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‘Al aeropuerto, por favor’. El conductor asiente grave, mira ceñudo el horizonte, ampliamente poblado por un frondoso bosque de coloridos autobuses y de chirriantes rickshaws, cierra con pestillo la claustrofóbica caja metálica en la que deberé de viajar, y arranca, mal que bien, su aparato. Es imposible moverse por Dacca sin estos trastos, y también es imposible moverse con ellos: digamos que es imposible moverse por Dacca. Tal vez por ello estos miserables vehículos, impulsados por motorcillos gripados de motitos de juguete o bien por la desconcertante fuerza de esos muslos esmirriados que pedalean bicicletas al borde de la desintegración, son los más adecuados para llegar con cierta celeridad a los rincones de la capital de Bangladesh. El conductor zigzaguea por entre los autobuses, el humo tóxico de los tubos de escape entra ampliamente en el interior del rickshaw, y de la caja donde viajo encarcelado, y en mis pulmones, en mis ojos, en la lente de la cámara.

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Mi tradicional tranquilidad flemática al principio del viaje (‘calma y disfruta, aún faltan cuatro horas para que despegue el vuelo’) se vuelve nerviosismo histérico cuando el aeropuerto nunca aparece (‘qué demonios, voy a perder el vuelo, solo falta una hora para que despegue…’). Con la caja del pasajero situada justamente a la altura de los tubos de escape de los miles de autobuses, tan coloridos como rayados, la angustia se incrementa conforme el atasco no se disuelve. Puedes ver la muerte en cada resquicio, el rickshaw es capaz de estrujarse para colarse en un hueco por el que no cabría un niño desnutrido, puede casi que volar por entre dos autobuses entre los que no hay sitio alguno. Pero es en vano: tras cada atasco hay otro atasco. Y detrás, otro más. Y la estampa de un extranjero atrapado en la jaula llama la atención a los pasajeros de los autobuses, que descienden divertidos para tomarme fotos…

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Las monocordes calles de la ciudad no ayudan a mantener el interés en nada más que en tu propia desgracia: aquella señora con niqab otea el horizonte desde su caja metálica con la altivez que confiere conocer tu destino: tal vez no vuelva a salir jamás de esta caja. Por fin el conductor detiene el vehículo mientras chasquea la lengua y saltan chispas del salpicadero. Un descampado por el que sobrevuelan en frenéticos círculos bolsas sucias perseguidas por cabras a dos patas me mira tan estupefacto como yo lo miro a él. El conductor levanta el pulgar serio, esperando tal vez su propina. ¿Aeropuerto?, pregunto al borde de la ira. Un señor que pasea por semejante lugar me escucha y señala al lejanísimo horizonte. El muchacho lo escucha y pone cara de póker: ¿aeropuerto dijo usted? ¡¡¿Qué más?!! ¡¡Cargado con una gran mochila, un guiri con gafas de sol se sube al vehículo y dice airpor mientras extiende los brazos imitando un avión. ¿Aeropuerto?, dice el muchacho con el labio inferior tembloroso, consciente por fin de que ha metido la pata hasta el mismo fondo de la vasija. ¡Vamos!

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Cuatrocientos mil rickshaws recorren a diario las calles de Dacca buscando clientes que son víctimas, o tal vez al revés. Los hay que son bicicletas y los hay que son motitos. Predominan los verdes pero el arco iris está bien representados. Aparecieron a principios de los años cuarenta, procedentes de Japón, y a finales de esa década los bengalíes, que son tan coloridos, comenzaron a decorarlos profusa y tal vez un tanto horteramente. No importa el color porque el humo tóxico de los coches y autobuses pronto lo iguala todo a un gris plúmbeo e impersonal.

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Un contexto laboral poco alentador que entra en barrena depresiva cuando lees estudios médicos como este en el que desgrana el conjunto de enfermedades pulmonares, respiratorias y digestivas que provoca la exposición prolongada a los humos tóxicos: pincha aquí. Y además no alcanzan el grado de sus primos en Melaka, Malysia, donde sobrepasan el estigma de lo hortera para convertirse en monumentos kitch: pincha aquí. Los primeros rickshaws de Dacca tenían más del humillante instrumento de los coolies que se la pasaban empujando a pie y descalzos esos carritos con gentes y mercancías pero pronto mejoraron las carreteras (no las imagino antes) y con ella el parque móvil.

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Hay un tratante de arte llamado Syed Manoorul Islam que dice que los ciclotaxis de Dacca son galerías de arte móviles, decorados como están con esas láminas pintadas a mano con diseños multicolores como de  trabajo de fin de curso. Los colores estridentes decoran aves del paraíso, bucólicos paisajes con ríos y puentecitos, figuras que nada parecen y otras que parecen cualquier cosa. Hay corazoncitos, cacerías, símbolos del islam, frases en su enrevesado idioma. Todo con color. Con mucho color.

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En Chittagong, conocida sobre todo por su cementerio de grandes barcos, los artesanos del rickshaw se afanan en conseguir los modelos más atrevidos. Da hasta envidia verlos encorvados en sus talleres, aplastados bajo la presión de un mundo multicolor, dedicados al noble arte de la creación efímera de lienzos que morirán poco a poco aplastados ellos también pero por el humo tóxico de los escapes libres de los autobuses. Desarrollan su actividad cerca del puerto principal de la ciudad, entre nubes de polución y aromas de pescado pasado: una labor de carpintero, artista, herrero y mecánico. El arco de precios depende del modelo: los que se basan en la bicicleta comienzan alrededor de los 350 dólares pero dependiendo de su nivel artístico pueden llegar a varios miles de dólares, y los que tienen motorcito pueden ser suyos a partir de 800 dólares. En la popular página de compraventa Alibaba los venden, como puedes ver en esta página (pincha aquí).

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Empapado en sudor, negro de hollín y humo de tubo de escape, los nervios de punta y el flequillo pegado a la frente, llego al aeropuerto. Faltan minutos para que mi avión despegue y el conductor extiende la mano mientras pide la cuenta y su propina. Pero cae al pronto en la que ha liado y la retira avergonzado. No tengo tiempo para esperar el cambio y salgo corriendo. Embarqué en el último segundo…

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