los espacios por las casas que entrechocan sus balcones, la estrechez de las calles, a resguardo de la humedad infinita que carcome los huesos. Abajo es sombra de la que el mortal huye al abrirse las plazas o al asomarse al perímetro donde, ya sí, el sol fluye como fluye el mar y fluyen los vientos. Las torres de Cádiz nacieron con espíritu de árboles de bosque espeso, como decía, porque necesitaban la luz para que sus vecinos de antaño, en cierto modo parásitos simbióticos, hicieran sus particulares fotosíntesis y convirtieran la vista de altura en dinero de bolsillo. Porque las torres de Cádiz son meras extensiones de los cuellos de aquellos burgueses que parecían avestruces a fuerza de mirar lontananza esperando el regreso de sus naves como el currito de turno espera ávido el salario a principios de mes.

Las torres de Cádiz llegaron a ser ciento sesenta y durante años nos hemos lamentado de que desaparecieran varias decenas hasta establecerse en un censo fijo de ciento veintiséis. Pero, con parecer fácil eso de contar techos, no lo es, ni mucho menos, y un estudio reciente aumenta el número que parecía inamovible desde el recuento de los años setenta:  este trabajo de investigación rescata siete más y dice que son ciento treinta y tres: Torres esquivas, que juegan al escondite por el laberíntico casco histórico, algunas parecen haber triunfado en el juego infantil hasta que un concienzudo contador de torres ha encontrado esas varias más. ¿Y podría haber otras, escondidas entre la plaza de Mina y la de la Candelaria, acurrucadas tras los jardines de la Alameda Apodaca, agazapada entre las piedras del campo del Sur? Es posible porque es la ciudad de los imposibles: imposible que un islote sea pueblo, imposible que una ciudad sea un país, imposible que la capital del paro sea la más cara, imposible que esa torre no se vea desde el suelo. Un imposible que siempre se hace posible porque los cuellos de los comerciantes no se elevan tanto por pura estética sino por interés y los barcos coloniales tampoco tenían interés en esa estética sino en quién los esperaba en esas torres que hacían las veces de metas de piedra.

Porque su función actual no pasa de la estética, la estética histórica, la estética turística, la estética romántica. La estética esdrújula en todo caso. Porque los comerciantes avestruces que convirtieron sus palacios en una mezcla de bodegas, viviendas burguesas y periscopios de secano ya no están, al menos no como solían: se han transformado. Ahora regentan cadenas de ropa, especulan con los bloques de piedra caletera, ruedan en patinetes eléctricos y creen que América es un país. Y no cualquiera: un país admirable. ¡Con tamaña degeneración no es de extrañar que las torres de Cádiz sean sólo un reducto del pasado al que exprimir unas monedas! Porque vivir en ellas es un engorro, escalera arriba y escalera abajo, mearás en el tercero y almorzarás en el primero, evita el reúma que convierta tu estrecho hogar en un concierto de chasquidos óseos, cuida la escalera porque un escalón suelto puede condenarte a una existencia precaria. Miserias que se olvidan en la cima de tu techo, cuando observas el horizonte sin esperar naos cargadas de banana y plata sino cruceros repletos de jubilados del norte. O, siendo prácticos, ahumando unos pinchitos en barbacoa de altura, gafas de sol en ristre, lograda ya, ahora sí, esa salada claridad de la que presumen las canciones y que en Cádiz se logra tras una larga ristra de escalones.

Conociendo la especial configuración de la ciudad no es de extrañar que los comerciantes alzaran cuellos y alargaran edificios para calmar la ansiedad de saber si su barco llegaba o no llegaba…

Como ocurre en el bosque profundo, como ocurre en el jardín mejor cuidado, las malas hierbas crecen también buscando su porción de fotosíntesis. Crecen en forma de edificios sin gracia, extemporáneos, engendros de ladrillo de barro vulgar carentes de la gracia caletera, edificios que hacen sombra a las torres de Cádiz, que las eclipsan, las ningunean, las miran con superioridad. Que les tapan su razón de ser, el horizonte, que les nublan la vista y les cambian la raya de la lontananza por paredes encaladas de blanco sucio. Por no hablar de las antenas de telefonía, de las televisiones, antenas que harían las delicias de los comerciantes avestruces que gastaron tantos maravedíes en levantar visores que hoy son más baratos y están en salones y en cocinas y en dormitorios y te acercan la lejanía sin tener que amontonar ladrillos. Si alguien hubiera inventado la televisión en tiempos de las colonias hoy Cádiz tal vez sería una ciudad plana, rasa, subterránea incluso.

No hay gaditano que no haya fantaseado en su juventud con vivir en una torre, con dar fiestas en el patio más elevado, tomar el sol en alguna terraza en forma de cascada, con perder la tarde escudriñando la raya del horizonte, con mirar la ropa tendida de la vecina. Pero es complicado porque algunas de esas torres, muchas más bien, están en manos de herederos infinitos de comerciantes que dejaron Cádiz años, décadas o incluso siglos atrás pero que se llevaron sus títulos de propiedad sin importarles la ciudad de avestruces que dejaban atrás. Y digo infinitos porque los herederos se multiplicaron conforme pasaban las fechas y hoy son decenas de manos ansiosas por lograr una fortuna tan imposible como los imposibles gaditanos: que cada uno consiga un pelotazo a pesar de tener una mínima participación. Los herederos multitudinarios condenaron a muchas torres a languidecer por años, décadas y hasta siglos, a que algunas luzcan tristes, estropeadas, con manchurrones de cemento en grietas que ya se abrieron otra vez, comidas por el rastro de palomas y estorninos, deseando un carguero que observar, un guiri al que sorprender, un inquilino al que entretener.

De las torres mirador de Cádiz se ha dicho que son unos elementos arquitectónicos únicos en Andalucía y que tienen reminiscencias norteafricanas. Si así fue no lo sé, tan sólo que agradezco que mi profundo sueño no se vea sobresaltado por el grito unísono de ciento treinta y tres muecines al alba. También dicen los estudiosos que su uso se extendió entre los siglos XVII y XVIII y que llegó a haber ciento sesenta torres que hoy son ciento treinta y tres porque durante décadas no se les dio importancia y se derribaron para construir edificios acordes con los tiempos o se cayeron por el abandono y la dejadez. 

En el museo de las Cortes de Cádiz se encuentra esta maqueta de la ciudad del siglo XVIII donde ya se dejan ver las torres mirador… De no ser por los pisos del fondo y las antenas, poco ha cambiado en el casco histórico de Cadiz…

Dicen que cada una de estas torres tenía su propia bandera, para que los barcos identificaran desde el mar el destino de su carga y dicen también que los comerciantes gaditanos competían con genoveses, ingleses, franceses y holandeses en conseguir una buena finca para elevar el cuello a las alturas y que tanto extranjero y tanta competencia terminaron por convertir la ciudad en cara y de suelo disputado. Bien mirado: igual que hoy. Los extranjeros ya no buscan fincas para elevar el cuello mirando barcos sino buscando turistas que amorticen las camas puestas en el mercado. Y si antes el efecto práctico se imponía a la estética ahora la estética es el objetivo para efectos prácticos. Que dicho así entre nosotros sería que lo que prima es una ciudad mona que atraiga el dinero que antes venía a bordo de cargueros y ahora viene a bordo de autobuses y cruceros. La emblemática Casa de las Cuatro Torres, levantada por un comerciante griego de Damasco que prosperó en Cádiz: hotelito para turistas  o ruina decadente que empalidecería a su vecino más ilustre, Francisco Miranda. La casa de las Cinco Torres: hotelito tras hotelito hasta el hotelito final. ¿Qué molan las torres? Aquel vecino avispado se hace una de escaqueo y la alquilará a nostálgicos decimonónicos que verán en lo empinado de la escalera un plus por el que soltar billete y disfrutar del viento de levante.

La casa de las cuatro torres, arriba (hay otras dos torres que no se ven desde aquí) fue el hogar De Francisco Miranda, cuya estatua preside la plaza y la foto. Como puede verse, la mitad izquierda roza el abandono más cruel, precisamente donde vivió el precursor de las independencias de América. La parte derecha ha sido restaurada y ahora funciona como hostal… Abajo, la Bella Escondida, una torre que sólo puede verse desde la salada claridad de las alturas…

En 1680 el puerto de Cádiz se impone a Sanlúcar de Barrameda y a Sevilla como puerto oficial de la flota de Indias y en 1717 el rey Felipe V decide que tanto la Casa de la Contratación como el consulado de las Indias se instalen en la ciudad. Una ciudad que se hizo de facto con el monopolio del comercio con las colonias de América y se consagró a elevar el cuello a los cielos como muestra de ansiedad: ¿cómo es que no ha llegado aún mi barco? ¿Dónde está mi carga? ¿La habrán hundido los piratas, las tormentas, la mala mar? La ansiedad del comerciante, sometido siempre a los caprichos del mercado, se acrecentaba con la incertidumbre meteorológica y la habilidad de un capitán que se la jugaba frente a nubes y bucaneros. La fiebre del ladrillo dieciochesco debió de ser de aúpa porque en 1792 las ordenanzas municipales prohíben seguir construyendo torres ante la inutilidad manifiesta de semejantes mamotretos (según pensaban entonces) y por el peligro de derrumbamientos. «Quitan la luz y la ventilación, hacen sombrías las calles, sobrecargan los edificios y eran terribles sus ruinas en los temblores de tierra», decía la norma, ‘son parte inútil de los edificios, destinada al entretenimiento y la curiosidad y no a la comodidad y al uso de las casas’. Una verborrea desconcertante para los tiempos actuales, en los que se las ensalza y las mismas autoridades vigilan atentas que no se cometan tropelías. ‘Debe cesar la costumbre de construirlas en lo sucesivo, cediendo unas ventajas de corta o ninguna consideración a los perjuicios efectivos expuestos’. Conforme España perdió colonias y los cargueros empezaron a escasear las torres mirador perdieron su principal función y tal vez por eso entonces se les descubrió el atractivo arquitectónico. Por eso en 1845 unas nuevas ordenanzas permitieron otra vez erigir torres, aunque sobre todo de madera, un material que no aguantó el paso del tiempo. Si alguna queda estará deteriorada porque pocos se han esmerado en mantenerlas y hay de todo.

Porque, seamos francos, no todas las torres son iguales. Las hay esplendorosas, magníficas en su diseño, policromadas y muy estudiadas desde la mesa de un arquitecto. Pero otras son grises y hasta desagradables, apenas aportan más que la vista de un palomar y hoy languidecen esperando un inversor que vea oro en las alturas. Las hay que parecen pastiches ideados por un jugador de jenga, las hay sobrias y solemnes, repetidas, únicas. Hay quien construye torres sobre las torres que a su vez aspiran a seguir construyendo torres cada vez más pequeñas que lleguen algún día a rozar las nubes con el solo modelo de Babel. Las hay de planta rectangular, cuadrada, octogonal, las hay con patios y sin patios, con escaleras de mampostería o con escalera de caracol, las hay de salón amplio y de salón miserablemente escaso.

Antes, cuando no eran nada, las alquilaban a bohemios de gustos culturales, niñatos con guitarra y jóvenes de recios muslos, artistas sin más elevación que la física y complacidos inversores que buscaban en el asombro del turista de fin de semana un ingreso extra. Pero están de moda y con ello recuperan, algunas y no todas, su luminosidad de antaño, se las pinta, se las repara con mimo y se las pone en el escaparate del que no debieron borrarse. Su perfil es tan propio como la piedra ostionera de la que están hechas, su presencia tiene algo de perturbador cuando desaparecen según la calle por la que camines o de asombro cuando subes a una y descubres que hay otras muchas que se esconden ahí arriba y no hay manera de verlas aquí abajo. Por eso algunas tienen incluso nombre: la Bella Escondida es un hermoso modo de referirse a la torre más esquiva, de influencia mudéjar y coloreada en una mezcla de albero y vino tinto que el visitante busca con ahínco desde el suelo para encontrarla solo cuando sube a la otra torre emblemática de la ciudad, la de Tavira, abierta al público como cámara oscura y punto más alto del casco histórico. Y primera sede del Tribunal Supremo patrio cuando Cádiz fue sinónimo de España mientras los napoleónicos campaban a sus anchas por una península ibérica reducida a una extensión de la gran Francia.

Las torres dibujan su perfil en el horizonte de la ciudad para recordarnos que hace trescientos años los comerciantes avestruces usaron la ciudad como puerta para las mayores riquezas, que hace tres mil eran los fenicios los que hicieron de una isla sometida a los vientos el primer escalón de la historia europea. Contra viento y marea. Que levanten antenas y pisos feos. Las torres también son Cádiz, el último reducto tal vez, el que disfrutaba de la salada claridad levantando cuatro paredes de adobe. Esa salada claridad hoy sólo está en el perímetro. Y arriba, en los remedos de altos árboles que huyen del bosque espeso. Por eso Cádiz es torre y perímetro. Salada y clara.