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Desde las paredes de la Casa de la Memoria de Tumaco me observan cientos de rostros. Me miran con los ojos muy abiertos, posan ante la cámara, se han arreglado para las fotos. Todos están muertos. Y no de cualquier manera. Han muerto asesinados. Los hay que son civiles que no saben qué les ocurrió, militares que sospechaban lo que les iba a ocurrir, paramilitares que dieron tanto tormento como recibieron, subversivos utópicos atrapados en indignos pragmatismos, narcos de medio pelo, pandilleros alocados, drogadictos desesperados. Amas de casa, estudiantes, empresarios, vendedores ambulantes, líderes sociales, sindicalistas, mafiosillos de barrio, peatones anónimos. Todos caben en esta sala en la que los rostros tienen sólo un común denominador. Que están muertos. Que los mataron. ¿Qué haría Silfredo para merecer tal muerte? ¿O Janier? ¿Y Segundo Eubaldo? ‘Estamos en el santuario de las víctimas’, me explica Paula, ‘un lugar con setecientas fotografías que guardan toda la carga emocional que se pueda imaginar porque no las sacamos de periódicos sino que las trajeron los propios familiares’.

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Paula trabaja en la Casa de la Memoria de Tumaco, tal vez la ciudad más azotada por todos los problemas posibles de Colombia. Ella recibe a los colegios que visitan el espacio para la reflexión, les enseña la historia de la ciudad, los logros de unas comunidades que lograron superar todas las adversidades posibles. Porque el 95% de los vecinos son negros negrísimos, descendientes de las poblaciones esclavas que los españoles trajeron a lo largo de siglos. Porque además de ser negros descendientes de esclavos son gentes pobres e iletradas, abandonadas tradicionalmente por todos los gobiernos que el país ha tenido a lo largo de siglos. Y porque huyeron hacia la barrera del mar, el Pacífico en este caso, para instalarse en un territorio que tiene más de bomba de relojería que de otra cosa. Tumaco ha sufrido intensos terremotos, tsunamis devastadores, incendios de punta a punta, oleadas de malaria y dengue. Pero no sólo eso. En Tumaco se asentaron las FARC con la mayor de sus fuerzas para imponerse como único dueño ante la pasividad y el abandono del estado. Con la estabilidad que dieron los guerrilleros llegaron narcotraficantes a un entorno idóneo para cultivar hoja de coca y sacarla por un océano sin apenas ciudades ni vigilancia y a tiro de piedra de la frontera de Ecuador. Y porque Tumaco está en un departamento llamado Nariño, con fabulosas selvas, ríos, océano, montañas y hasta volcanes: una bendición de recursos que se ha trocado, como suele suceder en el tercer mundo, en una maldición.

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Al frente de la casa de la Memoria se encuentra José Luis Foncillas, un sacerdote madrileño que tiene el don de la ubicuidad y la fuerza de los mares. ‘Tumaco tiene el porcentaje más alto de cultivos de narcotráfico del mundo’, me cuenta en la parte trasera del edificio que él mismo ha impulsado. ‘Porque Colombia es el número uno y dentro de Colombia Tumaco es el número uno, así que lideramos el narcocultivo mundial’, reflexiona a empujones mientras el teléfono móvil no deja de sonarle. ‘Sólo en el último año se han duplicado las hectáreas sembradas de coca, lo que hace que en río revuelto, ganancia de pescadores’. A nuestras espaldas el río que es el mar, los manglares que son a la vez tierra de promisión para los miles de desplazados dispuestos a dormir sobre cualquier cosa. Tumaco en suma. ‘¿Cuál es el río revuelto?’, se pregunta antes de responderse: ‘la desatención del estado durante décadas, una asistencia sanitaria pésima, un setenta por ciento de desempleo, niveles de educación terribles, no hay industrias…’. ¿Qué puede hacer entonces una población sin educación, abandonada a su suerte en un territorio sin estado ni protección, moteada de cultivos ilícitos, bandas armadas y con el setenta por ciento de la cocaína que produce el mayor productor de cocaína saliendo al mundo por sus costas? La respuesta es tan sencilla como depresiva: matar o morir. O matar y morir. ‘Es muy fácil que los jóvenes se vinculen a grupos de narcotraficantes, o a grupos delincuenciales, o a los grupos armados de las guerrillas o los paramilitares’, cuenta José Luis con media sonrisa, pero no de felicidad sino una sonrisa al estilo de la descrita en la tumba de Carlos Pizarro: ‘no nos matarán la alegría, aún sonreiremos’

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Cada uno de los rostros que me observan desde la pared ha pasado por la ecuación de la violencia. Unos voluntariamente, otros involuntariamente. Unos activamente, otros pasivamente. ‘La invitación en este espacio es a no preguntarse qué habrá hecho, qué me importa o me da lo mismo’, continúa su relato Paula Gómez, ‘porque el conflicto nos ha vuelto un poco indiferentes a la realidad del prójimo y nos ha hecho naturalizarlo, y decir si lo mataron será por algo, y eso es una forma de autoprotección para decir si yo no estoy haciendo nada a mí no me toca’. Un error enorme y muy grave. ‘Aquí hay gente que ha luchado por sus comunidades o estaban en el lugar equivocado’, me confirma Paula. Y miro nuevamente los rostros para imaginarlos vivos y sacarles el motivo de la muerte: ese tiene cara de guerrillero, me digo, y este otro tiene la actitud de un paramilitar, y aquel de allá posa junto a un cartel que anuncia su propia candidatura a la alcaldía y esa señora tiene pinta de caminar por donde no debía. Pero, ¿quién sabe? ¿No estoy entrando en esa dinámica que Paula, José Luis y las personas de buena voluntad quieren evitar: la de imaginar quién fue y justificar su muerte con una excusa?

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Paula sigue con su lección. ‘Aquí se recogen fotos’, insiste, ‘pero no se dice si pertenecía a un grupo armado o de algún modo formaba parte del conflicto, no hay distinción alguna más allá del hecho de recordar a todas estas personas porque cada una de ellas significa algo para sus familias’. Alrededor de setecientos rostros, insisto yo también, me miran fijamente y un escalofrío me recorre la espina dorsal porque, recordemos, todos están muertos. ‘Y no es ni el 10% de los asesinados y desaparecidos en el municipio de Tumaco’, insiste a su vez Paula.

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Un grupo de adolescentes pasea por entre las mesas y las fotos. ‘Los que más nos visitan son estudiantes porque están creciendo en un ambiente que para ellos es normal pero muchos ni siquiera conocen los orígenes del conflicto’. El conflicto llegó a la zona en los años ochenta ‘pero se multiplica en el noventa y nueve con la llegada de los paramilitares’, recuerda José Luis, ‘hasta ese momento la guerrilla controlaba la zona y la tenía como retaguardia’. Los nuevos vecinos contaban con el apoyo de las fuerzas armadas y no hay vecino que no recuerde con pavor la furgoneta blanca que salía a buscar gente ‘y todos nos escondíamos porque ya sabíamos a qué iba’, me cuenta Rodrigo, un vecino de la ciudad. ‘Cuando llegan los paramilitares se enfrentaron a las guerrillas en una guerra sin cuartel que provocó tantos miles de muertos que cuadruplicó la tasa de asesinatos en Colombia, que ya es muy grande’. José Luis mantiene un rostro sereno para explicar que el cokctail violencia política, narcotraficantes, inseguridad, abandono estatal y pobreza supina es una bomba de relojería. ‘Seguimos con índices de asesinatos muy altos’, cuenta entonces José Luis, ‘Tumaco es un corredor estratégico de cultivos ilícitos, un lugar fronterizo, un lugar de confrontación’, concluye mientras una lancha motora recorre el patio trasero de la Casa de la Memoria. Un cartelito recuerda en una vitrina una cifra indignante: sesenta mil vecinos de zonas rurales malviven en Tumaco porque alguna de las fuerzas del mal los expulsó de sus casas. Lo demás es fácil de explicar.

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Paula sigue la muestra mostrándome una pequeña canoa. ‘Es un poto’, me dice, ‘el poto de una señora que vive en la otra orilla y que lo trajo porque en él jugaban sus niños cuando eran pequeños, cruzaban el río y le trae muchos recuerdos, tal vez porque sus cuatro hijos murieron violentamente’. ¡Cuatro hijos asesinados! Miro a Paula con desazón y le pregunto si también ella ha perdido a alguien. ‘En realidad a un tío le sacaron las entrañas, literalmente’. Me guardo entonces las preguntas porque la realidad siempre supera la expectativa, ¡cuánto más la ficción! ‘Mire, aquí está la agenda de Yolanda Cerón, ‘ella fue el alma de la pastoral social de Tumaco, la asesinaron a balazos por defender los derechos humanos de los afrodescendientes y por denunciar los daños que sufría el medio ambiente con los ataques al oleoducto’. No sólo murió ella. A lo largo de los años los líderes civiles han caído como moscas tras una fumigación. A Yolanda la acusaron de vínculos con el Ejército de Liberación Nacional, el ELN, aunque detrás de su muerte se encuentra algo mucho más liviano: consiguió escriturar a nombre de comunidades negras más de un millón de hectáreas. Una prueba más de que la guerra de Colombia esconde un descomunal robo de tierras.

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De todos modos, Colombia está moteada de Casas de la Memoria. La de Tumaco es singular, y comparte espacio con una oficina de las Naciones Unidas desde 2013, pero hay otra en Buenaventura, también en el litoral Pacífico, pero sobre todo en el interior, en Bogotá, en Medellín, Valledupar, la sierra Nevada de Santa Marta, Cali, incluso hay un museo itinerante en los Montes de María. Y así hasta veintiséis. Y muchos más porque el planeta está repleto de lugares de memoria que nos recuerdan lo desmemoriados que somos con según qué temas. Los hay en Santiago de Chile, en Nueva York, en México… José Luis concluye con un desesperanzador cálculo de tiempo. ‘Hacen falta décadas para corregir todas las cosas que van mal acá’, pero no puede terminar con semejante frase. No le honraría a la ciudad ni mucho menos a su entusiasmo. ‘Pero en algún momento hay que empezar y qué mejor que este momento, el postconflicto, o postacuerdos de paz, como quieran decirle, un momento que Tumaco, que no ha tenido nada, puede convertirse en un laboratorio de paz donde implementar medidas novedosas, imaginativas, nuevas’. Más le valdría al gobierno colombiano. Aunque nada más que sea por los cientos de rostros que me miran fijamente desde las paredes de la Casa de la Memoria.

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Rostros que ya no están.

Y no están porque, recordemos, están todos muertos.

Asesinados.

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